martes, 14 de febrero de 2017

El planeta de los bípedos

La cuestión había quedado expuesta y lista para sentencia. Había sido una larga negociación en la que todavía algunos miembros del consejo miraban con cierta nostalgia hacia el pasado en el que todas las especies convivían en armonía. Arturo, cada vez que salía para expulsar el aire, les recordaba que en un tiempo aquellos seres que se habían apoderado de las vastas llanuras, montañas, valles, ríos y otros accidentes geográficos o no, se dedicaban a sus labores y a subsistir pacíficamente sin casi llegar al millón de cabezas. Lógicamente, todos lo miraban atónitos, con el pensamiento recurrente de que la contaminación de los océanos la tenía drogada. Filomena asentía en silencio a sus razonamientos presa de su inmóvil flotación, parpadeando lentamente, como solo ella sabía hacer.
El jefe del consejo no había vivido aquella época dorada, pero desde el aire era capaz de observar la magnitud del desaguisado: árboles talados dispuestos en formación para terminar como combustible o abrigo de la intemperie; aguas insalubres, llenas de sustancias nocivas y suciedad que algunos continuaban bebiendo donde los pozos ya se habían secado, enfermando y cayendo en una lenta agonía de final predecible; las basuras, sobre todo restos metálicos oxidados, se extendían por doquier dificultando el tránsito en mayor medida que la erosión y los accidentes del terreno; las grandes llanuras verdes y fértiles que una vez sirvieron de sustento se habían convertido en una leyenda guardada en la retina de los más viejos. Aquel era ya, por obra y gracia del humano, un gran vertedero planificado y ejecutado a marchas forzadas, mientras la mayoría miraba hacia el exterior con recelo como fuente de todos los males, y unos pocos buscaban en el espacio una solución para su vanidad e incompetencia. Alejandro se dispuso a hablar. Había alcanzado lo más alto de aquel gabinete por la esperanza de todas aquellas especies que agonizaban presas de la fétida invasión de las bestias bípedas. A aquellas alturas, incluso los seres acuáticos tendían a la extinción. El joven cernícalo extendió sus alas en cobrizo destello a modo de llamada de atención y recuperó su hierática postura para comenzar su discurso final:
- Hemos escuchado atentamente las razones a favor y en contra de mantener el actual estado de nuestros hábitats de aquellos compañeros que han querido compartirlas. Hemos alcanzado con nuestra votación un consenso y hemos decidido las acciones que vamos a llevar a cabo. Sé que muchos de vosotros, los más ancianos, habéis visto un mundo mejor que el actual. Creéis que mi juventud me delata, que obro movido por la sed de venganza al haber visto a muchos de mis congéneres sucumbir y arder en hogueras para alimento de carroñeros. Tal vez una  parte de mi corazón se sienta motivado por el dolor ante la pérdida de los seres queridos. Sin embargo, nos reúne una causa mucho más honorable: la supervivencia. En las tierras, los cielos y dentro de poco los mares, no quedará dentro de mucho vida conocida, sólo basura, muerte y desolación. Nuestros vecinos bípedos se han empeñado en arrasar la vida de nuestro planeta. Con su incesante procreación, desmedida y descontrolada, lo ocupan todo, lo comen todo, lo destruyen todo. Aún más, han empezado a hacerlo entre ellos. Ha llegado el momento de la acción, mantendremos la población a raya con cacerías selectivas. Escoged bien a vuestras presas. El tiempo nos dirá si merecen engrosar la lista de especies extintas.

Todos abandonaron el lugar de reunión dispuestos a comenzar la labor lo antes posible. Tardaron  muchas semanas en terminarla. Los especímenes perdonados pasaron a vivir en una reserva acotada para su control. Por delante quedaba lo más difícil, reconstruir todo lo destruido y preservarlo.

8 comentarios:

  1. Un magnífico texto, Mª Jesús, que nos debe hacer reflexionar sobre lo que lwe estamos haciendo al planeta, lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos. Un beso, querida

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    1. Gracias estimada Ana por la visita y tus palabras. Abrazo!!!!

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  2. Una visión catastrófica que, aun pareciendo, hoy por hoy, tremendamente futurista, quién sabe lo que puede acabar ocurriendo cuando el ser humano, ese que dice ser inteligente, acabe con todos los recursos naturales del planeta. Si no son nuestros vecinos "irracionales" los que pongan coto a nuestros desmanes, sucumbiremos en medio de un gran estercolero de residuos físicos, químicos y radiactivos.
    Un abrazo.

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    1. Gracias estimado Josep por pasar y comentar. Hay demasiada basura ya y todos somos responsables. Abrazo!!!

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  3. Hola Ma Jesús, ojalá tu relato solo fuera un relato, me ha hecho reflexionar sobre lo que estamos haciendo con el planeta. Nos dedicamos a destruir y arrasar en nombre del progreso sin darnos cuenta o sin importar lo que le estamos haciendo a esta pobre tierra que tanto nos da, todos somos responsables y a nuestra manera tendriamos que poner nuestro granito para dejar de arrasar.
    Un saludo

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    1. Gracias por pasar y comentar, Conxita. Pues sí, pero parece ser que aún no hemos despertado del todo.
      Abrazo!!!!

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  4. Que conste que aunque no directamente con el tema aquí tratado, pienso que lo del cambio climático es real, porque pasan cosas que hace años no tenían lugar, o al menos no sucedían por esta parte del planeta. Y sobre tu texto, sí que veo demasiada verdad en este hipotético futuro. Con la de referencias a futuros apocalípticos que hay en el cine y la literatura, esta versión tuya es perfectamente posible, motivada por el espíritu devastador del que hace gala demasiado porcentaje de la población "bípeda".

    Un abrazo.

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    1. Gracias por la visita y el comentario, José Carlos. Sea real o no, estamos destrozando muchas cosas y parece que ese bucle en el que nos hemos metido de la incapacidad por admitir errores abarca todos los órdenes de la existencia.
      Abrazo!!!!

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