lunes, 27 de febrero de 2017

El callejón felino 11

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Un móvil y una guarida.


Yo quería creer toda aquella historia. Sentía la necesidad de que, al contrario que el resto de mi vida, todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor no era producto de mi exacerbada imaginación. Si seguía los consejos de mi medicinal ángel de la guarda, debía olvidarme de toda mi rutina y conexión con la realidad. No podía exponerme, mucho menos a las personas que apreciaba, empezando por Isabel. Así que mi primer movimiento implicaría protegerla desapareciendo sin que se enterara. No era la primera vez que sucedía algo así, pero en esta ocasión existían ciertos condicionantes externos que nada tenían que ver con nuestra relación, y eso me cabreaba, no se trataba de una decisión libre.

Me entretuve observando el espacio a mi alrededor siguiendo el consejo de la enfermera de que esperara unos minutos tras su marcha. No había niños en el parque a esas horas, estaban todos a salvo en los colegios, bajo la atenta y segura vigilancia de sus maestros. Cerca de mí, en los bancos que rodeaban la fuente, algunos ancianos hacían cosas de personas mayores, leían el periódico, dormitaban dejando pasar las horas y, los más osados, daban de comer a las palomas. Podría haberme acercado a alguno de ellos y haber ofrecido mis servicios a cambio de alojamiento y comida. Podría incluso haberme colocado algunas plumas de las que danzaban mecidas por la brisa y tal vez se habrían apiadado de mí como de aquellos seres que el resto del universo, salvo ellos, parecía despreciar. Existía la remota posibilidad de que alguno de ellos me hubiera adoptado y dejado herencia. Sin embargo, si era verdad que había ojos invisibles vigilantes en cada paso que daba, habría puesto en peligro sus vidas.
Sacudí la cabeza y mis posaderas y me dirigí dando un rodeo hacia el piso de Isabel. Tenía que aprovechar su ausencia mientras trabajaba para recoger mis escasas pertenencias y desaparecer. Mientras caminaba por las calles atestadas de amas de casa que corrían estresadas para retomar sus quehaceres tras haber ganduleado en los cafés y las terrazas, de ejecutivos que siempre se dirigían a algún lugar y nunca se sabía cuál, de turistas despistados que habían cambiado los museos y los monumentos por las tiendas de firmas, de repartidores malhumorados porque les habían robado el aparcamiento en el vado de carga y descarga, de palomas temerarias a las que nadie miraba con amor, ordenaba mis ideas y los pasos siguientes a tomar tras abandonar mi refugio provisional.
Dejé una escueta nota para Isabel agradeciendo su hospitalidad. No quería ponerla en peligro, pero tampoco quedar por desagradecida. Al salir del edificio tomé el primer autobús que pasó de recorrido largo con la intención de ocultar mi móvil y dejar una pista falsa por si localizaban mi ubicación. Tuve que esperar algunas paradas para poder esconderlo sin que me descubrieran. Me apeé aliviada y reflexioné durante unos segundos. Necesitaba dos cosas, un móvil para comunicarme con la enfermera y un lugar para refugiarme. Del primero podía prescindir por el momento. Más aún, pensé que sería más seguro que ella no tuviera un medio para localizarme porque, aunque no la consideraba peligrosa, si que podía llegar a convertirse en puente hacia mi perdición. Usaría teléfonos públicos por el momento, por muy difícil que fuera encontrarlos. En cuanto al segundo, recordé una casa por la que solía pasar casi todas las semanas en mis excursiones en bicicleta. Nunca estuvo ocupada durante todo el año, solo en verano. Busqué la línea de transporte público que me llevara hasta allí sonriendo por mi fortuna. Veinte minutos después ya estaba frente a la fachada. La cuestión en aquel momento era entrar sin romper nada ni llamar la atención. La fortuna me seguía sonriendo, la señora que pasaba todas las semanas para mantener la casa limpia y en perfecto estado estaba allí. Rodeé el muro y me colé por la parte trasera. Aquel era un vecindario tranquilo y, como no era de lujo, no llamaba la atención de los ladrones y había confianza entre los vecinos. Me deslicé por la ventana de la cocina y me escondí en el garaje hasta que la casa se quedara vacía y en silencio. La paciencia no siempre tenía como fin una siesta espontánea, a veces era útil y permitía ciertas ventajas. La mía estaba clara.

4 comentarios:

  1. Qué placer leerte, Mª Jesús. Se notan tus dotes observadoras que transfieres a la protagonista, cómo, a pesar de la ansiedad de la huida, se va fijando en lo que sale a su encuentro. Un beso, querida

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    1. Muchas gracias, estimada Ana, por la visita y tus palabras que es lo que realmente motiva a seguir publicando. Me alegra que te haya gustado. Un beso y feliz semana!!!!

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  2. Me alegro que sigas con esta saga tan interesante que ya tenía semi-olvidada.
    Hay un detalle, sin embargo, que me ha desconcertado y no sé si ha sido un descuido o no he sabido interpretar: la identidad del primer y tercer párrafo.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, estimado Josep por pasar y comentar. Efectivamente ha sido un descuido en el copia y pega, gracias por tu apunte. Abrazo y feliz semana!!!

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