martes, 17 de enero de 2017

Muerte Feliz

En el año 2240 la humanidad había evolucionado y avanzado en muchos aspectos. Uno de los avances de los que la mayoría se sentía orgullosa era el incremento del número y la distancia recorrida en los viajes espaciales. Yo nunca me sentí particularmente atraído por el empeño en conquistar nuevos horizontes cada vez más lejanos, descuidando notablemente la belleza y la salud de nuestro planeta, pero, por otro lado, nunca me encontré cercano a un círculo con tal poder que mis opiniones supusieran un voto en contra de tamaño absurdo. Mi dinero e influencia, parte de los cuales provenían de herencia familiar, sólo alcanzaban a la esfera de lo social, mis medios servían para influir en la estrecha visión moralista de la opinión pública, que podría a su vez presionar a la clase dirigente para obtener ciertas transformaciones. Todo seguía funcionando a modo de círculo vicioso, el pueblo pedía mejoras que los estamentos administrativos concedían bajo sus prerrogativas a cambio de libertad de maniobra para llevar a cabo sus oscuros entramados. Yo era pues, uno de los "privilegiados" libre pensadores para los que el único límite existente consistía en la posibilidad de un daño físico irreversible. De esa máxima había partido mi iniciativa de conseguir que parte del planeta, en una primera fase, y al completo en una segunda, se pusiera de acuerdo en algo: legalizar la libertad de decidir una muerte digna.
Sin embargo, mi espíritu emprendedor y financiero, mis ansias de demostrar mi valía como alquimista monetario, me impulsaba a sacar provecho a mi favor de una iniciativa que tenía punto de partida en un drama familiar. El germen se remontaba 20 años atrás en el tiempo, cuando mi padre había sufrido una apoplejía irreversible que lo había apartado de la vida terrenal para el resto de sus días. Yo contaba por aquel entonces con unos treinta años largos y una salud envidiable. La vida me sonreía. El universo me colmaba con su energía indestructible. El presente no desmerecía aquel periodo. Pero para un hombre los 38 no tienen el mismo peso significativo que los 58. En aquel momento era un esprínter. Hoy soy corredor de fondo.
Mi padre vegetaba en una cama y mi madre agonizaba a su lado cual esclava en la plenitud de su madurez hipotecada por unos votos que yo no sabía si todavía poseían en el peso que los había visto nacer o si ya sólo constituían una mera sombra y una más de las convenciones sociales que impiden el crecimiento de nuestras fronteras personales. A mis hermanos, el hedor de las heces incontroladas de su progenitor les importunaba y avergonzaba. Y en el último lugar del cúmulo de despropósitos en el que se convierte el circo de la muerte en vida se encontraba al rapiña de acérrimos incondicionales que se aprovechaba de los despojos de un hombre que los había alzado al estado de dioses para el resto de los mortales. Yo me había quedado solo, ya que de mi madre sólo podía contar con su espíritu, para tomar la decisión correcta, que no era otra que la realización del deseo largamente meditado de mi padre de decidir cómo y cuándo quería morir. El cosmos había jugado con él. Le estaba demostrando que por encima de su capacidad de decidir, algo o alguien manejaba los hilos, que había un orden natural, pero esa era una lección de difícil asimilación para alguien que lo asocia a la superstición y a la irracionalidad de deidades inventadas por el imaginario de la humanidad durante milenios.
La lucha por conseguir tal objetivo se convirtió en una tarea ardua y extenuante, sobre todo para mi madre que veía cómo la plenitud de su vida se le escapaba de manera irremediable, al mismo tiempo que su marido exhalaba los últimos suspiros. El único aspecto positivo de todo aquel sufrimiento fue el proceso catártico que mi madre y yo experimentamos fruto de la gran cantidad de horas que compartimos y que supuso un acercamiento interrumpido únicamente por la llegada de su muerte. En su caso, la decisión si había sido una tarea sencilla. Años atrás habíamos ganado la batalla y abierto esa puerta, no sin padecer la humillación de ver nuestra intimidad expuesta como si de una feria se tratara ante el ojo público. Nos habían juzgado con severidad, sobre todo aquellos que nunca se habían encontrado en una situación similar y que apelaban al ancestral terror de la dualidad inferno-celestial. Arderíamos en las llamas del infierno, sí, pero mi madre había podido escoger terminar con la enfermedad que la consumía. Cómo, cuándo y dónde. Y, por supuesto, mi empresa había sido la artífice de cumplir sus deseos. Ese era el legado para mis hijos. Había abierto el camino para su bienestar antes y en la muerte.
Sin embargo la sociedad seguía padeciendo la lacra de la codicia representada en la imagen de la corrupción. Mi organización era una de las cuatro grandes multinacionales que dirigían el negocio de la muerte placentera. Sí, la idea había partido de mi padecimiento e ingenio, pero no ostentaba la exclusiva. Errores de juventud que incluían la fe en la naturaleza bondadosa de la humanidad. A esta carencia y a la imposibilidad legal de acaparar el monopolio de mi idea, se le unía la detección de ciertas irregularidades en el proceso de cumplir los sueños de algunos clientes que podrían acabar con mi imperio.
Mi primogénito ya había tomado el relevo al frente de la empresa familiar cuando descubrió tales irregularidades en el funcionamiento de una "Muerte Feliz". La experiencia de algunos clientes estaba en duda. El contrato que firmaban incluía una cláusula que especificaba su derecho a rescindirlo en cualquier momento entre el establecimiento y la conclusión del proceso, lo que implicaba la devolución del pago, en algunos casos millonario, excluidos los gastos, salvo en el caso de que su insatisfacción proviniera de la mala gestión de su deseo, en cuyo caso el reembolso suponía la totalidad de la factura. En los últimos 3 años no se había producido ninguna cancelación, algo que resultaba cuando menos sospechoso. Los beneficios se habían duplicado. Y, aunque el nivel de concienciación de la gente en general había aumentado, y la calidad de los servicios había alcanzado el nivel de excelencia, no se podía sostener que del volumen creciente de clientes nadie mostrara la indecisión suficiente como para arrepentirse. Ante tal sospecha, mi hijo y yo ideamos un plan para poner al descubierto las anomalías, si éstas existían, y al responsable de tal irregularidad. Yo, manteniendo mi anonimato como una cláusula esencial en el contrato, quería vivir mis últimos días cual Robinson en una isla paradisiaca. En algún momento del proceso antes de su conclusión, decidiría dar marcha atrás. Como en todo plan, existían contratiempos imposibles de controlar. Mi principal error radicó en un exceso de confianza y en tomarme la investigación como unas vacaciones alejado del mundo.
Llegué con mi mujer a aquella isla perdida cuya única comodidad consistía en un cobertizo con unos jergones y vituallas suficientes para subsistir durante diez días. Nuestros últimos días consistirían en disfrutar de la soledad de nuestra mutua compañía. Descubrí, demasiado tarde, que no existía posibilidad de comunicarnos con el resto del planeta, salvo a través del triste mensaje en la botella que algún turista despistado pudiera encontrar en sus exploraciones a lo largo de la costa, eso si teníamos la fortuna de que el cristal no se perdiera o se destruyera antes de ser localizado. Nos habían abandonado a nuestra suerte. En nuestros paseos por el litoral, yo trataba de exculpar a mi hijo en silencio. Me repetía una y otra vez que él había sido víctima del mismo engaño y que en algún momento sería capaz de rescatarnos, pero los días transcurrían bajo la misma rutina y el temor a una segura se iba acrecentando en mi interior, aprisionando lo poco que quedaba de fe en el género humano dentro de mí. A aquellas sensaciones íntimas se le sumaba el que consideraba como mayor error de todos, había incluido a mi mujer en aquella empresa quimérica con subterfugios, sin darle la posibilidad de decidir por sí misma. Ella ignoraba que aquello se trataba de un plan de investigación y que éramos unos conejillos de indias que habíamos contratado los servicios de "Muerte Feliz". Ya era demasiado tarde para confesarle toda la verdad, no habría provocado más que la agonía de su ser ante una muerte inexorable.
Así, mi única esperanza ya era intentar sobrevivir más tiempo con la vana idea de que alguien, en algún momento aparecería para rescatarnos. Acortaba mis raciones de agua y comida sin que mi mujer fuera consciente de ello. Cocinaba yo, servía yo, intentaba pescar con artilugios rudimentarios inventados por mí, almacenaba agua de lluvia y rocío, exploraba de manera infructuosa, puesto que no había vegetación más allá de unas cuantas palmeras sin cocos ni dátiles, y la poca fauna insectívora no habría resultado atrayente ni a la vista ni al paladar de mi esposa. La pared dorsal que nos rodeaba se me tornaba un gigante insalvable, nunca había sido un buen deportista. La inmensidad del océano delante de nosotros, en el hipotético caso en que hubiera sido capaz de construir una balsa sin herramientas, se presentaba como una sobra presta a engullirnos. Los días pasaban y nuestros cuerpos se debilitaban cada vez más. Ella dormía casi todo el día y la noche. Yo me había resignado a nuestra suerte.
INFORME DE RESULTADOS DEL EXPEDIENTE 349.535:
Visualización de la monitorización remota de los individuos contratantes. Su rutina se ha limitado a vivir como auténticos robinsones desde su llegada a la isla 3.521 y a disfrutar de la belleza del lugar y de las bondades de la naturaleza. La imagen más hermosa ha sido el fortalecimiento de su unión, pasaban cogidos de la mano sobre las arenas de la playa. Han muerto de manera apacible y aislados tal y como deseaban. Dormían.

Rubén guardó el expediente en el archivo y masajeó su coronilla satisfecho. Otro éxito a añadir a la lista desde que se había hecho cargo de la gestión de la empresa de su padre. No sentía remordimiento alguno. Los había observado diariamente y estaba convencido de que les había hecho el mejor regalo de sus vidas. Apagó las luces de su despacho y abandonó la sede de "Muerte Feliz" sin mirar atrás. Aquella nueva tecnología de creación de espacios que su padre nunca habría admitido era tan real y eficaz que se había convertido en la mejor inversión para la empresa. Ahorraba costes y aumentaba los beneficios. Su padre nunca lo habría entendido, era de la vieja escuela, todo a su alrededor tenía que ser auténtico, pero la imagen de sus rostros serenos en el final de sus días cuando abrieron la cámara escénica le había dado la razón quitándosela a su padre.

4 comentarios:

  1. Me alegra verte de vuelta a la escena de la narrativa.
    Vaya relato. Podríamos extraer varias enseñanzas, pero la que más me ha llamado la atención en cómo alguien, que sospecha alguna irregularidad, puede ser capaz de someterse a un experimento que puede resultar muy peligroso y arrastra consigo a una persona inocente (su mujer). Cuántos visionarios y aguerridos conquistadores han arrastrado a una masa inocente e ignorante a un fin que no hubieran deseado de haberlo previsto!
    Tu estilo narrativo es impecable y tus historias están muy bien argumentadas.
    Quizá no debamos esperar tantos años para que lleguemos a una situación como la que describes.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por la visita, amigo Josep. Yo creo que por el camino que vamos no falta mucho. Me alegra que te haya gustado.
      Abrazo!!!!

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  2. Querida María Jesús, qué placer volver a leerte. Desde luego ha merecido la pena esperar para encontrarse con este relato tan original. Un abrazo

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    1. Gracias por pasar, estimada Ana. Lo cierto es que me está costando recuperar el ritmo. Me alegra que te haya gustado.
      Abrazo!!!!

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