martes, 17 de enero de 2017

Muerte Feliz

En el año 2240 la humanidad había evolucionado y avanzado en muchos aspectos. Uno de los avances de los que la mayoría se sentía orgullosa era el incremento del número y la distancia recorrida en los viajes espaciales. Yo nunca me sentí particularmente atraído por el empeño en conquistar nuevos horizontes cada vez más lejanos, descuidando notablemente la belleza y la salud de nuestro planeta, pero, por otro lado, nunca me encontré cercano a un círculo con tal poder que mis opiniones supusieran un voto en contra de tamaño absurdo. Mi dinero e influencia, parte de los cuales provenían de herencia familiar, sólo alcanzaban a la esfera de lo social, mis medios servían para influir en la estrecha visión moralista de la opinión pública, que podría a su vez presionar a la clase dirigente para obtener ciertas transformaciones. Todo seguía funcionando a modo de círculo vicioso, el pueblo pedía mejoras que los estamentos administrativos concedían bajo sus prerrogativas a cambio de libertad de maniobra para llevar a cabo sus oscuros entramados. Yo era pues, uno de los "privilegiados" libre pensadores para los que el único límite existente consistía en la posibilidad de un daño físico irreversible. De esa máxima había partido mi iniciativa de conseguir que parte del planeta, en una primera fase, y al completo en una segunda, se pusiera de acuerdo en algo: legalizar la libertad de decidir una muerte digna.