lunes, 10 de octubre de 2016

Muerte comercial


No hay nada peor que ser enviado de la muerte, salvo estar en el paro. Celeste ya se había acostumbrado a que la gente la mirara con suspicacia por su aspecto inusual. No era ni guapa ni fea, sus formas no dejaban entrever si era mujer u hombre, su forma de vestir imposibilitaba discernir qué edad tenía. Era pues más que un ser andrógino. Era inclasificable. Sin embargo, nada de esto la distinguía del resto de sus compañeros. Su excepcionalidad estribaba en lo que ella misma calificaba como torpeza. Era lenta, la enviada que siempre se retrasaba y obligaba a algún colega a asumir una carga de trabajo doble. En realidad, lo que no quería asumir era su sentimentalismo. Se sentía incapaz de acometer la tarea encomendada sin cuestionarse si el ser asignado estaba preparado. Así que la gran madre muerte todopoderosa la relegó a la infame lista de desempleados conformada por un único integrante: ella, y la obligó, deslumbrando su mirada vacía con su guadaña de platino y diamantes, a asistir a un curso de coaching mortal: Camino del éxito. Tú eres tu único obstáculo. Celeste obedeció resignada durante seis meses a la consulta e, incluso, acató sin rechistar el periodo de prueba en el que tuvo que anunciar la muerte a innumerables seres vivos, básicamente insectos, bajo la severa mirada de su examinador.