sábado, 25 de junio de 2016

El callejón felino 10

La realidad, un escondite, una fuente parlante.
La historia se repetía. Por delante tenía de nuevo dos días antes de que se cumpliera el plazo para la cita prevista. La diferencia, ahora, estribaba en que mi cautiverio era exterior, no podía volver a mi casa porque no sabía con lo que me podía encontrar ni a quién tendría que enfrentarme, aparte claro de mis padres. Tenía pues que buscar una alternativa segura. La primera opción que me vino a la mente fue una habitación de hotel. Sin embargo, a pesar de contar con efectivo suficiente y poder elegir uno seguro, donde difícilmente me encontrarían, la deseché con la misma rapidez con que la había pensado. Estaría sola y no estaba segura de hasta qué punto esa circunstancia me beneficiaba. La segunda y más razonable, siempre que extremara las medidas de seguridad para llegar hasta allí, era buscar refugio en la casa de alguno de mis contactos. Las ventajas me resultaban atractivas: podría ahorrar dinero ahora que mi madre también me había requisado las tarjetas; podría alternar con alguien cuyas prioridades no fueran anularme tratándome como una niña; tendría un testigo en caso necesario; sería más fácil olvidar por unas horas todos los sinsabores acumulados en los últimos días. Y tenía a la candidata perfecta, Isabel, aunque tal elección conllevara casi con un margen de error del cero por ciento un polvo, tal vez dos, incluso, unos cuantos.
Me encaminé a la parada más cercana y me subí en el primer bus que pasó. Elegí un asiento junto a la ventana en la parte trasera para tener una panorámica completa de los movimientos en el interior y de los vehículos que nos cruzábamos en el exterior. Repetí el proceso con diferentes líneas sin observar nada sospechoso más allá de mi propio proceder y, ya a salvo, en el último recorrido, me puse en contacto con mi amiga para evitar sorpresas desagradables, aunque estaba segura de que estaría sola y sería bien recibida. Mecida por el suave vaivén de los cambios de velocidad y dirección del vehículo, repasé los movimientos que habría de realizar antes del encuentro con la enfermera. Caí en la cuenta de que todos eran gestiones administrativas, visita al banco, visita al médico, llamada al trabajo, ya que hasta que aquella mujer no aclarara mi enturbiado horizonte sería incapaz de dirigir mis pasos en dirección alguna que me pusiera tras una pista para delimitar el peligro y resolver el enigma. El futuro inmediato me aclararía hasta qué punto eran ciertas las sospechas. Incluso aquellos sencillos pasos a dar podían encerrar riesgos añadidos a los que ya implicaban las interacciones sociales de esa índole. Resoplé en íntima protesta. Tan solo pensarlo me producía escalofríos.
Miré con detenimiento a ambos lados de la calle tras apearme del transporte. Los alrededores permanecían en calma a aquellas horas de la noche en la que pocos transeúntes se aventuraban a desafiar el frío. Los camareros de las dos cafeterías más cercanas vegetaban tras la barra atentos a las manecillas del reloj. Las luces de los escaparates se iban apagando poco a poco, como si intuyeran que no había nadie cerca con el interés suficiente por observarlos. Ni siquiera los gatos se asomaban a las ventanas de sus casas porque en el exterior no había nada que alimentara sus imaginaciones.
Recorrí rápidamente los metros que me restaban hasta el portal y subí los cuatro tramos de escaleras hasta el apartamento de Isabel con la misma celeridad. Me esperaba en la puerta con una sonrisa y una cerveza en la mano. Conociéndola, nos esperaba una larga noche, por más que mi resumen de la situación, omitiendo los detalles escabrosos, fuera conciso. A cada acontecimiento le seguía un comentario, una aclaración, una pregunta. Pero me sentía feliz. Nos sentíamos felices. Y no, no hubo contacto físico. Se había enamorado.
Los días siguientes transcurrieron tranquilos entre quehaceres cotidianos que mantenían mi mente ocupada, alejada de preocupaciones, salvo por la pérdida de mi cuaderno de notas. Lo necesitaba. Gran parte de mi vida estaba en ella. Así que me armé de valor y le escribí a mi madre para que dejara mis cosas en mi casa, tras asegurarle con toda clase de argumentos que me encontraba bien. Ignoré su respuesta casi inmediata, consciente de que me obligaría a entablar un debate inútil, y salí resuelta a aprovechar el tiempo que me restaba hasta la cita en el parque con un largo paseo. Y, aunque no hubiera querido darlo, debía ser así, teniendo en cuenta las últimas confidencias. Di un largo rodeo por calles atestadas y bulliciosas, evitando en todo lo posible las zonas solitarias, sin perder de vista mi retaguardia y haciendo breves paradas en escaparates en cuyos cristales conseguía una discreta panorámica de lo que me rodeaba.
Casi dos horas más tarde me adentré en el parque. Siempre me había sentido bien allí. No era el más grande, ni el más original, ni el mejor trazado, pero se respiraba tranquilidad paseando bajo sus árboles, escuchando el sonido del agua fluir de sus contadas fuentes. Aquel era el paraíso de exhibicionistas y mirones, aunque su nivel era inocente, sin rayar en la obscenidad. El mundo dividido en los que hacen y los que miran, tenía en aquel vergel su mejor aliado.
Llegué a la fuente acordada cuando aún faltaban algunos minutos para alcanzar el mediodía, y me senté en el muro para descansar. Mi cuerpo se resentía del esfuerzo al que lo había sometido en aquellos días a pesar de estar aún convaleciente. Mientras esperaba mirando alrededor como tantas otras veces me di cuenta de lo mucho que había cambiado esa mirada en poco más de una semana. Ya no me atraía imaginar intrigas en las escenas que se desarrollaban delante de mí. Sin quererlo me había convertido en el centro de una. No resultaba agradable. La vida seguí pasando delante de mí en formas y personajes diversos, como en aquel momento, pero ya no la degustaba de la misma manera. Sin embargo, continuaba fiel a la constante de perder la noción del tiempo. Ya pasaban más de diez minutos de las doce y empecé a sospechar que la enfermera, si es que realmente era ella, jugaba al gato y al ratón conmigo, ahora sí, ahora no. Para tranquilizar mi martirizada mente, convine que había confundido el día del encuentro. Estaba levantando mis posaderas del muro cuando una voz que provenía de las aguas como una sirena me obligó a detenerme cayendo pesadamente sobre el cemento:
- ¡No te vayas! Siento haberme retrasado, pero me resultó imposible escaparme antes.- Mi tronco y mi cabeza, que habían iniciado el instintivo giro en busca de la interlocutora, quedaron en una extraña posición ante una nueva orden - ¡no te muevas! - La incertidumbre me reconcomía. ¿Cómo iba a reconocerla más allá de la voz que apenas recordaba?- No tengo mucho tiempo. Sólo nos dan veinte minutos para comer algo y descansar. Y a mí también me vigilan.
- Te quedarás sin ambas cosas.- Me interrumpió con tono de reproche.
- Eso no tiene importancia ahora. Escucha. Conozco al doctor García desde hace muchos años, y no sólo profesionalmente. Anda metido en un asunto muy turbio del que tú, por desgracia, has sido testigo accidental. No sé cómo se las ingenió para que enfermaras, no has sido la única. Algunos de tus compañeros, los que estaban contigo la otra mañana, también han pasado por urgencias. Te has salvado de milagro. Estaba a punto de provocarte un shock cuando por fin contacté con tus padres. No debes volver a tu trabajo ni a tu casa. Tiene contactos en muchos sitios, incluso en la policía. Debes deshacerte de tu móvil. Yo tengo un número que sólo conocen personas de confianza. Memoriza: 681547322. Cuando tengas uno seguro, ponte en contacto conmigo. Si tardo en contestar no te preocupes. Lo haré cuando sea completamente seguro y podremos quedar en un lugar en el que no puedan encontrarnos. Ahora tengo que irme. Espera unos minutos antes de hacerlo tú. Sé prudente y cuídate mucho. Adiós.- Permanecí petrificada como la estatua del ángel que hacía gala de tener más vida que yo con su chorro constante de agua. El único pensamiento que rondaba mi mente era de qué iba a vivir a partir de ahora.

4 comentarios:

  1. Veo que has retomado tu historia con la misma pericia de siempre. Sigue la intriga.
    Un gusto leerte.

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    1. Muchas gracias por la visita, estimado Josep, y por tus palabras.
      Abrazo!!!!

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  2. Qué gozada levantarse por la mañana y encontrarse con tu prosa elegante, Mª Jesús. Es una delicia encontrarse con tus personajes. Un beso y gracias por volver

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    1. Muchas gracias, estimada Ana. Me alegra que sea así. Gracias a ti por leerme.
      Un beso!!!!

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