martes, 23 de febrero de 2016

El callejón felino 9

Un cautiverio, una huida, una revelación.

Pasé la noche en vela intentando encontrar una manera de escapar del encierro en el que me hallaba. Quedaban dos días con sus noches para que llegara el jueves. Horas, minutos, segundos interminables que agonizarían junto a mi desleída voluntad. No había tomado la medicación incautada y dosificada por mi madre, pero era consciente, si es que mi cabeza en aquel momento podía jactarse de tal estado, de que se las ingeniaría para conseguir que las tomara. Estaba atrapada en una espiral en la que el final no se vislumbraba. Si no comía me debilitaría dificultando aún más mi evasión, tampoco había forma de burlar a mi carcelera ocultando los restos de comida, aunque los tirara por la ventana acabaría encontrándolos porque hacía mucho que los gatos habían abandonado el barrio. Si comía mi entendimiento se resentiría, no en vano aquella mujer se había convertido en una auténtica maestra en camuflar pastillas, jarabes y demás drogas hasta el punto de que el sabor de los alimentos no sufriera alteración alguna, consecuencia clara de haber convivido con mascotas, incluido mi padre que solía engullir albóndigas creyendo haber burlado a la burladora porque no se le arrugaba el entrecejo ni le asaltaban las arcadas.

Estiré mis entumecidos músculos tras tantas horas de permanecer tumbada y contemplé como despuntaba el sol en el horizonte. Me reconfortaba aquella visión de pervivencia y me reafirmaba en la idea de continuar fingiendo con la esperanza de que me dejaran salir un rato a tomar el aire al jardín y poder huir. Abrí la ventana y me dejé embriagar por el espectáculo mecida por la brisa fresca de la aurora, hasta que unos pasos tras la puerta quebraron la promesa que encerraba la escena. Salté encima de la cama y fingí que dormía. Entró como un huracán con su bata rosa de felpa y su cara de enfado mañanero – nunca entendí porque se levantaba tan temprano si no le gustaba madrugar – directa hacia la ventana. La cerró, tal y como hacía siempre, por si intentaba escapar saltando los dos pisos que separaban la habitación del suelo y se acercó para zarandearme hasta que abriera los ojos:
- Es hora de la medicina, pero antes te tomaré la temperatura.- Sin mediar más palabra, me colocó el termómetro en el sobaco con su habitual delicadeza y ordenó lo ordenado mientras esperaba que sonara el pitido. Yo siempre la había querido, aunque nunca la hubiera entendido, a pesar de que sabía cómo iba a actuar en cada momento. Un rato más tarde el aparatejo protestó alertando a mi madre que lo acercó hasta su nariz intentando ocultar el resultado:
- Una buena noticia. La fiebre ha remitido. Ya sabía yo que la tranquilidad y mis cuidados acabarían con ella. Pero no podemos fiarnos.- Ella era así. Daba una de cal y otra de arena. Suspiré resignada, sonido que ella entendería como síntoma de alivio.- Te subiré el desayuno para que tomes tus pastillas.- Protesté de forma comedida:
- No madre. Prefiero bajar ahora que me encuentro mejor. Tengo el cuerpo dolorido de estar tanto tiempo en la cama.- Dudó con el ceño fruncido. Su temor no estaba relacionado con el hecho de que pudiera recaer, más bien que escapara.
- Está bien. Pero no te quiero por ahí danzando todo el día y perdiendo energías.- Asentí obediente haciéndole creer que había entrado en razón.
Dejé pasar los días con la misma actitud sumisa a la espera de un pequeño descuido que me brindara la oportunidad de escapar. El jueves por la tarde, tras la merienda, le supliqué que me permitiera tomar el aire y estirar las piernas en el jardín con la excusa de fortalecerme y poder encarar mis jornadas laborales. Accedió a regañadientes, no sin antes dejarme claro que aún era muy pronto para pensar en la vuelta al trabajo y que ella supervisaría mi salida al exterior. Durante algo más de una hora sufrí su presencia apostada en las descuidadas sillas del porche, a la espera de que decidiera entrar para preparar la cena antes de que regresara mi padre. Pero todas mis esperanzas se fueron al traste cuando me obligó a entrar para que no cogiera más frío. Si quería huir, tendría que ser desde dentro.
- Veré la tele un rato.- Mi madre me miró como la que acaba de encontrar un tesoro escondido.
- ¿Vas a hacer una cosa de persona normal?
- Me distraerá. No me vendrá mal.- La observé encogerse de hombros mientras se perdía por la puerta de la cocina. Encendí el televisor y lo puse a un volumen que me posibilitara seguir el rastro de su posición a través de los sonidos que producían sus movimientos. El tiempo apremiaba. La hora de la cita se acercaba y a mí sólo me restaba una oportunidad para el éxito o el fracaso, y sus consecuencias. Me arrastré sigilosa hasta alcanzar la puerta interior que comunicaba con el garaje. Mi padre no la había cerrado con llave. Me colé a través de ella con la luz de mi móvil como guía, única pertenencia que había conseguido conservar tras el registro e incautación de mi carcelera. Sólo encontré un objeto que podía serme útil entre un montón de trastos. Mi ya no tan reluciente bicicleta, aunque a mí me seguía pareciendo el mejor de los regalos. Ahora que sería cómplice de mi huida, aún más. Inflé las ruedas haciendo el menor ruido posible, respiré hondo y localicé el interruptor de la puerta. Lo pulsé y, sin esperar a que se abriera del todo, salí y comencé a pedalear con todas mis fuerzas sin mirar atrás. Para cuando mi madre se diera cuenta, yo ya estaría muy lejos.
Recorrí calle tras calle que, a pesar de que eran todas iguales, rectas, llanas, con aceras anchas, farolas imitando otras épocas, parterres con diminutas flores de colores llamativos, casas de tejados a dos aguas con jardín delantero, se me antojaban preciosas, sobre todo cuánto más me alejaba, sintiendo la brisa fresca del anochecer en el rostro, en el mejor de los vehículos, aunque se me hubiera quedado pequeño, como E.T. de regreso a su casa. Atravesé el parque ubicado en el extremo de la urbanización y circulé con más precaución por las, a esas horas, atestadas calles del centro en dirección a mi apartamento. Tenía que aprovechar los primeros momentos de incertidumbre en torno a mi huida para recoger algunas cosas, entre ellas el dinero para emergencias que guardaba en una caja de zapatos y esconder la bicicleta, antes de que empezaran a buscarme y a vigilar los alrededores de mi casa. Cambié mi ropa por un atuendo más apropiado para mi encuentro, abandoné el piso, no sin cerciorarme de que era seguro, y caminé en dirección al Mamamia, haciendo caso omiso a las vibraciones insistentes de mi móvil. Casi con total seguridad, mis padres ya estarían de camino a mi casa. Rebasé la última esquina antes de embocar el callejón trasero del restaurante y me detuve unos minutos para examinar los alrededores. Lo que menos quería era ser testigo de una nueva escena escalofriante y, menos aún, ser su protagonista. Me aposté en la pared de enfrente a la salida, encendí un cigarrillo y esperé pacientemente por mi anónimo convocante, incluso más allá de las ocho.
A las ocho y veintidós minutos, cuando mi estómago ya rugía en protesta, desistí en mi empecinamiento - probablemente se trataba de una broma de mal gusto - y entré en el local para satisfacer mi apetito y celebrar mi recobrada libertad. El interior permanecía tranquilo aún y pude elegir una mesa situada en una esquina discreta para degustar un plato de pasta y una copa de vino tinto. Terminé justo cuando el ambiente comenzaba a resultar agobiante. Pedí la cuenta, que el camarero me entregó junto a un guiño, gesto que no supe interpretar en primera instancia, pero que al abrir la caja a modo de bandeja comprendí, no sin sorpresa. En el interior, junto a la nota con mi consumición, había otra doblada en dos. Cualquiera se habría sentido confuso y habría concluido sin titubear que aquel muchacho quería algo más que cobrar. Deposité el dinero en la caja y salí del local con el trozo de papel en el bolsillo, por no resultar grosera, con la errónea certeza de que no era importante. Algunos pasos después, mientras encendía un cigarrillo, movida por la curiosidad, abrí el papel antes de disponerme a arrojarlo a una papelera.
El contenido de la nota prometía, no solo por la rúbrica de carmín. La guardé como prueba valiosa y sopesé mis opciones. Ante la ahora confirmada sospecha de que me vigilaban, tenía que ser aún más cuidadosa en cada paso que diera.

6 comentarios:

  1. La huida, sabiéndose vigilada, le resultará mucho más difícil y arriesgada, a no ser que esa nota sea de ayuda para desembarazarse definitivamente de sus guardianes.
    Veremos qué le depara el futuro próximo y qué pasos tomará.
    Un relato intrigante y muy bien hilvanado.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias por la visita Josep. Me alegra que te guste esta historia. Ya veremos si es una ayuda o un lío más.
      Abrazo y muy buen fin de semana!!!

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  2. Esta es la primera entrega que leo de la saga, pero aún así, sin conocer los antecedentes, me ha parecido muy interesante :)
    Una huída costosa y arriesgada que de momento ha tenido éxito. Quedo a la espera de acontecimientos y de conocer el contendo de esa misteriosa nota...

    Muy bueno, Mª Jesús. Un abrazo!!

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    1. Muchas gracias Julia por pasarte y comentar. Me alegra que te haya resultado interesante.
      Abrazo y muy buen fin de semana!!!

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  3. Me figuro que esta es la continuación de una historia que viene de atrás. iré indagando para ponerme al día.
    Al no saber de que va, me ha resultado desconcertante la actitud de esa mujer adulta que huye de la casa de sus padres.
    Abrazos.

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    1. Gracias por la visita, Francisco. Si tienes tiempo y te gusta la historia, es mejor que la leas antes que hacer un resumen de ella.
      Abrazo y feliz finde!!!

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