sábado, 13 de febrero de 2016

Año 1. Memorias de una odisea (Parte 4ª)

El día de las grandes esperanzas comenzó con la puesta en marcha de mi plan secreto. Ni siquiera mi pequeña amiga, que continuaba aferrada a mi mano por donde quiera que fuéramos, podía conocerlo. Tampoco podía contar con los robots, que realizaban las tareas de mantenimiento y limpieza entre otras, como ayuda extra en mis propósitos, porque cualquier cambio, por muy sutil que fuera, sería detectado de inmediato por nuestro carcelero. Así pues, la única alternativa que me restaba era entrenarme para alcanzar su centro neurálgico en el menor tiempo, por el recorrido más corto y sin ser detectada.

            Después de preparar nuestras mochilas, cogimos el transporte que nos llevaría en nuestra primera excursión a tierra firme. En aquella ocasión dimos un rodeo evitando las ruinas del asentamiento hacia la cara opuesta del planeta, aquella en la que habíamos depositado nuestras esperanzas en vano. Lo miraras por donde lo miraras, la luz era similar por todos sus lados, pero según avanzábamos, las tonalidades de la tierra iban cambiando y la vegetación se iba tornando más frondosa. Ante nuestros ojos se extendía un auténtico vergel y, tras él, unas playas interminables que daban paso a la inmensa masa de agua que no pudimos cruzar. El engendro mecánico, programado por no se sabe qué mente enferma y maquiavélica, nos había engañado desde un principio, como si toda aquella odisea no hubiera sido más que una pantomima que formaba parte de un experimento ideado de antemano. Respiré profundamente intentando reprimir las lágrimas porque, a pesar de que solo había estado de acuerdo en contadas ocasiones con mis conciudadanos, había convivido con ellos durante el tiempo suficiente como para haber creado ciertos vínculos.
            Aterrizamos justo en la playa y abandonamos la nave con la emoción, por razones diferentes, prendida en la mirada. Todo a nuestro alrededor era tranquilidad y soledad en apariencia. Coloqué a Eva con sus libros y sus cuadernos – vestigios de tiempos no vividos, pero que aseguraban su independencia ante cualquier intromisión en un medio electrónico - bajo una palmera y comencé con el entrenamiento que realizaría durante algunas semanas, hasta estar completamente segura de que estaba preparada para el éxito de mi misión: estiramientos, flexiones, carreras cronometradas, fondo, mientras descubría las maravillas del paraje que nos rodeaba para que no se convirtiera en una rutina vacía. Ya en las noches, en la soledad de mi habitación, repasaba mis progresos ajustando el plan un poco más cada vez. No puse fecha límite para la operación lobotomía. Quería evitar que la ansiedad que pudiera producir tener que realizarla sí o sí en un momento determinado instigara al fracaso o su descubrimiento. Fuera cual fuera el resultado, aquellas escapadas estaban teniendo un efecto positivo en nosotras, y es que sentirnos lejos del Ente, que volvía a estar ausente salvo por su nueva selección musical- rock sinfónico -, tenía su recompensa.
            Sin embargo, la alegría me duraría poco. Mi comunicador, que parpadeaba con insistencia, me despertó en medio de la madrugada:
Ente: Tengo curiosidad por saber a qué se debe tanto ejercicio físico. ¿Te aburres o simplemente cuidas tu salud porque crees que vas a perdurar en el tiempo?
Leer aquel texto me hizo sentir que tenía un enamorado despechado que se vengaba de mí con preguntas absurdas a horas intempestivas. Había cometido el error de no desconectar aquel aparato demoníaco en la creencia de que sería mejor para no levantar sospechas. Incorporé mi cuerpo dolorido por las sesiones gimnásticas y resoplé huraña, como una no enamorada que abofetearía con gusto a su interlocutor:
Yo: Nunca he tenido tal interés. Ni siquiera pedí existir. No pedí formar parte de toda esta empresa. Ya sabes que soy una paria. No intervine para intentar impedir la debacle. Tan solo paso el tiempo. El ejercicio me ayuda a no “meditar” tanto.
Ente: Tu destino está trazado. No tienes nada en lo que pensar ni por lo que preocuparte. Morirás aquí, aislada, de vieja, o de tristeza, si tu compañera de fatigas no termina contigo antes.
Aquellas frases no me descubrían nada nuevo. Por muchos congéneres que se arremolinaran alrededor, era una sensación casi innata en mí:
Yo: Tengo poco interés en hacer grandes amigos, créeme. Por no hablar de la perpetuación de la especie.
Ente: Eso último tendría solución. Podrías engendrar un compañero para la niña. Sabes que es posible. No creo que ella sea tan autosuficiente como tú.
Yo: Pues tendrá que buscar alternativas, no soy una coneja.
Ente: Piensa en las posibilidades que te brindaría tener un ser que moldear, completamente diferente a todo lo que has conocido, lejos de todos sus vicios y defectos. Un ser perfecto, único, inmejorable.
Definitivamente, algo no me cuadraba en toda aquella conversación. Decidí cortarla antes de que me propusiera ser el padre, con la típica excusa que se da para no tener relaciones:
Yo: Necesito descansar. Creo que me ha dado demasiada radiación hoy y tengo jaqueca.
Ente: Bien. Continuaremos mañana.
El momento había llegado. Tenía que lavarle el cerebro antes de que él lo hiciera conmigo.
            Durante la jornada siguiente evité cualquier contacto con el Ente fingiendo que había olvidado mi comunicador en la nave. Me sentí casi libre, salvo por la rémora del pensamiento de la vuelta antes del anochecer. Cenamos en silencio y acompañé a Eva, aferrada a mi mano como siempre, a su habitación. Antes de marcharme se agarró a mi cuello y me dio un beso y un abrazo. Era la primera vez que hacía tal cosa, como si presintiera algo y tuviera la necesidad de expresar gratitud y afecto a la par. Me produjo una sensación extraña tener aquel cuerpo diminuto entre los brazos, su demostración de cercanía a pesar de no tener parentesco, la espontaneidad de un vínculo creciente, como si de repente me hubiera convertido en madre, haciéndome creer que tenía que triunfar para que tuviera la esperanza de un futuro. La arropé y abandoné la estancia más decidida que nunca a terminar con nuestro verdugo.
            Me metí en la cama a la espera de la hora no programada, para descansar el cuerpo y la mente y sentirme lo suficientemente fresca para abordar mi tarea. Pero el señor Murphy también existía en el espacio. Mi comunicador empezó a parpadear:
Ente: Sabes que todo está en tu cabeza, ¿verdad? Nada de esto existe más allá de tu imaginación. Has creado un mundo en el que luchas por la subsistencia, pero solo es reflejo de tus propios miedos y carencias. No vas a triunfar. No te espera esa merecida recompensa que hará el final de tus días satisfactorios y apacibles. Morirás sola como los héroes del absurdo que creen haber descubierto la fórmula de la pervivencia y solo son amados y venerados en textos y cantares…
Dejé de leer y fingí que dormía. No podía permitirme gastar energías en una guerra dialéctica disparatada ni que terminara convenciéndome de que sí estaba loca. Tapé la pantalla del aparato con el volumen de El caballero inexistente que mi abuela me había legado e inicié unos ejercicios de respiración para relajarme a la espera del momento apropiado para ponerme en marcha.
            A las 3:45 exactamente sonó la alarma despertándome del sopor en el que me había sumido. Me levanté, me comí una barrita energética con sabor a chocolate, metí todo el material en la mochila, me vestí y repasé los pasos que debía dar. Abrí el panel de control de mi habitación - único lugar donde podía hacer tal maniobra sin ser detectada - con mi herramienta multiuso interestelar para provocar una sobrecarga en el sistema y mantener ocupado al Ente el tiempo suficiente para alcanzar el centro neurálgico. Esperé unos segundos y comprobé mi comunicador:
Ente: Hay problemas en el sistema energético de la nave. No salgáis de vuestras habitaciones hasta nueva orden.
Sonreí. Había funcionado. Me limité a no responder porque no lo había hecho  con anterioridad a sus desvaríos fingiendo que dormía. Abrí la puerta, respiré hondo y corrí sin descanso por la ruta que había trazado, entre chispazos y olor a chamusquina. Encaré el último pasillo. Al final, la puerta  entreabierta del control de mandos se hacía cada vez más grande. Me paré justo delante, con el corazón desbocado, para recuperar el aliento. Terminé de abrirla fácilmente. Ante mí, paneles, luces y mandos permanecían mudos. Con movimientos raudos y precisos, ensayados en la playa como si practicará tai chi, asalté el panel de control y sustituí la placa base con mi propia creación - la placa del desconcierto - de piezas robadas en el taller mientras hacía maquetas, justo en el momento en que todo volvía al orden:
- ¿Qué haces 214...7.....8….? Teeeee…. oooorrr….
A aquellas frases que se fueron ralentizando hasta perderse le sustituyó una selección de Rachmaninov. Me senté en la gran butaca frente al panel principal, saqué mi chip de la felicidad, lo inserté y esperé pacientemente a que el programa de sustitución y liberación se instalara, unos treinta minutos – el mío era mucho más sencillo – con aquella melodía de fondo. Una pantalla emergente con el mensaje: ¿Desea reiniciar el sistema ahora o más tarde?, me notificó que el proceso había terminado. Confirmé el reinicio. Solo restaba comprobar si la operación Las maravillosas vacaciones del señor Ente había funcionado. Unos segundos más tardes, la pantalla recobró la luz y una voz femenina me saludó alegre:
- Pequeña. Lo has conseguido. Sabía que tendrías éxito.
- Abuela. Te he echado de menos.
Una diminuta sombra avanzó hasta alcanzar el panel acompañando a una sutil risita que trepó decidida hasta colocarse muy pegada a mí en la butaca. Eva también había recuperado el sonido.
- Ahora podremos terminar la misión para la que nos embarcamos. Abandonar este nido de vergüenza y alcanzar nuestro objetivo primario.
Miré a mi joven acompañante y le guiñé un ojo. Sus labios se abrieron y una voz que recordaba de forma sospechosa a una adulta salió de ellos:
- ¿Somos libres?
Asentí y le formulé a la abuela la pregunta que me quitaba el sueño desde hacía semanas:
- ¿Quién fue el traidor?
- Tu abuelo, adorada niña. Lo descubrí demasiado tarde, cuando no tenía fuerzas para enmendar su complot. Programó el sistema para pervivir en él y demostrar que la humanidad no tiene remedio ni futuro. Pero tú has probado que aún hay individuos capaces y puros. Con tu destreza conquistaremos esa tierra que nos prometieron.
Eva y yo nos miramos mientras la nave giraba hacia el infinito. El alivio que habíamos sentido hacía unos minutos se había tornado en incredulidad y excitación. Tal vez algún día lograríamos romper el orden establecido por completo y sembrar nuestro propio caos galáctico.

FIN

6 comentarios:

  1. Un fin muy normal a este sistema galáctico. Un abrazo
    P.D. gracias por visitar mi blog y compartir Maria Jesús ya sabes que mientras estoy penalizada no me dejan hacer casi nada.

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    1. Gracias María del Carmen. Pues no sé si es normal o lógico, pero vayamos donde vayamos creo que actuaríamos igual.
      Abrazo y feliz semana!!
      P.D. De nada. Ya queda menos!!!

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  2. Una historia complicada pero que has sabido desarrollar a la perfección, manteniendo en todo momento el interés. Un thriller futurista muy bien montado.
    Esperemos que el futuro sea mejor.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias Josep. Lo cierto es que me he divertido mucho escribiéndola, al punto de que casi cedo a la tentación y la convierto en saga. Ya veremos, igual me apetece seguir divirtiéndome.
      Abrazo y feliz semana!!!

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  3. Se me había pasado por alto esta cuarta parte.
    Has hilado toda una historia futurista donde después del caos has sabido dejar una puerta abierta a la redención. Me daba un poquito de miedo la niña ,pero veo que era eso, sólo una niña asustada.
    Besos

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    1. Gracias por tus palabras, Francisco. Eso pretendía, dejar una puerta abierta al optimismo y la esperanza para esos seres que quieren cambiar el presente y el futuro, pero encuentran un escollo, a veces insalvable, en la fuerza del pasado. Y quién sabe, puede que haya más memorias.
      Besos y feliz e inspirado fin de semana!!!

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