lunes, 18 de enero de 2016

El callejón felino 8

Una ranchera, una vuelta al pasado, una nota.

            Mi perspectiva de la realidad – personas y objetos – había cambiado en relación a la niñez, no de forma abismal, pero si sustancialmente. El hecho de estar recorriendo las calles de la ciudad en la ranchera de mi padre ya no conllevaba el matiz positivo de la niñez. Mi progenitor había descubierto hacía muchos años la comodidad de la amplitud. A pesar de no ser particularmente alto ni corpulento, se sentía embriagado por la visión que aquella maquinaria le ofrecía del espacio exterior y la seguridad que le proporcionaba lo que consideraba el colmo de la robustez. Yo, que andaba lejos ya de la significativa inocencia de la tierna infancia, etapa en la que aceptaba alegremente aquella presencia que implicaba aventuras que vivir en cada excursión con mi bicicleta que relucía en la parte trasera del vehículo, y sin llegar a constituirme en juez, se me antojó centro de mis pesares. Y es que de un cautiverio me iba a otro, a cada cual peor – en este no podría alegrarme la vista con la enfermera -. Mi consuelo era simple, no había una máquina chivata que controlara mis movimientos, porque el radar de mi madre había que clasificarlo en otra categoría.


            Nos dirigimos hasta el domicilio de mis padres sin hacer parada alguna – ya la habían hecho con anterioridad para recoger algunas de mis pertenencias – mientras mi madre hablaba sin parar y sin importarle que no la escucharan. Dediqué el paseo a poner mis pensamientos en orden, ya tendría tiempo de revisar mis notas si no las habían hecho desaparecer de mi bolso. En mi cronograma particular había un paréntesis de no sabía cuánto tiempo, el que había pasado en aquella fría sala de hospital, en el que también se habían sucedido una serie de hechos inexplicables. En aquel momento no podía afirmar con rotundidad que no fueran producto de la fiebre y la medicación administrada, pero la figura de aquel médico impidiéndome huir era cuando menos sospechosamente parecida a la del individuo del callejón. La incógnita que me confundía por completo era hasta qué punto tenía relación con mi extraña enfermedad.
            Mi madre me sacó del ensimismamiento con la misma delicadeza que en ella era habitual, gritando mi nombre. Habíamos llegado a su más preciada adquisición, un pequeño chalet en horas bajas en un barrio residencial de las afueras. Yo tenía buenos y no tan buenos recuerdos de mi estancia allí, última etapa de mi convivencia con dos seres que se habían convertido en dos auténticos carceleros. Mi padre, siguiendo los consejos de mi madre que se dedicaba a arremeter con toda la artillería de que disponía, no me dejaba ni a sol ni a sombra – no se fiaban de un mundo que tenía problemas en aceptar una mente demasiado imaginativa-. Así que después de mis clases, me dedicaba, porque ya no había paseos ni aventuras en bicicleta, a devorar cualquier libro que cayera en mis manos. Ellos se convirtieron en mis nuevos mejores amigos. Mis progenitores eran tan listos, que no se habían percatado de que todas aquellas palabras juntas eran un comburente para el cerebro.
            Entré en mi habitación detrás de mi madre que bufaba inconsolable arrastrando la maleta y la contemplé ansiosa porque llegara el orgásmico momento en el que me dejara a solas, mientras abría, ordenaba y organizaba el dormitorio. Le sonreí complaciente como si atendiera al significado y significante de sus instrucciones consciente de que era la mejor táctica para que abandonara la estancia lo antes posible. Dos minutos y cuatro resoplidos más tarde salió aconsejándome que descansara. Estaba sola al fin. Observé que el único cambio a mi alrededor era que habían desaparecido todos los libros. Mis padres habían evolucionado. Me reí para mis adentros. Bendito libro electrónico. Me tiré encima de la cama y vacié el contenido de mi bolso. Mi bloc de notas había desaparecido. En su lugar hallé el sobre con el diagnóstico, la medicación prescrita y las instrucciones del médico que mi madre había olvidado en un descuido. No había nada particularmente sospechoso entre aquellas hojas salvo una nota adhesiva que se había adherido al interior del envoltorio. El contenido manuscrito era escueto y sin firma:

                                       Encuéntrate conmigo el jueves 
                                   a las 20:00 hrs. en la salida trasera 
                                   de la pizzería Mamamía. Es 
                                   importante. No faltes y procura 
                                   que no te sigan.
 
 







¿Quién le podía decir que no a una pizza?

4 comentarios:

  1. Sabes mantener la intriga sin perder ni pizca de ritmo, algo nada fácil en relatos de cierta longitud.
    ¿Hallará la protagonista una pista que le sirva realmente de ayuda? Esperamos que pueda deshacerse del férreo control parental para reunirse con su citador/a.
    Un abrazo.

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  2. Gracias por pasar y comentar, Josep. Me alegra haber conseguido ese efecto. Creo que imaginación no le falta a la protagonista como para poder escaparse, ya veremos si le compensa.
    Abrazo!!!!

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  3. Eres una maestra de la intriga, María Jesús. Esa nota final me ha dejado con ganas de seguir leyendo. Yo también creo que la protagonista se va a dejar llevar por la curiosidad. Un abrazo, María jesús

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    1. Gracias por la visita, estimada Ana, y sobre todo por el cumplido, no sé si maestra, pero le he cogido gustillo a esto de la intriga. Un abrazo fuerte.

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