jueves, 21 de enero de 2016

Desayuno con churros

Nunca me había gustado trabajar. Lo mirara por donde lo mirara y, aunque la mayoría de los mortales coincidiera en tal apreciación, yo había hecho de él toda una filosofía de vida. Cuando la ciudad despertaba, yo buscaba el cobijo de la pequeña churrería de siempre  cerca del mercado para desayunar y buscar la retirada. Me sentaba junto al ventanal para contemplar el esplendor del nacimiento del día, las almas pulular con prisa por llegar a sus ajetreados destinos, los repartidores trasegando con las mercancías, los comerciantes subiendo sus rejas - no todas automáticas -, los vagabundos abandonando sus hospedajes nocturnos, los mercaderes con rostros de lechuza colocando el género en sus puestos. Nadie diría que en aquella ciudad que por la noche ofrecía un sinfín de posibilidades, se madrugara tanto. Aquel instante era mágico. Coincidían dos formas de entender la existencia, en algunos casos hasta se mezclaban. Anotaba las ideas que me venían a la mente en el móvil- no, no cargaba un cuaderno de notas porque me encuadraría dentro de un cliché - antes de caer en un estado de inconsciencia autómata, ignorando la bandeja de entrada que hervía con decenas de mensajes, reservándolas para el apropiado momento creativo. Sí. Había escogido la absurda y alocada profesión de escritora. Sin embargo, la inestabilidad no provenía solo de tal oficio, sometido al vaivén de la veleidosa inspiración, los caprichos de un señor o señora que parecen conocer mejor tu obra que tú misma, la mudable devoción pública que encuentra un nuevo capricho del que hacerse seguidor incondicional a cada hora, sino también del comienzo de mis días. Desde que adquirí uso de razón mi lema fue correr, no importa a donde, hasta que ya en mi juventud un amigo me regaló un libro, del que se había hecho una versión cinematográfica memorable, y me dije: yo quiero ser como esta protagonista; no, mejor como éste; bueno, mejor una mezcla, y nació mi yo adulto. Mis padres, siempre preocupados por sus vástagos, desahogados profesionales liberales, tuvieron a bien en enviarme un poco lejos a estudiar con la esperanza de que olvidara las malas influencias de mis colegas y los pajaritos de dedicar mi existencia a una ocupación creativa con la que malviviría. Lejos de acertar en su estrategia, las malas influencias se acrecentaron, al igual que mi determinación, tarea sencilla en aquellos tiempos en los que contribuían con creces en mi sustento.

Salí del local, cuyas características más destacadas eran dos: las vistas y los churros, con una bolsa de papel llena y un chocolate, y arrastré mi quejumbroso cuerpo por las calles que conducían hasta mi apartamento, con la obligada parada previa en el escaparate de la tienda de artesanía dos números antes de mi portal. Aún no había abierto al público, pero mi intención nunca había sido atravesar aquel umbral, sino regocijarme con la idea de lo desconocido, esa que conserva lo atractivo de un mundo por descubrir.
El sonido del móvil, que ahora se oía alto y claro lejos del bullicio nocturno, me sacó de mi ensoñación. Busqué y rebusqué en mi bolso, que no es que contuviera multitud de objetos, pero cuyo volumen hacía a veces una tarea más que difícil encontrar lo que necesitaba. Lo encontré justo cuando la llamada se había cortado. Era ella, mi amante, protectora, mecenas… Preferí no devolver la llamada, consciente de que no tardaría mucho en hacerlo ella de nuevo y entré en mi portal, recogí el correo del buzón rápidamente, y subí sigilosa, evitando el encuentro con los vecinos que seguramente estarían de todo menos contentos por el jaleo de la noche anterior, hasta alcanzar el interior de mi apartamento. Cerré la puerta y descubrí el significado del caos. Había vasos y botellas de todas las bebidas alcohólicas existentes por doquier, platos de cartón, servilletas, papeles, prendas olvidadas… Avancé hasta la mini cocina en donde el panorama no era más halagüeño para comprobar que la cobaya continuara con vida en su rincón. Mientras descargaba mi desayuno inacabado el móvil volvió a sonar. Acepté la llamada y esperé pacientemente a que Inés terminara su exposición encadenada de reproches - tarde o temprano se calmaría - a la par que analizaba la magnitud del trabajo doméstico que me esperaba una vez hubiera descansado. De pronto se hizo el silencio al otro lado del hilo telefónico, coyuntura que aproveché para formular la pregunta que en aquel momento ocupaba el centro de mis preocupaciones: ¿La cobaya ha comido? Lógicamente, la respuesta fue el pitido entrecortado de fin de llamada. Me encogí de hombros y acerqué su jaula a la ventana para que los rayos del sol la animaran en su encierro solitario, la alimenté, le di de beber, y le comenté que la entendía porque me sentía como ella.
Solo me quedaban dos cosas por hacer antes de tirarme en mi cama: revisar el correo y visitar el baño, si es que las autoridades sanitarias no lo habían clausurado. No estaba segura de cuál era la mejor opción para elegir el orden, así que supuse que las necesidades primarias se imponían. Entré y salí del sanitario obviando el trasiego y me acerqué a la mesita donde cuatro sobres, tres de facturas y uno de una editorial, permanecían ajenos a mi incertidumbre. Descarté las facturas y contemplé indecisa el cuarto. Si lo abría y su contenido era una noticia negativa, me robaría el sueño; si era positiva, me lo robaría igualmente; si no lo abría no podría dormir por la intriga. No había otra alternativa. Lo abrí y comprobé que habían decidido publicar mi manuscrito, más aún, me concedían un adelanto. Al fin, el autodidactismo había tenido su recompensa. Avancé hasta mi cama, rodeada de arcoíris, pétalos de flores, nubes de algodón, con el estómago encogido como cuando besas por primera vez a alguien que te gusta mucho, y me acosté sin reparar en nada más, hasta que horas más tarde un movimiento del colchón me privó de mi reparador sueño. Una muchacha bien parecida se disculpaba de forma atropellada. Entre las decenas de frases inacabadas, descubrí que se había sentido indispuesta a mitad de la velada y alguien la había acostado hasta que se sintiera mejor. La habían olvidado por completo. Alcé una mano para interrumpirla y le pregunté que si tenía algo importante que hacer en las horas siguientes. Negó con un gesto. Ella tampoco tenía un horario laboral al uso. Le propuse celebrar sin plan trazado mi buena noticia. Aceptó sin más.

Salimos a la calle, tras dar cuenta del desayuno olvidado, remedio ideal contra la resaca, e hicimos la primera parada en la tienda de artesanía. Entramos. Al fondo la dependienta sonreía. Al fin, has entrado. Entre todos los objetos que había expuestos, elegí un colgante de roca volcánica embellecido con lacas de colores. Mi nueva amiga era su creadora. En ese momento averigüé su nombre: Eva. Ya no sería ella, aquella, esta, nunca más. Se lo coloqué alrededor del cuello y abandonamos el local bajo una lluvia de pétalos, siguiendo la estela del arcoíris, flotando sobre nubes de algodón. A día de hoy, ella no protesta por tener un montón de pelos de cobaya en su ropa y yo ignoro las manchas de pinturas lacadas en la mesa de la cocina.

NOTA: este texto es una interpretación muy libre e irónica, inspirada en la obra Breakfast at Tiffany's.

6 comentarios:

  1. Me ha gustado muchísimo este relato. me ha resultado como un mosaico de emociones. Una rica descripción de situaciones e imágenes, alguna de ellas con un claro toque de humor sano.
    Cuando uno se levanta debería aplicarse la canción de Serrat que dice "hoy puede ser una gran día". A veces lo que mal empieza, bien acaba.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por pasar y comentar, Josep. Me alegra que te haya gustado. Sí, siempre hay que mantener el espíritu positivo aunque las cosas no vayan del todo como desearíamos.
      Abrazo!!!!

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  2. Un texto delicioso, Mª Jesús. Creo que nunca podría llevar una vida como la de la protagonista, pero a ella le queda muy bien y yo he disfrutado mucho leyéndola :))

    Un abrazo!!

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    1. Gracias por la visita, Julia, y por comentar. Lo cierto es que al escribirlo no me planteé si tal posibilidad ha existido o podría hacerlo. En cualquier caso, como casi todo, a la larga termina por cansar.
      Gracias también por ese +1
      Abrazo!!!!

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  3. Mi madre siempre dice que el amor no viene a buscarte a casa, que hay que salir a su encuentro. Pero, ¿quién sabe? A lo mejor nos ocurre como a la protagonista de tu magnífico relato. Felicidades, Mª Jesús. Un abrazo muy grande

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    1. Gracias, estimada Ana, por tu visita, tu tiempo y tus palabras. Hay gente que dice que se encuentra, no se busca, pero no sé si en casa, la verdad. Yo soy bastante torpe en esas lides, si no me lo ponen en letras grandes y claras enfrente de los ojos, no lo veo.
      Gracias también por ese +1. No sé qué pasa que no me llegan las notificaciones últimamente.
      Un abrazo muy grande para ti!!!

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