viernes, 29 de enero de 2016

Año 1. Memorias de una odisea (Parte I)

La vida en el espacio está sobrevalorada. La posesión de una nave espacial, un planeta desconocido, viajes a la velocidad de la luz. Éramos bisnietos emigrantes de aquellos pioneros que se atrevieron a surcar la nada en un experimento que sabían que no iban a disfrutar en su desenlace. Viajamos durante años en nuestra gran morada flotante, un grupo de ingenieros, arquitectos, granjeros, médicos, científicos…, todas las representaciones del conocimiento humano, excepto las del alma, necesarias para iniciar la conquista de un nuevo cosmos. Ese saber, fue pasando de generación en generación dentro de aquel amasijo inmenso de metal. Todo estaba calculado: quién debía procrear con quién, la jerarquía tácita y hereditaria, el número de integrantes de la colonia, el Ente que controlaría de forma objetiva el curso del día a día. Nadie hablaba, salvo lo indispensable. Nada de filosofía, nada de emociones, nada de sensaciones. A nadie le gustaba su tarea, pero no protestábamos, por el bien común, por el éxito de aquella empresa.

jueves, 21 de enero de 2016

Desayuno con churros

Nunca me había gustado trabajar. Lo mirara por donde lo mirara y, aunque la mayoría de los mortales coincidiera en tal apreciación, yo había hecho de él toda una filosofía de vida. Cuando la ciudad despertaba, yo buscaba el cobijo de la pequeña churrería de siempre  cerca del mercado para desayunar y buscar la retirada. Me sentaba junto al ventanal para contemplar el esplendor del nacimiento del día, las almas pulular con prisa por llegar a sus ajetreados destinos, los repartidores trasegando con las mercancías, los comerciantes subiendo sus rejas - no todas automáticas -, los vagabundos abandonando sus hospedajes nocturnos, los mercaderes con rostros de lechuza colocando el género en sus puestos. Nadie diría que en aquella ciudad que por la noche ofrecía un sinfín de posibilidades, se madrugara tanto. Aquel instante era mágico. Coincidían dos formas de entender la existencia, en algunos casos hasta se mezclaban. Anotaba las ideas que me venían a la mente en el móvil- no, no cargaba un cuaderno de notas porque me encuadraría dentro de un cliché - antes de caer en un estado de inconsciencia autómata, ignorando la bandeja de entrada que hervía con decenas de mensajes, reservándolas para el apropiado momento creativo. Sí. Había escogido la absurda y alocada profesión de escritora. Sin embargo, la inestabilidad no provenía solo de tal oficio, sometido al vaivén de la veleidosa inspiración, los caprichos de un señor o señora que parecen conocer mejor tu obra que tú misma, la mudable devoción pública que encuentra un nuevo capricho del que hacerse seguidor incondicional a cada hora, sino también del comienzo de mis días. Desde que adquirí uso de razón mi lema fue correr, no importa a donde, hasta que ya en mi juventud un amigo me regaló un libro, del que se había hecho una versión cinematográfica memorable, y me dije: yo quiero ser como esta protagonista; no, mejor como éste; bueno, mejor una mezcla, y nació mi yo adulto. Mis padres, siempre preocupados por sus vástagos, desahogados profesionales liberales, tuvieron a bien en enviarme un poco lejos a estudiar con la esperanza de que olvidara las malas influencias de mis colegas y los pajaritos de dedicar mi existencia a una ocupación creativa con la que malviviría. Lejos de acertar en su estrategia, las malas influencias se acrecentaron, al igual que mi determinación, tarea sencilla en aquellos tiempos en los que contribuían con creces en mi sustento.

lunes, 18 de enero de 2016

El callejón felino 8

Una ranchera, una vuelta al pasado, una nota.

            Mi perspectiva de la realidad – personas y objetos – había cambiado en relación a la niñez, no de forma abismal, pero si sustancialmente. El hecho de estar recorriendo las calles de la ciudad en la ranchera de mi padre ya no conllevaba el matiz positivo de la niñez. Mi progenitor había descubierto hacía muchos años la comodidad de la amplitud. A pesar de no ser particularmente alto ni corpulento, se sentía embriagado por la visión que aquella maquinaria le ofrecía del espacio exterior y la seguridad que le proporcionaba lo que consideraba el colmo de la robustez. Yo, que andaba lejos ya de la significativa inocencia de la tierna infancia, etapa en la que aceptaba alegremente aquella presencia que implicaba aventuras que vivir en cada excursión con mi bicicleta que relucía en la parte trasera del vehículo, y sin llegar a constituirme en juez, se me antojó centro de mis pesares. Y es que de un cautiverio me iba a otro, a cada cual peor – en este no podría alegrarme la vista con la enfermera -. Mi consuelo era simple, no había una máquina chivata que controlara mis movimientos, porque el radar de mi madre había que clasificarlo en otra categoría.

lunes, 4 de enero de 2016

Idilio

La realidad acecha jocosa tras cada arbusto de ficción que nos embriaga con su poderoso aroma confundiendo nuestra mente. Mientras el mundo gira, medito sobre la tan popular – otrora romántica - creencia de que en sus amplitudes existe un ser hecho a nuestra medida y que la casualidad lo pondrá en nuestra vida, para siempre. A pesar de no darle el más mínimo crédito, me hallo en un banco en el parque, con mi cuaderno recostado sobre el muslo y un bolígrafo que no cesa en garabatear pensamientos y quimeras. La vida debería semejarse a un guión que desarrolle nuestra andadura al gusto, en el que los detalles, que fuera de una pantalla de cine resultan irrisorios, nos mecen sin el temor ansioso de peros y paréntesis.

Un niño salido de la nada me saca de mis cavilaciones con una pregunta simple - ¿qué haces? Lo observo tras el humo del tabaco. Sus ojos destilan sueños e ilusiones aún por quemarse. Sin mediar palabra, arranco una hoja de mi maltrecho compañero de fatigas y se la tiendo junto a un lápiz. Su mirada atónita se aleja tras un bufido y un pequeño giro sobre sus talones que lo alejan hacia el resto. Al fondo, la que se me antoja su madre, sonríe. Ya no sé si será mejor creer y dejar de crear idílicamente. En el papel rasgado trazo la pueril ensoñación de lo que nunca se ha llegado a realizar y lo suelto al viento. Recojo mis inventos y me alejo tras los pasos del sol, antes de que algún gesto más me conmine a claudicar.