lunes, 10 de octubre de 2016

Muerte comercial


No hay nada peor que ser enviado de la muerte, salvo estar en el paro. Celeste ya se había acostumbrado a que la gente la mirara con suspicacia por su aspecto inusual. No era ni guapa ni fea, sus formas no dejaban entrever si era mujer u hombre, su forma de vestir imposibilitaba discernir qué edad tenía. Era pues más que un ser andrógino. Era inclasificable. Sin embargo, nada de esto la distinguía del resto de sus compañeros. Su excepcionalidad estribaba en lo que ella misma calificaba como torpeza. Era lenta, la enviada que siempre se retrasaba y obligaba a algún colega a asumir una carga de trabajo doble. En realidad, lo que no quería asumir era su sentimentalismo. Se sentía incapaz de acometer la tarea encomendada sin cuestionarse si el ser asignado estaba preparado. Así que la gran madre muerte todopoderosa la relegó a la infame lista de desempleados conformada por un único integrante: ella, y la obligó, deslumbrando su mirada vacía con su guadaña de platino y diamantes, a asistir a un curso de coaching mortal: Camino del éxito. Tú eres tu único obstáculo. Celeste obedeció resignada durante seis meses a la consulta e, incluso, acató sin rechistar el periodo de prueba en el que tuvo que anunciar la muerte a innumerables seres vivos, básicamente insectos, bajo la severa mirada de su examinador.

sábado, 25 de junio de 2016

El callejón felino 10

La realidad, un escondite, una fuente parlante.
La historia se repetía. Por delante tenía de nuevo dos días antes de que se cumpliera el plazo para la cita prevista. La diferencia, ahora, estribaba en que mi cautiverio era exterior, no podía volver a mi casa porque no sabía con lo que me podía encontrar ni a quién tendría que enfrentarme, aparte claro de mis padres. Tenía pues que buscar una alternativa segura. La primera opción que me vino a la mente fue una habitación de hotel. Sin embargo, a pesar de contar con efectivo suficiente y poder elegir uno seguro, donde difícilmente me encontrarían, la deseché con la misma rapidez con que la había pensado. Estaría sola y no estaba segura de hasta qué punto esa circunstancia me beneficiaba. La segunda y más razonable, siempre que extremara las medidas de seguridad para llegar hasta allí, era buscar refugio en la casa de alguno de mis contactos. Las ventajas me resultaban atractivas: podría ahorrar dinero ahora que mi madre también me había requisado las tarjetas; podría alternar con alguien cuyas prioridades no fueran anularme tratándome como una niña; tendría un testigo en caso necesario; sería más fácil olvidar por unas horas todos los sinsabores acumulados en los últimos días. Y tenía a la candidata perfecta, Isabel, aunque tal elección conllevara casi con un margen de error del cero por ciento un polvo, tal vez dos, incluso, unos cuantos.

martes, 21 de junio de 2016

De vuelta


En este tiempo en el que he estado ausente, física y mentalmente, de la lectura y la escritura, como ejercicio que el tiempo dirá si tiene sentido, he encontrado una salida a una historia, terminada hace tiempo, que algunos conocéis en parte, otros entera y otros no conocéis, en un concurso para escritores noveles. La primera fase la constituye una votación popular, así que si tenéis unos minutos y una cuenta de facebook, podéis hacerlo desde este enlace Novelizate. Os lo agradeceré, como siempre lo hago con vuestras lecturas y comentarios.

Abrazo!!!!!

domingo, 27 de marzo de 2016

Qué duro es ser marciano!!!!


¡Qué duro es ser marciano! No podían haber escogido otro color para nuestra piel. ¡No! Tenía que ser verde. A ver, venimos de Marte, el planeta rojo, y somos verdes, como los anfibios, los reptiles. Somos los ases del camuflaje, verde sobre fondo rojo. Digo yo que será por aquello de que tenemos la sangre fría y allí nos mantenemos calentitos. Tampoco podía ser otro animal con más glamour e inteligencia: un felino, un delfín, un caballo. No, verde, escamoso y come bichos. ¿Y cómo nos vestimos? ¿Con qué color puede combinar el verde para no llamar la atención? Con el marrón, o sea, un árbol y quédate quieto tipo insecto palo, pero cuidado que puede venir otro marciano y zamparte sin darse cuenta. Eso sí, si caes en una buena casa puede que te pongan adornos por navidad.

No solo el color es preocupante, también lo es la anatomía. Somos deformes. Cabeza descomunal, largas y delgadas extremidades, ojos saltones, sin orejas, lampiños. Es decir, si nos da frío, olvídate de meterte un jersey de cuello alto, a no ser que la lana ceda como para que entre un barril. Y el resto de la vestimenta, imagina a Gollum con esmoquin. Para el sol unas gafas de la feria, con unos elásticos alrededor de la cabeza para sujetarlas y una peluca o boina, o todo junto para enmascararlo. Si todo eso no te delata, aún puede hacerlo la extraña forma de andar y moverte, el lenguaje, tienes suerte si has superado el nivel de solo sonidos, tu medio de transporte, siempre hay alguien mirando al cielo que lo descubre.

Sin embargo, lo más inquietante es que teniendo una descomunal cabeza, que se supone que alberga un no menos desarrollado cerebro, con lo que eso implica, no solo caemos en la Tierra porque nuestra nave se avería, sino que además queremos invadirla, porque aunque nuestra civilización y nuestro hábitat sean perfectos, no es suficiente, tenemos que dominar el universo. Por si  eso no fuera bastante irrisorio ya de por sí, nos vence una panda de atontados con medios arcaicos que ríete de los dibujos animados. ¡Ay! ¿Por qué habré salido a buscar un lugar nuevo para merendar?

Relato reeditado para el concurso "El Marciano" de EL CÍRCULO DE ESCRITORES


jueves, 3 de marzo de 2016

Agua estancada




Recorriendo las calles que me vieron crecer, voy enumerando palabras inconexas en forma de relatos que aglutinan significados solo para mí. Después de tanto tiempo alejada de la melancólica mirada de piedras y moho me resulta extraña la idea de una ciudad en una isla no muy extensa que no tenga vistas al mar. Me siento como el turista preso del asfixiante conglomerado de cemento que se alarga ante la terraza de su apartamento, a través del que tiene que adivinar la magnificencia del líquido elemento. Como en aquellas vacaciones en las que me entregaste el mejor regalo, una botella con una isla flotante, que aún hoy atesoro y que continúo observando en busca de tranquilidad, puede que también de tu sonrisa reflejada en el cristal.

Ya apenas me siento parte de este mundo. Ha dejado de tener encanto. Soy como una estrella fugaz, errante, que trata de cuadrar su existencia en un universo frío y oscuro, sin hallar nunca el final de su camino. Me aferro a ese transitar monótono y absurdo como lo hago con el agua ahora estancada que rodea la isla idílica de esa botella, buscando el sentido perdido que me impulsaba a crear y creer ciegamente en ello, a lanzar historias al aire ignorando la atención interesada de muchos porque unos pocos aún parecían entenderme y abrazarme con la calidez de sinceras palabras.

Me faltas, como la voluntad ahogada por la llovizna constante que entumece los miembros y nos tienta con la búsqueda malsana de una guarida de sombra y olvido al calor de una efímera hoguera que tarde o temprano dejará de arder. Sé que estás ahí, agazapada, hastiada de tanta hipocresía, de halagos ligeros, de expresiones vanas y miradas vacías. Me traes el rumor de las olas chocando contra las rocas, esas que brillan entusiasmadas con el silencioso reflejo del sol cuando la marea se retira y las libera en un cúmulo de tonalidades imposible de describir. Me arrullo en la fidelidad constante de tu recuerdo.

El ruido no cesa sofocando el apacible fluir del sutil tintineo de aquella isla rozando las paredes transparentes que nos embelesaba en un sueño profundo del que no queríamos despertar. Te deseo de forma inevitable como el tacto húmedo y salado resbalando por la piel. Y es ese ansia que corroe mis entrañas el que me incita a recorrer en una exhalación el resto de las calles en busca de la seguridad del recuerdo intacto en el agua estancada de la botella; el que me impulsa en un arrebato a estrellarla contra el suelo.


Te contemplo. Entre cristales minúsculos sobre un charco informe. Te he liberado para convertirte en un bulto inútil que me abofetea con su realidad en forma de moraleja. He de sentirme libre a través de la recreación de los impulsos de mi mente, de nada me sirve desprenderme de ellos si no es en el papel, a pesar de que pocos los entiendan, a pesar de que a pocos les interesen.

Concurso La imagen imposible I de EL CIRCULO DE ESCRITORES

martes, 23 de febrero de 2016

El callejón felino 9

Un cautiverio, una huida, una revelación.

Pasé la noche en vela intentando encontrar una manera de escapar del encierro en el que me hallaba. Quedaban dos días con sus noches para que llegara el jueves. Horas, minutos, segundos interminables que agonizarían junto a mi desleída voluntad. No había tomado la medicación incautada y dosificada por mi madre, pero era consciente, si es que mi cabeza en aquel momento podía jactarse de tal estado, de que se las ingeniaría para conseguir que las tomara. Estaba atrapada en una espiral en la que el final no se vislumbraba. Si no comía me debilitaría dificultando aún más mi evasión, tampoco había forma de burlar a mi carcelera ocultando los restos de comida, aunque los tirara por la ventana acabaría encontrándolos porque hacía mucho que los gatos habían abandonado el barrio. Si comía mi entendimiento se resentiría, no en vano aquella mujer se había convertido en una auténtica maestra en camuflar pastillas, jarabes y demás drogas hasta el punto de que el sabor de los alimentos no sufriera alteración alguna, consecuencia clara de haber convivido con mascotas, incluido mi padre que solía engullir albóndigas creyendo haber burlado a la burladora porque no se le arrugaba el entrecejo ni le asaltaban las arcadas.

domingo, 14 de febrero de 2016

Futuro


Me repetiste en muchas ocasiones que una pequeña venganza resultaba de gran alivio. La clave para ti era el adjetivo, pequeña, esa que no produce un mal irreversible y trágico. Yo siempre te contestaba que con ella algo se pudre en nuestra alma. Y, aunque mirar hacia otro lado no es solución, la indiferencia guarda un arma de gestación poderosa en reciprocidad, cuánto más ignoras, más harán por llamar tu atención.
No encuentro alivio para el peor de los castigos, el crecimiento de la repugnancia y el hastío en proporción inversa al que un día fue un sentimiento dignificante. Y así se han ido acumulando vanos rencores y palabras malsonantes, por no querer escuchar aquellas con significado de las que se sospecha reproches y quedaron relegadas al olvido de cientos de saquitos, cúmulos de impotencia. El silencio también amarga en su conjetura. Lo mires por donde lo mires, el desenlace lógico es abrazar la caída hasta el fondo en el declive sin fisuras a las que asirse.

Sé que cuando leas estas líneas tu primer pensamiento será considerar mi huida como desquite. Sí, me he liberado de ese monstruo reptante que se va apoderando de la convivencia, de la convivencia fétida que atenaza el cuerpo y la mente para intentar ahogarlos en una ciénaga de sumisa decadencia. Sin embargo, amigo mío, el daño es irreversible, las sombras de la desconfianza reaparecen cada vez que vislumbro un acercamiento. Sigo escapando pues, sin remisión, haciendo de las horas sueños inalcanzables, perfectos, incuestionables. El corazón no se ha diluido, tan solo está remodelando el caos que las miradas airadas y la inflexibilidad han sembrado en una nueva edificación de cimientos inciertos, pero de personificación poderosa. Algún día me dirás si este es o no un resarcimiento valioso. 

Relato escrito para el concurso San Valentín II "La cara oculta" de EL CÍRCULO DE ESCRITORES


sábado, 13 de febrero de 2016

Año 1. Memorias de una odisea (Parte 4ª)

El día de las grandes esperanzas comenzó con la puesta en marcha de mi plan secreto. Ni siquiera mi pequeña amiga, que continuaba aferrada a mi mano por donde quiera que fuéramos, podía conocerlo. Tampoco podía contar con los robots, que realizaban las tareas de mantenimiento y limpieza entre otras, como ayuda extra en mis propósitos, porque cualquier cambio, por muy sutil que fuera, sería detectado de inmediato por nuestro carcelero. Así pues, la única alternativa que me restaba era entrenarme para alcanzar su centro neurálgico en el menor tiempo, por el recorrido más corto y sin ser detectada.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Casualidad



Se detuvo al salir de la estación, como acostumbraba últimamente, en la cafetería de la esquina, antes de afrontar la jornada de trabajo. No era un local especial, ni siquiera vistoso. Era uno de tantos bares que abundaban en el centro de la ciudad. Su particularidad, un café de calidad y una cristalera que lo rodeaba, lo que le permitía contemplar la vida pasar desde su ángulo favorito de la barra. Estaba claro que a aquellas alturas era muy difícil cambiar, por mucho que se empeñaran sus amigos, su familia. Ni siquiera se lo había planteado ahora que aquella muchacha había aparecido en la escena como un torrente que no cesaba de fluir en el mismo lugar con aguas renovadas cada día. Le resultaba hermoso encadenar instantes desde la distancia sin perder la atracción por lo que seguía siendo desconocido, lejano, a pesar de que los gestos, las miradas, las voces se hubieran convertido en habitual como escenas inconexas en un cortometraje de taza pequeña que acompaña un suspiro. Rara vez se enfriaba el líquido marrón, salvo aquella mañana en que perdió la compostura y sus sentidos se abandonaron con alevosía intentando retener los detalles más allá de lo inmediato y una risa espontánea liberó la añoranza. Como si de un juego tácito se tratara, abandonaron sus butacas al unísono, alcanzaron la puerta una tras la otra. Se sorprendió pronunciando un común gracias ante el gesto corriente de sostener la puerta. En respuesta un hasta mañana como una promesa que congela el olvido, una sonrisa que cautiva el retiro, unos pasos que acercan la certidumbre, otro tímido hasta mañana que ya no se conformará con la obscena casualidad enhebrando huellas diluidas en el tiempo.

Relato escrito para el concurso San Valentín II de EL CÍRCULO DE ESCRITORES

martes, 9 de febrero de 2016

Premio "Very Inspiring Blogger Award"




Hace tiempo que no compartía un premio otorgado por los compañeros blogueros, aunque no he dejado de agradecer las nominaciones que me han dado, entre otras razones por falta de tiempo. Sin embargo, quiero hacerlo con este Very Inspiring Blogger Award porque la mención ha sido doble, porque me alegra mucho que mi contribución sea inspiradora y porque mis nominadores me resultan inspiradores a su vez.

Empezaré, tal y como marcan las normas, por dar las gracias a mis compañeros. No recuerdo cómo llegué hasta el blog de Josep Mª Panades, Retales de una vida, pero sin duda es uno de los más inspiradores para mí también. Sus relatos de historias cotidianas, de cuidada y sensible narrativa, invitan siempre a la reflexión. La segunda nominación me viene de la mano de María del Carmen Píriz, Alguien con quien hablar, y aunque descubrí su blog recientemente, os gustaran sus historias, y esa mezcla de narrativa y pinturas de creación propia que embellecen su blog. A los dos, muchas gracias.

            El premio ya lo he mostrado, así que os dejo las normas:

- Dar las gracias y vincular a la persona que le nominó
- Enumerar las normas y mostrar el premio
- Compartir siete cosas sobre sí mismo
- Informar a los nominados
- Exhibir con orgullo el logotipo del premio en tu blog
- Seguir el blog que te nominó
- Nominar otros 15 blogs que te sorprendan

            Una de las cosas que menos feliz me hace es que de repente me pidan que cuente cosas sobre mí, así que siguiendo la original forma de Josep, lo haré a mi manera con un texto para que cada cual lo interprete.



            Sin duda nominaría a todos los blogs que sigo por lo que de inspiradores tienen, y la lista sería un tanto larga, así que me limitaré a nominar a algunos de ellos, cuyos trabajos sigo ya desde hace algún tiempo, aunque a veces me falte y no pueda estar al día, como con el resto, y algunos no solo desde sus blogs:



Abrazo!!!!!

domingo, 7 de febrero de 2016

Año 1. Memorias de una odisea. (Parte 3ª)

Las jornadas transcurrían con la misma tediosa rutina. Nos aseábamos, desayunábamos, hacíamos algunas labores en la huerta, comíamos, descansábamos, las clases de Eva, paseábamos, cenábamos y a la cama. No había rincón alguno que el Ente no controlara, así que aunque tuviera un ejemplar del manual de funcionamiento del sistema, no podía consultarlo sin que se enterara. O bien ideaba una excusa creíble para hacerlo en su perenne presencia, o bien pensaba en cómo salir de la nave por algunas horas lejos de su supervisión.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Año 1. Memorias de una odisea. (Parte 2ª)

Unos minutos más tarde, una pequeña nave no tripulada, apareció silenciosamente por detrás de la montaña. Aquel aparato autosuficiente era una prueba de mi creencia en que los dirigentes más ineptos se rodeaban de consejeros aún más ineptos – todo sea que no les hagan sombra-. Habían prescindido de su uso en favor de otros artilugios, como los vehículos pesados o la totalidad del arsenal, que habían supuesto un factor crucial en la rápida desaparición de recursos, el uno, y agente de la aniquilación, el otro. Nunca hubo motivo para sostener la norma de que cada ciudadano portara una o más armas dependiendo de su rango y ocupación. De cualquiera de las maneras, el mal ya estaba hecho y no tenía sentido lamentarse por lo que ya no se podía solucionar, más teniendo en cuenta que era el error de otros.

viernes, 29 de enero de 2016

Año 1. Memorias de una odisea (Parte I)

La vida en el espacio está sobrevalorada. La posesión de una nave espacial, un planeta desconocido, viajes a la velocidad de la luz. Éramos bisnietos emigrantes de aquellos pioneros que se atrevieron a surcar la nada en un experimento que sabían que no iban a disfrutar en su desenlace. Viajamos durante años en nuestra gran morada flotante, un grupo de ingenieros, arquitectos, granjeros, médicos, científicos…, todas las representaciones del conocimiento humano, excepto las del alma, necesarias para iniciar la conquista de un nuevo cosmos. Ese saber, fue pasando de generación en generación dentro de aquel amasijo inmenso de metal. Todo estaba calculado: quién debía procrear con quién, la jerarquía tácita y hereditaria, el número de integrantes de la colonia, el Ente que controlaría de forma objetiva el curso del día a día. Nadie hablaba, salvo lo indispensable. Nada de filosofía, nada de emociones, nada de sensaciones. A nadie le gustaba su tarea, pero no protestábamos, por el bien común, por el éxito de aquella empresa.

jueves, 21 de enero de 2016

Desayuno con churros

Nunca me había gustado trabajar. Lo mirara por donde lo mirara y, aunque la mayoría de los mortales coincidiera en tal apreciación, yo había hecho de él toda una filosofía de vida. Cuando la ciudad despertaba, yo buscaba el cobijo de la pequeña churrería de siempre  cerca del mercado para desayunar y buscar la retirada. Me sentaba junto al ventanal para contemplar el esplendor del nacimiento del día, las almas pulular con prisa por llegar a sus ajetreados destinos, los repartidores trasegando con las mercancías, los comerciantes subiendo sus rejas - no todas automáticas -, los vagabundos abandonando sus hospedajes nocturnos, los mercaderes con rostros de lechuza colocando el género en sus puestos. Nadie diría que en aquella ciudad que por la noche ofrecía un sinfín de posibilidades, se madrugara tanto. Aquel instante era mágico. Coincidían dos formas de entender la existencia, en algunos casos hasta se mezclaban. Anotaba las ideas que me venían a la mente en el móvil- no, no cargaba un cuaderno de notas porque me encuadraría dentro de un cliché - antes de caer en un estado de inconsciencia autómata, ignorando la bandeja de entrada que hervía con decenas de mensajes, reservándolas para el apropiado momento creativo. Sí. Había escogido la absurda y alocada profesión de escritora. Sin embargo, la inestabilidad no provenía solo de tal oficio, sometido al vaivén de la veleidosa inspiración, los caprichos de un señor o señora que parecen conocer mejor tu obra que tú misma, la mudable devoción pública que encuentra un nuevo capricho del que hacerse seguidor incondicional a cada hora, sino también del comienzo de mis días. Desde que adquirí uso de razón mi lema fue correr, no importa a donde, hasta que ya en mi juventud un amigo me regaló un libro, del que se había hecho una versión cinematográfica memorable, y me dije: yo quiero ser como esta protagonista; no, mejor como éste; bueno, mejor una mezcla, y nació mi yo adulto. Mis padres, siempre preocupados por sus vástagos, desahogados profesionales liberales, tuvieron a bien en enviarme un poco lejos a estudiar con la esperanza de que olvidara las malas influencias de mis colegas y los pajaritos de dedicar mi existencia a una ocupación creativa con la que malviviría. Lejos de acertar en su estrategia, las malas influencias se acrecentaron, al igual que mi determinación, tarea sencilla en aquellos tiempos en los que contribuían con creces en mi sustento.

lunes, 18 de enero de 2016

El callejón felino 8

Una ranchera, una vuelta al pasado, una nota.

            Mi perspectiva de la realidad – personas y objetos – había cambiado en relación a la niñez, no de forma abismal, pero si sustancialmente. El hecho de estar recorriendo las calles de la ciudad en la ranchera de mi padre ya no conllevaba el matiz positivo de la niñez. Mi progenitor había descubierto hacía muchos años la comodidad de la amplitud. A pesar de no ser particularmente alto ni corpulento, se sentía embriagado por la visión que aquella maquinaria le ofrecía del espacio exterior y la seguridad que le proporcionaba lo que consideraba el colmo de la robustez. Yo, que andaba lejos ya de la significativa inocencia de la tierna infancia, etapa en la que aceptaba alegremente aquella presencia que implicaba aventuras que vivir en cada excursión con mi bicicleta que relucía en la parte trasera del vehículo, y sin llegar a constituirme en juez, se me antojó centro de mis pesares. Y es que de un cautiverio me iba a otro, a cada cual peor – en este no podría alegrarme la vista con la enfermera -. Mi consuelo era simple, no había una máquina chivata que controlara mis movimientos, porque el radar de mi madre había que clasificarlo en otra categoría.

lunes, 4 de enero de 2016

Idilio

La realidad acecha jocosa tras cada arbusto de ficción que nos embriaga con su poderoso aroma confundiendo nuestra mente. Mientras el mundo gira, medito sobre la tan popular – otrora romántica - creencia de que en sus amplitudes existe un ser hecho a nuestra medida y que la casualidad lo pondrá en nuestra vida, para siempre. A pesar de no darle el más mínimo crédito, me hallo en un banco en el parque, con mi cuaderno recostado sobre el muslo y un bolígrafo que no cesa en garabatear pensamientos y quimeras. La vida debería semejarse a un guión que desarrolle nuestra andadura al gusto, en el que los detalles, que fuera de una pantalla de cine resultan irrisorios, nos mecen sin el temor ansioso de peros y paréntesis.

Un niño salido de la nada me saca de mis cavilaciones con una pregunta simple - ¿qué haces? Lo observo tras el humo del tabaco. Sus ojos destilan sueños e ilusiones aún por quemarse. Sin mediar palabra, arranco una hoja de mi maltrecho compañero de fatigas y se la tiendo junto a un lápiz. Su mirada atónita se aleja tras un bufido y un pequeño giro sobre sus talones que lo alejan hacia el resto. Al fondo, la que se me antoja su madre, sonríe. Ya no sé si será mejor creer y dejar de crear idílicamente. En el papel rasgado trazo la pueril ensoñación de lo que nunca se ha llegado a realizar y lo suelto al viento. Recojo mis inventos y me alejo tras los pasos del sol, antes de que algún gesto más me conmine a claudicar.