viernes, 25 de diciembre de 2015

Soledad

Belén continuaba en la misma posición sin saber a ciencia cierta cuánto tiempo hacía que permanecía en ella. En aquel momento tampoco constituía una prioridad conocer ese dato. A su alrededor las estanterías permanecían vacías de recuerdos, tan solo albergaban los libros que había atesorado durante años. Se había llevado todos los recuerdos de una vida en común. Con ellos, su corazón. Aún así, ella se obstinaba en defender a su compañera ante amigos y familiares, minimizando el dolor. El ordenador que había menguado en archivos guardados repetía aquellas canciones que escuchaban alegremente en situaciones comunes de su día a día una y otra vez. Las imágenes que no tenían un soporte material ni virtual danzaban en su cabeza fustigadas por aquellos acordes. La navidad andaba cerca. No habría regalos cómplices ese año. Apuró su solitaria copa de vino, apagó la música y contempló lo que quedaba de su yo maltrecho y traicionado. El nuevo comienzo se presentaba ante ella duro, frío, incierto y, sin embargo, era irremediable, tanto como que algún día las estanterías volverían a sostener objetos, puede que no comunes, pero sí de valor un alguien.

2 comentarios:

  1. Los vacíos, las pérdidas, tarde o temprano se acaban llenando de nuevos hallazgos, nuevas esperanzas y nuevas vidas.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por pasar, Josep. Pues sí, ante todo, positividad.
      Abrazo!!!!

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