jueves, 31 de diciembre de 2015

La postal



Corrí los últimos cincuenta metros hasta llegar a mi casa y me apresuré a abrir el buzón. Allí estaba, como cada 24 de diciembre, una postal felicitándome la navidad. Un cuarto de siglo recibiendo aquellas letras manuscritas, cuya única pega residía en la imposibilidad de respuesta - no incluía remite.- La coloqué junto al árbol, como una reliquia ante la afrenta impersonal de tanta felicitación electrónica. A pesar de que no había conseguido que mis familiares, amigos y conocidos recuperaran aquel hábito entrañable, las continué enviando, incluso una anónima para mí. Y en nada, la carta para los Reyes Magos.

Relato escrito para el concurso de microrrelatos navideños II de EL CÍRCULO DE ESCRITORES

domingo, 27 de diciembre de 2015

Frío

Había olvidado la sensación de frío. Esa que en algún momento indeterminado consigue incluso que tirites. Me había acostumbrado a perseguir el concepto de felicidad de la mayoría. El calor. Puede que tal vez una playa, sí, y una camiseta de tirantes, un paseo, una sonrisa. Tardes interminables. Quieren hacerte creer que bajo ese sol asfixiante se puede desear un abrazo. Y corres por la orilla, buscando piedras de colores. Hoy me he despertado y los cristales escarchados de la habitación no dejaban pasar la claridad del amanecer. Salí a la calle. Mi aliento se perdía en volutas que se desintegraban lentamente. La lluvia me trajo a la memoria aquella vieja película que incitaba a bailar bajo ella. No estaba segura, pero habría afirmado casi sin titubear, que lo que me hacía sonreír era la ausencia en lugar de la presencia de ese abrazo agónicamente sudoroso, de esa complacencia por la exposición pública del dolor que provoca en otros. 

viernes, 25 de diciembre de 2015

Soledad

Belén continuaba en la misma posición sin saber a ciencia cierta cuánto tiempo hacía que permanecía en ella. En aquel momento tampoco constituía una prioridad conocer ese dato. A su alrededor las estanterías permanecían vacías de recuerdos, tan solo albergaban los libros que había atesorado durante años. Se había llevado todos los recuerdos de una vida en común. Con ellos, su corazón. Aún así, ella se obstinaba en defender a su compañera ante amigos y familiares, minimizando el dolor. El ordenador que había menguado en archivos guardados repetía aquellas canciones que escuchaban alegremente en situaciones comunes de su día a día una y otra vez. Las imágenes que no tenían un soporte material ni virtual danzaban en su cabeza fustigadas por aquellos acordes. La navidad andaba cerca. No habría regalos cómplices ese año. Apuró su solitaria copa de vino, apagó la música y contempló lo que quedaba de su yo maltrecho y traicionado. El nuevo comienzo se presentaba ante ella duro, frío, incierto y, sin embargo, era irremediable, tanto como que algún día las estanterías volverían a sostener objetos, puede que no comunes, pero sí de valor un alguien.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Ansia

Cómo explicar que no existe sujeto ni objeto. Si te mimetizas, si te fundes con el aire y tu mente viaja imbuida en un vórtice de imágenes imaginarias que al revelarse en el exterior no se identifican en una realidad, sino en un ideal que puede, por azar, que se confunda contigo, que pasabas por allí. Yo también he sentido esa ansia sin reflejo, salvo en el papel, en lo lejano. Quién conoce la respuesta ¿?