domingo, 8 de noviembre de 2015

La apuesta 11

Dos proposiciones aceptadas y una huida desesperada
Me sumergí en el trabajo, tras las estupideces pensadas y obradas, perdiendo por completo la noción del tiempo, no así la del espacio, que habría significado un peligro inminente para mi integridad física al estar rodeada de objetos puntiagudos entre otras cosas. Desperté de aquel letargo en el meridiano de la tarde, rodeada de polvo en suspensión que se iba desintegrando como lo había hecho unas horas antes mi capacidad de raciocinio y decisión. Una de las pocas cosas que daban sentido a mi existencia era aquel talento de mis manos en reconstruir la esencia de un objeto inanimado. En ocasiones era sencillo, tanto como transparente el trasfondo de su dueño. En otras, se tornaba en una tarea enojosa tratar de traspasar la personalidad y el estilo del propietario al objeto, así que simplemente lo mejoraba y cobraba porque, hiciera lo que hiciera, solo iban a percatarse de que estaba nuevo.

Yo trataba de poner en práctica esta simplificación en mi vida. Así pues, mis días eran una sucesión de etapas que iba enmendando esperando obtener una mejora y, quizás algún día, el estado perfecto. Sin embargo, la existencia tenía demasiadas variables que manejar y conjuntar, y la mayoría de las veces resultaba imposible deshacerse de la sensación de impotencia cuando las piezas no encajaban o aparecía alguna nueva que rompía todos los esquemas. Aquella era una de las razones por las que había mantenido durante tanto tiempo a Ruth cerca de mí, porque a pesar de que nunca volvería a acoplarse en la medida que yo hubiera deseado, era previsible, ese seguro que tratamos de mantener para insuflar cordura al paisaje. Lógicamente, los resultados no eran siempre los deseables y, por consiguiente, nuestras reacciones tendían a provocar situaciones indeseables. De ese modo había llegado a programar una cita con una desconocida. En mi recuerdo surgió de forma repentina la cadena que había trazado eslabón a eslabón una conclusión que ni tan siquiera poseía rostro. A quién podía explicarle que no había sido dueña de mis actos y eximirme de toda responsabilidad.
Exhalé una profunda bocanada de aire y abrí con una mano temblorosa, producto más de la fatiga y el hambre que del nerviosismo, el portátil, esperando, casi ansiando, que la diosa fortuna se hubiera apiadado de mí. Como otras tantas veces, había ocurrido lo contrario. No solo había contestado a mi mensaje, además había aceptado mi proposición. Tenía una cita a la que ya no deseaba acudir, pero de la que mi sentido de la responsabilidad y del honor me impedían deshacerme. Sin embargo, la realidad era que ninguna de las excusas que se me pasaban por la mente era lo suficientemente creíble como para usarla. Ni siquiera las asombrosas historias de la supergirl del gimnasio lo resultaban, claro que en su caso poco importaba. Su máxima era avisar, porque había sido muy bien educada, y que las incautas creyeran lo que quisiesen. Yo en cambio no podía permitirme aquel lujo o me vería pagando por una apuesta que ni siquiera recordaba haber aceptado.
El cuco se asomó siete veces, sacándome de mis cavilaciones. Tenía exactamente una hora y media para cerrar, recoger había quedado descartado mucho antes de pensarlo siquiera, comer algo para no parecer un animal salvaje y feroz si me llegaba el aroma de algún manjar, ducharme, vestirme, dirigirme al punto de encuentro y, para mi desgracia, ser puntual. Apagué el pc descartando la posibilidad de buscar el perfil de la muchacha para ver una foto que en algún momento podría empujarme a huir al reconocerla y salí del taller concentrada en mis pasos para no terminar en algún lugar al lado opuesto al que debía dirigirme como tantas otras veces. Una hora y veinticinco minutos más tarde me encontraba en la terraza elegida frente a una cerveza a la espera de que mi cita sin rostro no se arrepintiera o todo lo contrario. Mientras mi mente debatía cuál era el mejor tema de conversación para una ocasión como aquella consciente de que lo programado nunca se cumplía, una sombra se cernió sobre mí ocultando los últimos rayos de sol del moribundo verano. Alcé la vista y me encontré de frente con una muchacha rubia, bien parecida, pero rubia. Ya las escogía así de manera inconsciente. Sin embargo, más que el color de su cabello me preocupaba la edad que aparentaba, si es que había alcanzado su mayoría.
- Clara, ¿verdad?- Respondí con un escueto sí y, mientras me levantaba para saludarla, recordé que no recordaba su nombre, aunque se imponía la hipótesis de que nunca había llegado a saberlo. En mi cabeza, mientras intercambiámos besos, prevalecía la idea de averiguarlo sutilmente, en la suya, las buenas maneras de quien aún se presenta dando su nombre, Isabel. Se sentó a mi lado y pidió una copa de vino tinto al camarero que la miraba de arriba a abajo con suspicacia. No esperó a que se alejara para empezar a contarme los problemas que siempre le había causado su aire juvenil en versión extendida, desde el pleistoceno y, no, no tenía menos de dieciocho. Aunque yo solía agradecer que los demás llevaran el peso de la conversación, dos horas después y algo más de cinco cervezas comencé a dudar del sentido de todo aquello. Al fin y al cabo aquella cita solo tenía como razón de ser obtener sexo por ambas partes, ya que unos minutos antes de desconectar, me había confesado de que lo suyo era curiosidad. Así que, para qué tanto preliminar y tanta historia familiar si solo habría un intercambio que probablemente no llegaría a disfrutar porque dudaba que aquella mujer callara incluso cuando besaba. 
Había llegado el momento de recurrir a la socorrida excusa de madrugar que resultó ser un trampa mortal cuando Isabel se empeñó en acompañarme porque me veía algo pálida. Creí lo último. Me había robado todo el oxígeno alrededor. Mientras caminábamos, repetía entusiasmada que podíamos volver a quedar y hacer algo diferente. Mi atolondrada conciencia despertó momentáneamente. Aquella mujer no podía saber dónde vivía o terminaría por mudarse allí. La única forma de deshacerme de ella pasaba por un sacrificio, acostarme con ella. Me armé de valor y le planté un beso en los labios que consiguió enmudecerla. Era mi oportunidad. La convencí para ir a un hostal con otra socorrida mentira: no vivo sola. Algunas horas e intercambios de fluidos más tarde, huí en silencio aprovechando el sueño en que había caído mi amante, con unas bragas en el bolsillo.

2 comentarios:

  1. Dada la situación, creo que fue lo más prudente. Se suele huir de los desconocido, por aprensión, precaución o miedo. Con estos encuentros furtivos hay que ir con cautela. Es de suponer que, aparte de las bragas como recuerdo (en caso de que fueran de la amante casual), se llevara alguno más satisfactorio y que no hubiera sido un encuentro vacío para olvidar.
    Un abrazo.

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    1. Me da a mí que en esta ocasión no se ha ido muy satisfecha, que ha sido una medida desesperada. La impulsividad le está saliendo cara. Gracias por pasar Josep.
      Abrazo!!!!

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