domingo, 22 de noviembre de 2015

El callejón felino 7

Una huida fallida, un doctor siniestro y una madre, solo una.

Esperé un tiempo prudencial, aquel que no tenía extensión, pero que la gran mayoría conocía por intuición, a que la enfermera se encontrara en algún lugar muy lejano y muy ocupada para comenzar con mi, luego caería en la cuenta, doloroso intento de huida. Comencé por lo que consideré más sencillo, la pinza que controlaba mis pulsaciones. Ingenua. ¿Cómo conseguir que aquel artilugio continuara con su ritmo constante de pitidos sin estar conectado a mí? No quedaba otra opción posible que invertir el orden y correr para escapar o ponerme en plan MacGyver y sabotear aquel aparato. Como no poseía la soltura, conocimientos y destreza del héroe de las sobremesas televisivas de antaño, la elección quedaba clara. Miré con atención el dorso de mi mano. Solo tenía que deshacerme del esparadrapo y tirar de la aguja para liberarme del gotero. Era más fácil decirlo que hacerlo. ¿Y si al tirar lo único que conseguía era que la vena comenzara a soltar sangre como un surtidor? Conociendo mi historial relativo a pequeñas operaciones y curas varias sería el mínimo daño infligido. Pero no había otra posibilidad para evitar el oscuro futuro inmediato que el destino me había deparado. Respiré profundamente y comencé a tirar de una de las esquinas del adhesivo. Mi piel protestaba ligeramente, pero ya fuera porque el cóctel que me habían administrado había conseguido alterar mi sensibilidad o porque la fiebre me había despojado de cualquier conexión con la realidad, no sentía nada, simplemente descubría el enrojecimiento de la dermis. Terminé de retirar la primera tira y me dispuse a seguir el mismo procedimiento con la segunda, con algo más de cuidado porque estaba adherida directamente a la aguja. Después de algunos intentos fallidos para levantar una de las esquinas por culpa del sudor y mi escasez de uñas, y una eternidad para no mover la aguja, ya solo me quedaba esta última. La cuestión en ese momento era quitar el fino metal causando el menor daño posible, algo de lo que no estaba segura teniendo en cuenta que mi mano libre temblaba ligeramente. La sequé en la sábana y me incorporé para tener mejor perspectiva y apoyo. Empecé a tirar, observando cómo abandonaba su refugio de carne. Mi mano se quejó ostensiblemente cuando se sintió liberada de tal invasión. Respiré de forma pausada conteniendo la ansiedad. Me restaba lo más difícil por hacer, deshacerme de aquella máquina infernal que delataba mi presencia y coger mis cosas de la taquilla para evaporarme sin dejar rastro. Me levanté de la cama lentamente para comprobar que todo andaba bien, que no me marearía y podría llevar a cabo mi plan con éxito. Todo estaba en orden. Me desprendí de la banda de tela que comprimía mi brazo y de la pinza y en dos zancadas alcancé la taquilla que desvalijé en pocos segundos. No había tiempo para cambiarme.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Memento

La realidad es una mentira con la que pretendemos endulzar nuestra mirada. La cuestión es hallar el término medio, ese punto que se escapa en la mayoría de las ocasiones y en multitud de situaciones. No obstante, el equilibrio no parece ser fuerza suficiente para acallar la desidia. Nos desprendemos de todos esos momentos que engrosan nuestra biografía porque se dijera que no nos conducen a ningún lugar, no nos impulsan en pos de un objetivo, aunque no lo tengamos claro o ni tan siquiera nos lo hayamos planteado. Es ese trazo de lo trágico e inalcanzable lo que nos revuelve las entrañas tornándonos seres rebeldes que nunca logran saciarse. Y atrás quedan los que hay, los que desdeñamos porque nos negamos a ayudarlos a crecer, a evolucionar, creyéndolos mustios como una flor que va derramando sus pétalos secos y que maldecimos porque nos afea el jardín. No se trata de borrar el pasado y obviar el futuro y resignarnos a no explorar en la continuidad el sendero que se abre, haciendo nuestra esa filosofía de lo importante es el presente.

domingo, 8 de noviembre de 2015

La apuesta 11

Dos proposiciones aceptadas y una huida desesperada
Me sumergí en el trabajo, tras las estupideces pensadas y obradas, perdiendo por completo la noción del tiempo, no así la del espacio, que habría significado un peligro inminente para mi integridad física al estar rodeada de objetos puntiagudos entre otras cosas. Desperté de aquel letargo en el meridiano de la tarde, rodeada de polvo en suspensión que se iba desintegrando como lo había hecho unas horas antes mi capacidad de raciocinio y decisión. Una de las pocas cosas que daban sentido a mi existencia era aquel talento de mis manos en reconstruir la esencia de un objeto inanimado. En ocasiones era sencillo, tanto como transparente el trasfondo de su dueño. En otras, se tornaba en una tarea enojosa tratar de traspasar la personalidad y el estilo del propietario al objeto, así que simplemente lo mejoraba y cobraba porque, hiciera lo que hiciera, solo iban a percatarse de que estaba nuevo.