viernes, 16 de octubre de 2015

La Mansión Crow Mirror

Con este capítulo participo en el proyecto de escritura común de una segunda novela de: El Círculo de Escritores
y la comunidad de Google+ Relatos Extraordinarios
Para descargar la primera novela conjunta ya terminada de forma gratuita, La isla y yo, tenéis el enlace en el blog, en el apartado Relatos Extraordinarios.



Capítulo XII
Las sombras de una venganza.

     
     Realmente, poco me importaba que Samuel se las entendiera con Clarice. Hacía mucho tiempo ya que nuestro matrimonio estaba terminado, si es que podía haberse considerado como tal en algún momento de su existencia. Desde el comienzo me había preocupado por fomentar la fama de mujer fría, rayando en el maltrato, y había soportado estoicamente el aluvión de críticas soterradas que seguía mi entrada a cualquier lugar, las miradas reprobatorias de todos los colores que se desviaban rápidamente cuando las enfrentaba. En una sociedad podrida como la que vivíamos, resultaba cuando menos ridícula aquella afectada indignación cargada de hipocresía. En esos momentos en especial, me venía a la mente el recuerdo de la frase favorita de mi madre: aunque te estés muriendo no lo demuestres, o te caerán como buitres implacables sobre la carroña. La repetía con constancia cansina, frente a un bebé, una niña, una adolescente. ¿Para qué le sirvió? Para que su lápida contuviera un epitafio original. Para morir sola, con cuarenta años, alcoholizada para soportar el maltrato continuo de su marido. Yo había intentado que lo abandonara mucho antes de trasladarme con mis abuelos a Europa, seguí insistiendo hasta que comenzaron a devolverme las cartas. Cuando regresé a Nueva Orleans reclamada por su muerte y la total despreocupación de mi padre, me encontré con el único legado de un cadáver y un montón de misivas sin abrir, incluyendo la que contenía el dinero para su pasaje. La dueña de su última residencia, una buena mujer, puede que la única en aquella ciudad infernal, le había pedido a su hija que las conservara. La muchacha me había relatado que se había ofrecido para leérselas y contestarlas ante el lamentable estado en el que se había sumido, incluso, le había sugerido que podía ayudarla a salir de él. Sin embargo, mi madre ansiaba terminar con todo. No albergaba esperanza ni ilusión alguna en el futuro. Yo tampoco, pero mi descreimiento estaba íntimamente relacionado con mi misantropía, y estaba completamente convencida de la naturaleza necesaria de mi plan, en el que Samuel era un peón, que se beneficiaba a una chica guapa sí, aunque no poseía la exclusiva, y nunca llegaría a averiguarlo.

        
      Francia. A mí también me habría gustado estar allí de nuevo. Aunque ya no fuera la misma, aunque no lo fuera yo. A punto de cumplir los cuarenta me pesaba todo aquel mundo de superstición y vulgaridad, por mucho valor que tuviera para mis propósitos. En la radio del coche Billie Holiday desgranaba aquel Maybe you'll be there que transportaba mi mente más allá de las vistas de la ridícula colina en la que había estacionado el coche, en la que bebía y fumaba sin guardar las formas. Siempre aborrecí Nueva Orleans con su fritanga ranciosa de magia negra. El sebo rezumando de todas aquellas miradas vacías que perpetraban ritos, de los que buscaban venganza, de los que sembraban el dolor y el sufrimiento. La añoraba. Su libertad. Su olor fresco de tierra mojada, de lluvia tras los cristales. En la guantera abierta relucía el metal de una pistola virgen. Puede que llegue el momento en que te tiñas de huellas y restos de pólvora y dejes de refulgir bajo el reflejo inimitable de la luna. Sabía que moriría pronto, que mi corazón de piedra moldeado en aristas afiladas terminaría quebrándose con la erosión de tantas lágrimas derramadas. Mi codicia, mi irreverencia, mi rencor, mi dolor, me tentarían hacia el impulso de apretar aquel gatillo, no sin antes ejecutar dos disparos más, con muy poco margen de tiempo entre ellos. Pero antes, mientras aquel detective desentrañaba la mierda detrás de la pantomima de una desaparición, disfrutaría de unos días de lluvia, vino y rosas. Yo tampoco quiero escapar a mi destino, mientras algunos caen y sus entrañas desperdigadas amortiguan la indiferencia de otros. Un último robo, por lo que me arrebatasteis. Dos fogonazos por las luces que apagasteis. Una sombra se unió al festín decadente de mi memoria. No me importaba que ya no tuviera forma humana, me abrasaba como el calor del caldo granate, mientras la perseguía por la carretera, como una posesa, sin tener en cuenta al resto, hasta los confines del infierno, donde me sonreía envuelta en agua. Mis lágrimas, mi amante. Y los muy estúpidos seguirán pensando que es solo por mi madre, y que me sobrevivirán.

          Escribí una escueta nota de despedida en mi agenda antes de arrepentirme, en la frontera entre el infierno y el paraíso:

Todas las familias tienen una versión putrefacta que asola la ilusión y la inocencia de sus vástagos. Del fuego redentor de la mía cuando todo se descubra, nacerá mi libertad. Mi padre no ha sido más que el comienzo.
P.D. Nunca dejaré de buscarte M, entre cualquier muchedumbre, aunque la distancia y la guerra nos haya separado.
Elisabeth Williams.



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