sábado, 24 de octubre de 2015

La apuesta 10

Una disculpa, una planificación y una cita.
Yo no solía quejarme conmigo misma sin razón aparente. Tampoco lo hacía teniéndola. Menos aún con los demás. Mi existencia transcurría en un sutil deambular, unas veces entre las nubes, otras entre setos y senderos. Pero aquel reencuentro matutino me había producido un dolor inidentificable. Cada vez que había sentido el deseo de conocer a alguien, se había esfumado con la misma rapidez con la que había surgido. Cada persona tenía su momento, su lugar, su importancia. ¿Qué sentido tenía ahora repetir el proceso para intentar lo que en su momento no me atreví a hacer? Resarcirme. Demostrar que era capaz de articular una frase delante de una chica que me gustaba sin haber ingerido alcohol.

Continué vagando sin apenas convicción siguiendo su rastro por el parque, del que tarde o temprano tendría que salir. En algún punto del recorrido nos damos cuenta de que no somos lo que ni como se espera que seamos. Existe un estándar, más allá del físico, por el que la mayoría de la gente te evalúa. Su caballo de batalla es que te ajustes a él. Si eres tímida, muy pocas personas valorarán tus progresos, serás motivo de burla, e incluso, marginación. Si no te comportas de acuerdo a sus reglas, serás la rarita. Si te atienes a ellas, por muy capulla que seas, serás un encanto, una musa, una líder a seguir. Mi punto de inflexión había sido Ruth.  Ella era el camino recto hacia la luz. Yo era la que se detenía en cada matiz de sombra. Ese era el hilo argumental que acompañaba mis pasos a la salida del parque, esfumada mi posibilidad del día de pasar las horas con una actitud positiva a pesar de haberme alegrado la vista durante unos minutos. El resto del itinerario hacia el taller lo hice en el más absoluto silencio pensativo, es decir, mi mente se dedicó simplemente a vaguear mientras mis ojos descubrían el mundo una mañana más.
Llegué al local sin novedad alguna que adjuntar al bucólico café jardinero y me atrincheré tras la puerta cerrada sin saber muy bien qué hacer. No era que no tuviera trabajo pendiente. Tampoco era que me sobrara el tiempo para malgastarlo. Mi mente continuaba en aquella especie de letargo en el que me había sumido tras mi "ineptitud". Y claro, eso se extendía a toda mi vida. Porque, suponiendo que alguien pudiera pensar que mi matrimonio con un arquitecto había sido un éxito en mi existencia, no tardaría en desdecirse al descubrir que el divorcio había llegado tan rápido como había sido el proceso en conjunto. Más aún, al conocer el resto de mi trayectoria, habría llegado a la conclusión de que ni siquiera había sido capaz de seducirlo. Tal vez Ruth llevaba la razón, después de todo ella me había conquistado.
Me preparé un café, encendí el portátil, abrí el correo y me alejé del escritorio indecisa, como si desde aquella distancia estuviera a salvo y pudiera observar las cosas con perspectiva. La primera impresión era la de una bandeja de entrada estresada. Probablemente se trataría en su mayoría de mensajes de publicidad y clientes, así que remoloneé, soplando despacio sobre la taza. Me senté y fijé la vista en la pantalla sin prestar atención a ningún mensaje en particular, como cuando alguien muy pesado nos habla y desconectamos a los dos minutos. Deslicé la vista por los últimos recibidos. El mismo remitente, Ruth. Siempre usaba el correo electrónico cuando quería disculparse. Era incapaz de hacerlo en persona o por teléfono. Tampoco lo hacía de forma gratuita. Detrás de un acto que para ella suponía un esfuerzo titánico por superar su orgullo y vanidad, se escondía un interés oculto. El nuevo yo que luchaba por abrirse un hueco en mi existencia, me incitaba a borrar los mensajes. Mi medio ausente mente, haciendo honor a su fama de “buena” persona, me conminaba a fingir que no había pasado nada y darle una nueva oportunidad. No parecía ser una mala opción. Si se celebraba la fiesta, la camarera asistía, me tiraba los tejos y lo comprobaba por sí misma, tal vez conseguiría que pasara de ser un grano en mi culo al del culo de otra.
Me serví un tercer café y continué revisando mensajes. Sólo al alcanzar la segunda página, mi rostro experimentó un ligero cambio. Había funcionado. Aquella treta en la página de contactos había dado frutos. Estaba decidida a no contestar, pero no podía ignorar la satisfacción que me producía el interés suscitado, aunque las motivaciones fueran puramente carnales, al fin y al cabo, también lo habían sido las mías. La euforia momentánea, la peor de las consejeras, me impulsó a leer los mensajes de mi ex. En aquel momento nadie podía prever el efecto que tendrían en mi ánimo y la espiral en la que sumiría las semanas siguientes de mi vida. Había una disculpa, sí, al menos lo que Ruth entendía por tal: No sabía que te sentías así. El resto era una sucesión de reproches y juicios sobre mi comportamiento y carácter. Los siguientes eran una serie de instrucciones detalladas para la organización de la fiesta. Era absurdo plantearse si quiera la posibilidad de hacerla entrar en razón, pero lo era más aún enfadarse. Una completa pérdida de tiempo. Qué insensata y descabellada opción restaba para desquitarme y satisfacer mi maltrecho ego: contestar alguno de aquellos mensajes y concertar una cita. El amor nos ciega. El desamor nos vuelve estúpidos. Maldito estándar.

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