jueves, 15 de octubre de 2015

El callejón felino 5

Una pata, un dedo.
Dediqué unos minutos más a observar con detenimiento los alrededores del super antes de entrar. Aquel encuentro unos instantes antes me había dejado una mala sensación agarrada a la boca del estómago. Mi paranoia crecía al mismo ritmo que mi desconfianza en todo y todos. Mis compañeros desfilaban sin apenas mirar al saludar mientras yo apuraba un cigarrillo. Parecían autómatas en fila, uno tras otro, personajes sombríos cuyas vidas se limitaban a danzar de sus hogares al trabajo. Eran figuras grises avanzando involuntariamente en formación por una cinta mecánica. Su existencia en conjunto era gris. La mía, salvo por mi agudizado sentido de la imaginación, lo era. Me salvaba aquel mundo que coexistía con la aplastante realidad de la rutina diaria y que guardaba celosamente como si de mi integridad se tratara, porque dudaba que alguien pudiera entenderlo. Tal vez sí existía, pero no podría certificar la cordura de su raciocinio. Sin embargo, se había tornado en un ente desconocido y peligroso, que amenazaba con desestabilizar y arrasar el día a día cual tempestad incontrolable.

En el interior comenzaba a desperezarse el ajetreo de reponedores, envasadores, cajeros… cada cual afrontaba su sección con el ímpetu y pasión de un caracol, hasta la hora de apertura en la que una mágica ráfaga de aire fresco los convertía en hormigas laboriosas. Avancé, contagiada por aquella atmósfera, por los pasillos hasta las cámaras. Guzmán ya estaba preparado con su bata y su delantal bien atado. Su gorro en equilibrio perfecto. Dentro de unos minutos, el blanco dejaría de ser impoluto y se teñiría de cientos de diminutas manchas de sangre de pollo y pavo. Saldríamos a fumar y me hablaría de lo maja que es su novia. Yo asentiría en silencio, para mí, no la delataría. Siempre coincidimos en los turnos. A la salida los veo marchar sobre la moto de su chica cuando lo viene a buscar. Me recuerda a aquel anuncio de perfume, aquella morena que no paraba de buscar al mismo tipo, que abría la cremallera de su mono de forma tan casual y sacudía su melena al despojarse del casco. A esa visión se le unía otra de otro personaje publicitario, un osito, rey de la suavidad que parecía mesar los cabellos de la motorista.
Me dirigí al vestuario para embutirme en mi impoluto uniforme blanco de carnicera. Realmente no existía diferencia con respecto al uniforme impoluto de pescadera, o con el uniforme impoluto de charcutera, salvo por la forma, consistencia y magnitud de esas pequeñas manchas que no hay manera de hacer desaparecer. Vivimos engañados, en un mundo de mentiras asépticas. No hay producto químico en el mundo tan eficaz como para destruir por completo la huella ínfima del cerco sepia de una gota de sangre, o de una escama incrustada, o de una salpicadura de colorante de chorizo. Y después dicen que el tabaco mata. ¿Cómo estarán las paredes de nuestro estómago? Tal vez deberíamos añadirle un programa de lavado y centrifugado. Y de paso, otro para nuestra conciencia. Esta sí que debería tener una conexión con los intestinos para deshacernos de los detritos molestos. Guzmán era uno. Era buena persona, pero a las tres o a las once horas resultaba molesto. Yo quería ocupar su lugar en la moto. Dejaría de jugar a los detectives por un tiempo y lo cambiaría por los médicos.
Me arrastré por el pasillo hasta colocarme en mi puesto. Mi compañero, amigo y mejor persona, ya se había manchado completamente el delantal de sangre y trocitos de carne y hueso. Me concentré en mi tarea. Como siempre, comencé por deshacerme de las patas de las aves. Cada vez que hincaba el machete en el fino hueso de la extremidad, una visión de un dedo volador y sangrante poseía mi mente. Al tercer machetazo, lo acompañó una sacudida de cabeza intentando borrar la imagen macabra. Al cuarto se le unió una risita cínica y una mirada de soslayo de mi ya no tan buen amigo y peor persona. ¿Acaso aquel bribón sabía más de lo que su atolondrado semblante revelaba? Proseguí con la tarea aumentando el ritmo frenéticamente hasta que comencé a marearme y todo se tornó oscuridad a mi alrededor.
Desperté rodeada de luz y olor a medicinas y antisépticos. Mis labios dejaban escapar los mismos vocablos en una letanía susurrante, incapaz de controlarla: lo sabe, él lo sabe, lo sabe…. La enfermera pasó a un centímetro de mi mano. La extendí y aprisioné su antebrazo. El susurro se convirtió en súplica. Me sonrió:
- ¡Tranquila! Tienes fiebre. Deliras. Pronto te bajará y podrás irte a casa.- No había conseguido tranquilizarme.

2 comentarios:

  1. Muy bueno, María Jesus, debía de ser impresionante y sobrecogedor verla descuartizar las aves. Y es que los celos es lo que tienen. Matarías a tu rival aunque eso supusiera la perdición. Un abrazo y mis felicitaciones

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    1. Gracias Ana por la visita. Creo que la protagonista tiene tanta imaginación como paranoias, pero no la veo matando por celos, más bien comprando una moto.

      Abrazo y muy buen fin de semana!!!!

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