martes, 1 de septiembre de 2015

El callejón felino 4

Una mañana ajetreada.

Desperté como si todo lo que hubiera vivido la noche anterior hubiera sido un sueño, circunstancia, por otro lado, casi improbable teniendo en cuenta el poco tiempo que había sido capaz de dormir. La noche había sido extremadamente larga, entre cabezada y cabezada solo podía contar los minutos finales de la madrugada como fin del desvelo vencido por el agotamiento. A mi estado actual de desaliento y agotamiento se le sumaba las horas que tenía por delante que prometían hacer de mi existencia una lenta y prolongada tortura, lunes, ocho horas despiezando pollos y pavos, entre otros. ¿Sería capaz de superarlo sin que me viniera a la mente el desagradable incidente de la noche pasada?



Me arrastré renqueante hacia la cocina, como si una manada de elefantes en estampida me hubiera pasado por encima. Mientras el café comenzaba su parsimoniosa destilación e iba inundando la estancia con su vivificador aroma, recapitulé los extraños acontecimientos de los que había sido testigo accidental. Intentaba encontrar una explicación a lo indescifrable, ya que en cuestión de minutos mi vida había dado un giro hacia no sabía exactamente qué dirección. Estaba en peligro y en esta ocasión, parecía real. Me senté en mi rincón de discurrir, con una generosa taza de humeante moca y mi libreta de misterios que resolver y tracé con milimétrica exactitud los pormenores de mi desagradable experiencia:





Sí, tuve que correr, pero antes de salir a la calle me cercioré de que no había ningún individuo escondido y acechando. Todo estaba en calma, perfectamente limpio, seco y en su sitio, como si no hubiéramos sufrido una tormenta la noche anterior. Recorrí las calles de siempre sin novedad, hasta tal punto que conseguí relajarme por completo y no mirar alrededor en busca de un rostro sospechoso que consiguiera que me sacara mi lado paranoico, hasta que alcancé el parque que cruzaba a veces para acortar. Lo cierto era que me gustaba pasear por él, pero me hacía sentir culpable, tanta gente haciendo deporte me recordaba lo abandonado que tenía el aspecto físico de mi ser, ¿y si en algún momento necesitaba de él? Me adentré por los senderos concurridos de individuos corriendo con un paso normal, hasta que comprobé que alguien provisto de una sudadera con capucha llevaba mi misma ruta. Aceleré el paso, hasta casi iniciar una carrera y comencé a circular entre senderos hasta conseguir despistar a aquella figura que se me había antojado la misma que la del callejón. Al salir del parque cogí un taxi y le indiqué un rodeo para borrar mi rastro aún más. Estaba claro que todos aquellos acontecimientos no habían sido un sueño.

4 comentarios:

  1. los agentes secretos son escritores sin palabras, de acción.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Probablemente por esa razón le sale tan mal esa recapitulación.

      Abrazo!!!

      Eliminar
  2. Continúa la intriga, como debe ser cuando se trata de un agente secreto. Muy bien elaboradas las notas a mano. Seguiremos las tribulaciones del tal Anacleto.
    Un abrazo.
    P.D.- Enhorabuena por el premio.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Josep por tu tiempo y tus palabras. Lo cierto es que sería Anacleta, tendré que buscarle un título más adecuado a esta historia.
      Enhorabuena a ti también por el premio!!!!
      Abrazo!!!!

      Eliminar