viernes, 31 de julio de 2015

La apuesta 8

Nota: continuación de esta historia que tenía un poco apartada. No sé si sus seguidoras lo continuarán siendo del blog, pero no la he olvidado ni mucho menos desechado. Abrazo!!!!
Unas copas y una ocupa.
Volví a la mesa. Era consciente de que mi cara de desconcierto me delataría. Podría haber desaparecido sin más, dejar a Ruth mirando y admirando el panorama, las escenas que se desarrollaban a su alrededor, los personajes, un personaje. Antes si quiera de visualizarla ya sabía la cara que tenía, aquella de esta chica me gusta a rabiar porque no me hace caso, pero voy a conseguirla. Y yo llegaría con un nudo en la garganta marcado por la felicidad de una declaración espontánea y por la lástima que sentía por mí misma ante mi más que certera y necesaria renuncia. Qué otra cosa podía hacer. Sabía con milimétrica exactitud que la camarera no caería en las redes de mi amiga. Sin embargo, ella no lo sabía, ni siquiera lo creería si se lo comentara. Se reiría en mis narices si osara relatarle lo que había vivido en el baño. Me espetaría que en el hipotético caso de que fuera verdad, habría sido gracias a ella que esa posibilidad existiese, ya que había descubierto no solo el bar, sino también la camarera. Así pues, quedaría a la altura de una oportunista que habría conseguido un ligue fácil por su cara bonita porque no tenía capacidad de engatusarla, mucho menos retenerla.
Mi querida amiga me recibió con su típica mirada impaciente. Aquella que conocía tan bien y era producto de la frustración. Sí, a ella también le ocurría. Que mi existencia se limitara casi en un noventa por cien a vivir en la sombra cuando estaba a su lado no significaba que no me diera cuenta de lo que sucedía - al menos cuando el alcohol no me lo impedía - ni que Ruth, con todo su exceso de autoestima, no encontrara un escollo insalvable en alguna ocasión. La camarera era su imposible, yo diría que del año. Yo, su grano en el culo.
- He tenido una idea.- ¿Monitora de fitness, idea? Nadie podría dudar de que sus neuronas estaban en perfecto orden, un poco agitadas, alborotadas, pero perfectamente coordinadas. Eso sí, ¿podían coordinar una idea? Más aún. ¿Esa idea podía traer algo bueno consigo? Yo lo dudaba. Pero, fuera lo que fuera, como fuera y para que fuera, tenía que disimular. Así que fingí una sonrisa serena, tomé un sorbo de vino y la miré interrogante y expectante.
- Voy a organizar una fiesta en tu casa.- conforme iba escuchando las palabras aproximarse al posesivo de segunda persona, que resonaba en mis oídos lentamente, el vino comenzó a borbotear en el estómago intentando retornar por el esófago para escupírselo a la cara.
- ¿Por qué en mi casa? Así, sin más, sin consultarme.
- Tú casa es mejor que la mía. Tiene terraza y hace calor.
- Eso no es una justificación. Cualquier casa es mejor que la tuya.- Era cierto. Aunque aquella afirmación pareciera exagerada a oídos profanos, todo lo que Ruth tenía de disciplinada, ordenada y cuidadosa para su cuerpo e imagen, lo tenía de desastre en lo que se refería al cuidado de su morada. Ni siquiera los ratones habrían querido vivir en un entorno que cambiaba tan rápido que podría dar al traste con su sentido de la orientación.
- ¡Vamos! Conocerás a muchas chicas y yo conoceré a esa chica.- Así que no era tan tonta como yo pensaba, o lo era más aún. En cinco minutos, su mente retorcida había ideado un plan absurdo sacado de sus conclusiones no menos enrevesadas. Al comprobar que la camarera se había fijado en mí, concluyó que no se negaría a aceptar una fiesta en mi casa, lo que la expondría a sus "sutiles"  devaneos.
- No quiero conocer chicas.
- Claro que sí. Hemos hecho una apuesta.
- Y, ¿qué te hace pensar que estoy dispuesta a enredarme con cualquiera de las mujeres que han desfilado por tu cama?
- ¿Porque quieres ganar y no hacer el ridículo?

- Ni siquiera recuerdo la estúpida apuesta, por no mencionar lo que nos jugamos.- Comencé a sacar dinero de mi cartera mientras hablaba de una forma compulsiva. Lo cierto era que me sentía cansada y todo aquel montaje no hacía sino intensificar aquella sensación.- Si quieres demostrar lo buena que estás, tus dotes de conquistadora, si quieres tirarte a cien camareras, hazlo, pero no me involucres, no me necesitas. Eres la diosa de la noche y de las camas en serie, yo no. Yo necesito dormir, ser libre, que ninguna lianta ninfómana me arrastre en sus juegos.- Solté lo que llevaba en la cartera, que no se correspondía ni con la mitad de lo que me hubiera gustado soltarle a la cara en aquel momento de debilidad en el que me contemplaba atónita, sobre la mesa y salí, si no triunfal, sí más aliviada, aunque consciente de que solo había sido una pataleta e, ineludiblemente, habría fiesta.

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