jueves, 9 de julio de 2015

Eterna espectadora


Recordé, mientras le escribía pensamientos de tonta enamorada a alguien que salió de mi vida de la misma manera que había entrado, a hurtadillas, mientras observaba ensimismada la luna llena reflejarse con intensa alegría en fusión armoniosa con el mar, aquellos tiempos en los que no era inspiración ridícula, ni siquiera pañuelo de sentimientos y esfuerzos desenfocados. Me venía a la cabeza tan vívida como si estuviera ocurriendo en aquel instante, en las noches veraniegas de calor sofocante, cuando soplaba el viento seco y polvoriento del este, cuando nadie quería irse a dormir porque era una pérdida de tiempo entre vueltas y vueltas en la cama, ese círculo mágico que era capaz de alumbrar hasta el más recóndito lugar de la finca en la que nos perdíamos horas y horas, jugando a nada y a todo lo que nuestra imaginación nos revelara. En esas noches nos podíamos adentrar en ese espacio, que se tornaba mágico, con una luz brillante, pero no cegadora, con tonalidades que despertaban la fantasía aún más. Podíamos aventurarnos en la fascinante naturaleza nocturna, como si nos hubiéramos convertido en adultos de repente, y explorar lo que ya conocíamos de sobra con la sensata luz del sol. Éramos dueños de la noche bajo esa sonrisa perenne de vigilante benevolente. Nada nos podía detener, ni el calor, ni el sueño, ni el cansancio, ni la autoridad de nuestros mayores.

Ahora en la distancia temporal me conmueve su belleza en cualquier fase, incluso cuando le roba protagonismo al hacedor de su fascinante halo. Tiene significado más allá de cualquier canto u homenaje lírico, de cualquier desprecio de mentes obtusas y primitivas. Me acompaña sí o sí con su incansable presencia y me arranca sonrisas furtivas que solo el viajero incansable es capaz de comprender como parte de su insignificante y pasajera existencia.

Publicado en Territorio de escritores para el reto de la imagen: Mi luna, lunera...

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