jueves, 16 de julio de 2015

El callejón felino 1

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El callejón felino.

Desde pequeña siempre había soñado con grandes aventuras que experimentar, misterios que desvelar, andanzas llenas de acción y peligro. Había crecido fascinada por la elegancia de aquellos actores de los 30, los 40 y los 50 que nos inducían a soñar que cualquier situación, por inverosímil que pareciera,  era posible. Así aprendí, en un viejo televisor en blanco y negro, que a veces perdía el volumen y, ya algo más viejo, también la imagen, que en la mente todo es posible, igual que en aquella caja gigante.
Más tarde llegaría la adolescencia y, con ella, la revolución hormonal y el tecnicolor. Sin embargo, las miras no cambiaron, aunque sí las formas. Seguía manteniendo ese oscuro objeto de deseo en representación fílmica, a la que se iban añadiendo nuevos personajes heroicos como espías, investigadores privados, inspectores venidos a menos y, claro estaba, los antihéroes, aquellos caracteres oscuros y siniestros que se escondían, habitualmente, en una ambivalencia con respecto a sus vidas, con una vertiente pública intachable y otra reservada y enigmática.


Con el avanzar de los años comprendería que aquella particularidad no era exclusiva de espías, agentes dobles, detectives con pasado oscuro, personalidades brillantes con alma torturada, entre otros, y que hasta el ser más simple podía esconder un lóbrego o, cuando menos, ambiguo enigma. Y partiendo de este simple razonamiento, nació mi alter ego, ese que no se maquillaba, ni usaba tacón, ni un traje ni estilo para cada ocasión; ese que no necesitaba ser educado, ni siquiera sociable y contentar a su entorno con sonrisa forzada y un silencio a tiempo; ese cuya agenda recogía conexiones oscuras y no citas para el dentista o el psicólogo; ese que no madrugaba para llevar a los niños al colegio o comprar en el mercado.

En los primeros tiempos me dedicaba a visitar cafeterías con mi diario camuflado en una funda de cuero artesana que había comprado mi yo serio en un mercadillo ignorando el uso que le daría. Apuntaba gestos, miradas, encuentros anónimos; fragmentos de conversaciones que llegaban a mis oídos; lo que tomaban. Más tarde, en la tranquilidad de mi habitación, daba forma a todos aquellos esquemas y los transformaba en perfiles pormenorizados que aludían a vidas paralelas que se mantenían ocultas de la opinión pública. Con el paso de los años aquella afición se fue enquistando, y extendí mi radio de acción a todos los lugares que visitaba, incluidos los virtuales. Nadie podía escapar de mi agudo sentido analítico.

Todo eso iba a cambiar, ¡cómo no!, una noche en la que no podía conciliar el sueño, al mejor estilo de cine negro, no me quedó otra opción que ir a comprar tabaco porque no resistiría sin fumar otra noche en vela. Rebasé el portal enfundada en mi negro gabán, mi bufanda de sobrio gris hasta las orejas y volví a despertar con el invernal golpe en mi rostro. Las calles estaban desiertas a pesar de no ser demasiado tarde. Yo, que no soy valiente aunque tampoco excesivamente cobarde, no me habría aventurado en la noche si no hubiera sido porque el veinticuatro horas estaba a poco más de una manzana de mi casa y podía hacer el trayecto por calles principales bien iluminadas. Sin embargo, aquella noche yo no me fijaba en el paisaje, caminaba con mis orejeras bien ajustadas con un propósito claro: no imaginar.

Me detuve frente a la puerta de cristal del establecimiento que permanecía cerrada para preservar el calor en su interior, y contemplé el reflejo de mi imagen por unos segundos, sin encontrar signo alguno de la inocencia de la niñez en mis ojos oscuros cansados de mirar sin hallar algo que los salvara. Abrí la puerta y entré junto a una ráfaga helada que instigó a Ginés, mi dependiente favorito, a levantar la cabeza de su libro. Me dirigió una leve sonrisa, sin un saludo, y continuó inmerso en su lectura consciente de que no precisaba su ayuda para coger lo de siempre: tabaco y, de paso, comida y agua para los gatos del callejón trasero. Sin embargo, aquella noche yo necesitaba detenerme en algo. Mi intuición me devoraba la conciencia buscándome distracciones tales como elegir nuevas marcas, nuevos sabores, aunque los habituales fueran garantía de éxito. ¿Y acaso no es así para nosotros?

Pagué la cuenta y me despedí tras intercambiar sonrisas de enfant terrible y femme fatale y me aventuré nuevamente en el frío de la noche en dirección al callejón felino, donde mis agradecidos amigos devorarían lo que les sirviera, porque a ellos les daba igual el color del envase o el aspecto de quien los alimentaba. Busqué los comederos que algún alma caritativa y errante les había regalado en alguna ocasión entre la penumbra, los rellené, los coloqué en un lugar a cubierto de la intemperie y esperé unos segundos a que fueran desfilando sigilosa y desconfiadamente, fumando bajo un alpende que me protegía de una fina capa de llovizna que había comenzado a caer. Encendí un nuevo cigarrillo y contemplé como su pequeña comunidad había crecido ligeramente, a la espera de que mi inconsciente y mi razón se decidieran por una opción: aguardar a que la lluvia cesara o correr a la seguridad de mi hogar.

No obstante, el universo, seguramente por antigüedad, era más sabio que mis amigos cordura y locura, y dispuso el orden de las cosas por mí. De repente todos los gatos corrieron buscando un refugio seguro, justo antes de que un relámpago iluminara el firmamento y comenzara a diluviar. Aquella circunstancia apuntaba a otra de mis grandes indecisiones, recientemente había comprado al fin un paraguas, ahora sólo faltaba que optara por sacarlo a la calle.

Encendí otro cigarrillo resignada a esperar a que escampara cuando la galaxia realizó un nuevo movimiento poniendo en marcha sus engranajes. Un coche enfiló precipitadamente el callejón y se detuvo a la altura de los contenedores. Yo, que era aprendiz de detective y espía, sabía que en aquellos casos había que actuar con cautela e intentar camuflarse con el entorno lo mejor posible, me deslicé al cobijo de un viejo zaguán en el que me protegía la penumbra, más que su profundidad. Un hombre vestido con ropas elegantes, bien parecido y de constitución fuerte pero grácil, descendió del vehículo, abrió la puerta trasera y arrastró un cuerpo de otro hombre de similares características hasta los contenedores de basura, con los que luchó unos instantes para introducirlo. Él, como buen villano, al cerrar las puertas observó con detenimiento el callejón consciente de que en ello residía gran parte del éxito de su supervivencia y yo, que aún era novata, ante aquella inesperada irrupción, había olvidado apagar el pitillo. Iba a ser verdad aquello de que el tabaco mataba. Vi mi vida abandonarme cuando aquel sujeto comenzó a acercarse hasta que un grito amenazando con llamar a la policía por el escándalo en una ventana lo detuvo. Me enseñó su dentadura en una mueca de sonrisa diabólica mientras hacía el gesto con su dedo de guardar silencio y rebanar el cuello, y a continuación entró en el coche y se desvaneció en la noche del mismo modo que había aparecido.


Permanecí petrificada en aquel hueco de la pared varios minutos, incapaz de mover mis temblorosas piernas, hasta que comprendí que aquel sujeto podía regresar en cualquier momento y terminar su faena. Tocaba calarse hasta los huesos para salvar el pellejo, no sin antes comprobar quién yacía dentro del contenedor.

2 comentarios:

  1. Uy qué interesante! Me ha encantado. Este es un género por el que siento predilección y la forma con que describes la escena da ese toque de suspense que hace que sigas leyendo cada vez con más interés. Parece que habrá continuación. Qué bien si es así.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por tu visita Josep. Me alegra que te guste. Habrá continuación sí.

      Un abrazo y muy buena semana!!!!

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