viernes, 3 de julio de 2015

Desde la ventana de la discreta

La televisión se había convertido en un hilo musical de fondo en aquella madrugada calurosa de agosto en la que no conseguía conciliar el sueño de manera definitiva. Rara vez encendía aquel aparato, pero últimamente me hacía compañía en las largas noches insomnes. Lo cierto era que, en aquella, la intriga de una de mis películas favoritas había atrapado mi atención hasta el final y había conseguido que viera un programa completo sin dar cabezada alguna. No recordaba cuántas veces había visto La ventana indiscreta, pero no me cansaba. Cada visualización me descubría nuevos detalles, hasta el punto de que se había convertido en una especie de reto diseccionar la trama exhaustivamente. Esa particularidad tampoco constituía un gran descubrimiento, cada época de la vida venía envuelta en su propia realidad, alegrías y desvelos que nos influían a la hora de afrontar desde lo más simple a lo más complejo. ¿Por qué iba a ser diferente respecto a una película? Cada preocupación cotidiana conllevaba que la atención se centrara en ciertos aspectos en lugar de otros. Sin embargo, aquel pase, en esa época, estaba cargado de significación y simbolismo. Había sufrido un pequeño accidente, más bien tonto, mientras practicaba deporte y, aunque no llegaba a rotura, el médico que me había atendido ese día debía haberse levantado con muy mal pie el mismo y había decidido que era mejor inmovilizar la pierna hasta por debajo de la rodilla. Así que me había resignado a deambular por, el que ahora me resultaba diminuto, apartamento dedicándome a todo lo que durante mucho tiempo había criticado, eso incluía ver televisión. Al menos ahora podría hablar con propiedad habiendo experimentado de primera mano el tipo de vida que tanto me enervaba de otros seres humanos.

Mis días se desarrollaban en una auténtica cadena de actos rutinarios y en la práctica de esos vicios que detestaba. Evidentemente yo no poseía el glamour hollywoodense de belleza rubia, todo hay que decirlo, un tanto insulsa, de Grace Kelly, aspecto que, me atrevería a afirmar sin temor al apaleo, Hitchcock supo destacar y retratar magistralmente. Tampoco poseía la desvergüenza socarrona del Stewart de ese filme. Habría dado cualquier cosa a mi alcance por saber si se habían identificado en algún aspecto inconfesable de esos personajes. Ni siquiera poseía la sabiduría popular y trabajadora, pura y dura de ThelmaRitter. Me limitaba a despertar a una hora programada para tomar la primera dosis de un cóctel que no aliviaba el dolor, pero que me sumía en un estado soporíficamente agradable que tenía dos consecuencias, no podría calificar si positivas o negativas en mi estado, inmediatas. La primera estaba relacionada con mi carácter, nada me molestaba, nadie me importunaba, ni sus comentarios, llamadas, visitas, ruidos La segunda afectaba a mi parte del cerebro que debía controlar la empatía, quería a todo el mundo, todo el mundo me gustaba, era maravilloso compartir sus penas y alegrías.

Me desperecé y me arrastré hasta la cocina en busca de algo fresco que me hiciera sentir que estaba viva. Paso a paso, iba dejando atrás la comodidad de mi lecho, tratando de guardar el equilibrio, soportada por aquellos artilugios que nadie nos había enseñado a utilizar, ni siquiera en momentos de necesidad, y alcancé la nevera para deleitarme con un refrescante zumo de piña, sin cafeína, sin alcohol, sin chispa, tan natural que hacía sospechar de su procedencia, y me apoyé al lado de la ventana como si fuera la primera vez que lo hacía, buscando un tesoro.En ese momento bajé a la tierra, no sé si influenciada por la vitamina c, y descubrí que no era un ser único, era una más de aquellas personas que me rodeaban con sus miserias diarias. Era la eterna soltera de la ventana de enfrente que se empeñaba en organizar citas que nunca la satisfacían, en busca de un ideal que le habían vendido en series y películas y no encontraría por más que probara. Era como el moreno del primer piso, maltrataba mi cuerpo con noches de desenfreno y horas de desintoxicaciòn y vida sana para contrarrestarlo. Como el cuarentón fondón que salía todas las mañanas a trabajar pensando que a su vuelta le esperaría una diosa insaciable que diera rienda suelta a sus fantasías en un vergel imaginario. Como el jubilado que andaba despistado en camisilla y se cortaba las uñas en público en la ventana de su cocina. Como el ama de casa ojerosa y descuidada que espera un rescate inexistente. Tenía bolsas bajo los ojos, me cantaba el sobaco tras horas de calor asfixiante, mi boca no era el sueño de poetas, mi cuerpo languidecía abandonado y frente a mí no se desarrollaba una escena intrigante y memorable que resolver. No había nada extraordinario que me hiciera levitar. Apagué la luz, arrastré mi cuerpo nuevamente a la cama y fijé la mirada en un punto que me hiciera olvidar que era parte del mundo.

2 comentarios:

  1. Cuando la cruda realidad resulta demasiado cruda, muchos se encierran en un mundo imaginario, de fantasía, de irrealidad. Cuántas veces, de adolescente, tras pasar una hora y media ante la pantalla de un cine, viendo y "viviendo" las maravillosas aventuras del protagonista, con el que me identificaba totalmente, descubría, al salir a la calle, que la vida no era lo que había visto en el cine. Qué decepción.
    Debe haber un modo de distanciarnos de la realidad virtual que nos rodea y saber convivir con nuestras limitaciones y rutina.
    Me ha gustado mucho este relato, que me ha hecho recordar "la ventana indiscreta", una de las películas de Hitchkok que más me han gustado, junto con Psicosis.
    Un abrazo.

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    1. Supongo que una de las formas de encontrar un término medio entre la rutina y la abstracción es precisamente la creatividad, al menos para mí, volcar toda esa imaginación en la literatura me ha servido para encontrar cierto equilibrio y no frustrarme completamente.
      Me alegra que te haya gustado, Josep, creo que hay muchas joyas en el cine clásico. Gracias por tu visita y por comentar.
      Un abrazo!!!!

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