viernes, 31 de julio de 2015

El callejón felino 3

3
Una vuelta a casa desesperada.

Tras doblar la primera esquina al salir del callejón, algo en mi mente me impulsó a cambiar el rumbo y dar un rodeo, aunque supusiera continuar mojándome bajo la lluvia, antes de volver a casa. Aceleré el paso mientras me alejaba de mi manzana, hostigada por la idea de cómo unos minutos podían convertir una existencia apacible y cómoda en una auténtica paranoia. Yo ya era un tanto obsesa de por sí. Siempre me repetía a mí misma que por esa razón me cuadraba tan bien aquel papel que mi mente había urdido a través de los años. Sin embargo, en esta ocasión, el peligro era real y podía conducir a una auténtica aventura, si no tragedia.


Continué recorriendo calles, que se me antojaban más desoladas de lo habitual, sin una ruta aparente, con el pulso cada vez más acelerado y un sudor creciente a pesar del frío que reflejaba lo incontrolable de mi estado. Sentí un impulso ciego, en contra de mi natural parsimonia y aplomo, de correr. Toda aquella adrenalina que había alborotado mi organismo había tomado el mando de mi voluntad, alejándome de y acercándome al abrigo del portal de mi hogar. Cerré la puerta y me detuve en el zaguán, con la luz apagada, atenazada por el instinto de supervivencia. No era capaz de dirimir en qué estado me encontraba, si en el de la cordura o en el de su total ausencia. Los únicos sonidos evidentes en ese momento eran los de mi respiración aún acelerada y las gotas de agua que se deslizaban desordenadamente desde mi ropa empapada hacia el suelo.

Esperé un tiempo prudencial hasta que mi pulso se moderada y mi vista se adaptara a la oscuridad circundante, ya que mi intención era subir sigilosamente por la escalera los dos pisos que me separaban de mi apartamento. Los detalles familiares a mi alrededor se iban revelando gradualmente: el primer tramo de escalera, el ascensor, los interruptores. Inicié el ascenso con determinación, pero sin desdeñar la prudencia. Según avanzaba, era cada vez más consciente de que toda aquella parafernalia era absurda, aquel tipo del callejón no podía conocer mi domicilio de antemano, la única posibilidad real de que lo averiguara era que me hubiera seguido.

Ascendí lo que restaba de escalera rápidamente y entré en mi casa sin demora con la idea fija de abalanzarme hasta la ventana del salón para comprobar lo que ocurría en la calle. Todo permanecía en calma. Incluso la lluvia parecía haber dado una tregua y ya solo quedaba el vestigio de su paso en forma de charcos que brillaban constantes bajo la luz de las farolas. Me deshice de las ropas mojadas, sequé mi cuerpo y me metí en la cama añorando unos brazos que me transmitieran la tranquilidad que en esos momentos ansiaba mi mente, con la lucidez del insomne que se dispone a pasar una noche en vela.


2 comentarios:

  1. De momento a salvo. Pero ¿Cuánto le durará esa tranquilidad? Supongo que no mucho pues, de lo contrario, se habría acabado la historia que, por cierto, mantiene en vilo al lector.
    Un abrazo.

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    1. Me temo que no le va a durar mucho. Gracias Josep por pasar y por tu apoyo. Me alegra que mantenga la expectación.
      Un abrazo y muy buen fin de semana!!!!

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