viernes, 29 de mayo de 2015

Augusta 8

Algunos días Sonia perdía, por unos instantes, la confianza en la seguridad que se había instalado en su vida. Ciertas personas defenderían que tener esa tranquila fe en las cosas y los individuos que la rodeaban era un lento languidecer, casi una muerte en vida que la sumergía en una condición estática que le impedía progresar. Así pues, estaba muerta, subsistiendo entre vivos cuyo planteamiento dubitativo de la existencia les permitía disfrutar de la plenitud de la belleza terrenal.

Observó a su compañera que dormía con la respiración acompasada, el rostro sereno. Le asaltó la duda de cuál era su pensamiento más profundo, ese que no se confesaba ni a una misma por temor a sentirse revelada, desprotegida; aquella sospecha sobre la profundidad de su sentimiento, ¿no podría acaso, congraciarla con el resto de los mortales? Sin embargo, su expresión parecía dotada de un extraño abandono, como si algo en su interior la impulsara a ignorar el mundo, dentro y fuera de su cabeza, como si una voz le susurrara que el sueño más profundo era parte de la realización de aquel día a día plácido y a la vez desbordante. Duerme. Su conciencia es una y la misma en su serenidad. Y, ésta, que ha muerto hace unos minutos, embriagada aún por el olor a sexo, anhela poseer esa parte que se le resiste a la tangibilidad. Dormiría en tus sueños para adentrarme en tu esencia, para corroborar que ahora me he fundido en ti y formo parte de ella.
Sonia podía comprobar la fragilidad de la vida día a día en sus abnegados pacientes, aquellos que sólo podían expresar un sentimiento con la sutileza de una mirada. ¿Y estaban ellos también muertos en su acomodada existencia lejos de predadores y presas? Algunos se diría que sí, pero no precisamente por no llevar una vida asilvestrada. Esos que parecían languidecer tenían otro motivo que sumar a su mal, la ausencia de cariño y atención. Ese no era el caso de Augusta y, sin embargo, algo no terminaba de encajar. Entre la seguridad de aquel pensamiento y la duda razonable que desprendía había una zona de confort que se extendía con cierta regularidad en su relación.

Su compañera solía abrazarla en la cama. Durmiera o no. Era un acto reflejo, tan arraigado en ella que era capaz de hacerlo incluso de manera inconsciente. Ese era uno de los detalles que más le había costado encajar cuando se estaban conociendo y pasaban algunas noches juntas, no porque le molestara, sino porque lo echaba de menos en su ausencia. Así que era capaz de entender la sensación de desamparo que las mascotas que visitaban su clínica a diario podían sentir. Aún así, eran capaces de demostrar la falta de atención que recibían. Sus cuerpos, en algunos casos, se rebelaban. ¿Por qué razón ella no era capaz de demandar lo que echaba en falta en su vida? Con el tiempo había caído en la cuenta de que consideraba ciertas actitudes lógicas en el comportamiento de otros y, por ese mismo motivo, no podía incluir a Augusta en un universo paralelo en el que regirse por otras normas y aplicar otro rasero. El hecho de que se sintiera dolida por alguna actitud no constituía un indicador fiable de desapego. ¿Qué habría de cambiar con respecto al tiempo en que se estaban conociendo? ¿La costumbre y la cercanía? No había dejado de abrazarla. No obstante, aquel hábito no era capaz de aplacar la sensación de desasosiego ante las horas de silencio que se cernían sobre su cabeza en determinadas ocasiones. No podía criticarla. Cuando la había conocido le había atraído su singularidad, sabía a lo que se enfrentaba y le esperaba. Siguió adelante sin sentirse defraudada en momento alguno. El porqué había personas que intentaban cambiar aspectos que ya conocían y por los que se sintieron atraídas en un primer momento, le resultaba indiferente. Pero, el sentimiento. ¿Realmente subsistía la base que las había unido? Mientras observaba el rostro de aquella mujer que yacía a su lado abrazada a su cuerpo, se repetía que sí. No era capaz de dilucidar si lo hacía para convencerse o sí, por el contrario, era auténtica. En ese momento la cercanía era real, no sólo física, trascendía evocando una unión menos prosaica. Sin embargo, la duda existía, era casi tangible.

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