domingo, 3 de mayo de 2015

Augusta 6


Los días pasaban tranquilos. En mi nueva etapa, se había instalado una extraña quietud. Ni siquiera sentía agobio atendiendo mil compromisos sociales. Sonia me embarcaba en sus citas con amistades, que en muchas ocasiones ni a ella misma llegaban a satisfacer, sin que me diera cuenta. Mis letras se iban dilatando. Mi soledad se iba reduciendo. Las sombras no tenían cabida en el presente ni en el futuro inmediato. Era el dulce comienzo de cualquier relación. Aunque en la distancia la hubiéramos mantenido durante años, era el principio de la convivencia, ese que estaba repleto de concesiones. Sin embargo, mi compañera parecía preocuparse por mi temporal desidia. Todos los días, antes de salir hacia su clínica, me recordaba mis quehaceres. Al encontrarnos tras su jornada, me interrogaba sobre el provecho de mis horas de labor. Me hacía gracia su insistencia, como una madre recelosa que apura a sus retoños.

Yo la quería sin reservas. Había encontrado casi en el meridiano de mi existencia lo que me había negado una cabalgata de fracasos absorbentes. Esa podía ser la mejor descripción de mis inconsistentes relaciones, habían constituido un auténtico papel secante tras otro. Sonia era luz. La primera persona en mi vida que había demostrado entenderme, intentarlo en nuestras diferencias, que alentaba mi necesidad de expresarme a través del papel. Había esperado mes tras mes en mis idas y venidas sin protestar, sin sospechar de mi indecisión. La mayoría de las personas que me trataban me tenían por un ser tranquilo, de los que enfrentan la vida con mirada impasible. Nunca llegaban a mi interior, a lo que bullía soterradamente en mi alma, que a veces se transformaba en impulso insurgente. Mis precipitaciones me habían acarreado pérdidas y dolor ajeno, había terminado relaciones con la misma efervescencia con las que las había empezado. Esta vez era diferente, era el momento de demostrarme que podía afrontar el devenir de los acontecimientos con paciencia. Adoraba esa sensación sanando mi espíritu inconformista y tormentoso, a pesar de la tristeza de cada adiós. No me podía permitir entrar en su vida como un torbellino que lo desarbolaba todo y desaparecía tras perder fuerza. La necesitaba en mi camino. Ella parecía entender todo aquel entramado tácitamente. No podía renunciar a aquella cadena de emociones, sensaciones y sentimientos que se habían ido instalando sin estridencias en mi día a día, en nuestro día a día. Me había enamorado. La fuerza del vínculo no decrecía. Tenía que vivirlo y sentirlo a diario. En ese momento, las reservas desaparecieron impulsando una de las pocas resoluciones acertadas que había tomado en mi vida.

Así transcurría mi existencia aquellos días.

2 comentarios:

  1. Una bella e intensa narración. Y es que el amor, en todas sus facetas, arranca pasiones y, a quien escribe sobre él, grandes sentimientos hachos palabras.
    Me gustan los relatos en forma de diario.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. El amor es amor, se sienta como se sienta. Pero hay quien siempre lo juzga.
      Muchas gracias por pasar Josep.
      Un abrazo y buen fin de semana.

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