martes, 21 de abril de 2015

Voluntades

Amanda observaba la casa de su abuelo desde el coche, un día después de la reunión con algunos miembros de su familia, sin saber muy bien por qué no entraba sin más. Aquellas paredes, que habían acogido parte de su infancia y otras etapas de su vida no tan tiernas, lucían ahora un tanto descuidadas, sin que su estado llegara a ser ruinoso, pero sí lamentable, a pesar de que su abuelo no la abandonó hasta casi los últimos días de su vida. Antes de decidirse a traspasar el umbral, se observó a sí misma como parte de uno de tantos relatos que abordaban la recurrente temática del regreso a la casa familiar tras un suceso trágico. No era un tema original, pero no por ello dejaba de tener un significado ni formar parte de su historia, no la de otros, anónimos que engrosaban volúmenes, algunos con más pena que gloria, o la de seres cercanos con nombre y apellidos que habían tratado de desvalijar y desvencijar los recuerdos de toda una vida de construcción. Aquella maltrecha casa era el producto del empeño ciego de su abuelo en el triunfo de su sueño. Uno de ellos. Uno de los que ella conocía. Otros podía intuirlos conforme iba cumpliendo años y las palabras expresadas fluían como un torrente rememorando ideas, expectativas, pensamientos, añoranzas.

Se apeó del vehículo y comenzó a andar alrededor de la casa sin atreverse a entrar por el momento. Mientras recorría el jardín que, a pesar de estar invadido en gran parte por maleza y plantas silvestres, conservaba el aire y la personalidad de la mujer de su abuelo, que no era ni su abuela, ni había sido su esposa legal. Aquella mujer que le había dedicado sus veranos a mantener controlada la exuberancia de los parterres y en armonía con el resto de la edificación, había decidido compartir esos meses al año con lo que podría denominarse su amante estival. El seto que bordeaba las lindes del jardín y que había conquistado la travesía que conducía hasta la casa y parte de los sinuosos senderos que recorrían el perímetro de la propiedad, también había sido de su elección. Había sido tremendamente celosa de la intimidad de sus visitantes que se congregaban en las dos plantas de la villa para celebrar la vida en desbocada algarabía de alcohol, baños de sol, manifestaciones artísticas, devaneos amorosos. Sin embargo, el resto de las propiedades estaba lo suficientemente alejado como para que el seto constituyera un elemento más estético que intimista.
Alcanzó la parte trasera del jardín, no sin esfuerzo y con algún que otro arañazo de ramas y hierbajos, donde un montón de hojas cubría el acuoso vacío de la piscina, otra de las ineludibles propuestas de Luisa, para quien el calor del estío justificaba lo que muchos habrían tenido por extravagancias. No era un espacio muy grande, se podía recorrer de un extremo a otro en diez brazadas. Pero, el propósito no era competitivo, y habría sido suficiente con el estanque con cascada a modo de riachuelo para refrescarse. No obstante, el abuelo era un sentimental que accedía a cada capricho en forma de propuesta de mejora con la más amplia de las sonrisas y las manos prestas para llevarlo a cabo por sí mismo. Así que todo aquel espacio era reflejo de una mujer, en ningún modo Amanda llegó a pensar en sus antojos, y del trabajo del hombre que creía en ella.
La parte posterior de la edificación se completaba con un porche que cubría el mobiliario de terraza exterior flanqueado por sendas salidas, las del salón trasero y la cocina. Durante mucho tiempo el material de aquellas puertas había sido motivo de disputa. Para la cocina había sido más sencillo, una simple puerta de madera hasta la mitad y el resto acristalada en cuadrícula con una contraventana. Para el salón, que finalmente lució el mismo acristalamiento del suelo al techo, se construyeron persianas que en verano permitían la circulación del aire en la noche manteniendo la privacidad y seguridad de sus moradores. Amanda dudaba de que sus fuerzas fueran suficientes para rodar aquellas hojas de madera maciza. Optó por entrar a través de la cocina que siempre había sido uno de sus espacios favoritos en la planta baja. Jugó con las llaves atesoradas en su bolsillo desde que había salido de su piso en la ciudad. Durante el trayecto las tocaba de vez en cuando para cerciorarse de que no las había olvidado, de que aquel corto viaje era real y, aunque siempre había sido motivo de alegría la visita a su abuelo, las ahora pesarosas circunstancias no restaban parte del regocijo que aún inspiraba el lugar. Su pensamiento podría ser tachado de antinatural e irrespetuoso, pero lo cierto era que distaba mucho del lamento cristiano por la pérdida y se centraba en la enérgica pervivencia del legado de su familiar.
Se detuvo al pie de los escalones que conducían al porche y observó los muebles de mimbre un tanto desvencijados que resistían a la intemperie como si de un momento a otro fueran a ser ocupados de nuevo. No eran los mismos de su niñez, aunque sí el material. Recordó aquellos otros en donde esperaba junto a Luisa a que su madre se decidiera a marchar y dejarlas tranquilas para poder cambiar su ridícula indumentaria de faldita y zapatos de charol por una más acorde para los grandes descubrimientos. Nadie dudaba de que las intenciones de su madre fueran buenas, hacía calor y procuraba vestirla de forma ligera, pero no era el atuendo con el que una niña que disfrutaba de explorar la naturaleza que no formaba parte de su día a día, pudiera hacerlo. Así que la primera vez que Amanda apareció vestida de aquel modo, tras esperar pacientemente a que su madre tomará el té helado y se marchara, acompañó a Luisa dócilmente por las tiendas del pueblo en busca de unas prendas dignas de una aventurera. Sonrió con aquel recuerdo.
Luisa vivía aún. En los últimos años sus temporadas en la casa se habían alargado hasta el punto en que se había instalado definitivamente junto al abuelo. Al enfermar éste, sus hermanos e hijos decidieron, como en tantas otras familias sin el consentimiento del interesado, que era mejor que aquella mujer no anduviera cerca y la invitaron a marcharse. Nunca la aceptaron. Desconfiaban de ella porque no entendían que jamás hubiera convenido en intentar casarse. De ese modo, su abuelo había convivido con extraños escogidos por su familia para su cuidado en sus últimos días. Amanda intentó aceptar aquella maniobra, pero en los ojos de Ginés sólo podía encontrar desamparo. Le habían arrebatado los últimos vestigios de su dignidad exponiéndolo a la mirada ajena, en un intento por desposeerlo de su voluntad de que Luisa disfrutara de aquella casa hasta sus últimas horas. Lo que habían conseguido era que muriera solo y que lo que restaba de su vida se consumiera rápidamente guiada por la tristeza.
Respiró profundamente una bocanada con aroma a jazmín que la devolvió a los tiempos felices de su niñez, aliviándole momentáneamente la incertidumbre que aquellos pensamientos evocaban en su mente, y forcejeó unos instantes con la puerta de la cocina, que parecía haberse crecido ante la ausencia de la presencia humana, y que finalmente cedió con un chirriante quejido de sus goznes oxidados por la humedad, el abandono y la falta de uso. Ante su vista, conforme se iba adaptando a la oscuridad del interior, se fue desvelando su segundo espacio preferido de la casa. Localizó el cuadro eléctrico y subió todas las palancas. Encendió la luz. Allí estaba. El mismo espacio de siempre, aguardando a que alguien le diera vida con pucheros y sartenes, que lo animara con mañanas de cafés y tertulias antes de salir a tomar el sol o de excursión, que la abrumara con alcohólica algarabía de desconocidos descontrolados. Comprobó que habían limpiado, tal y como pidió. Sabía que el único interés de aquella horda a los que postreramente su abuelo había dado una lección, era vender el inmueble y olvidarse del tema. Ellos no tenían recuerdos que conservar, salvo alguna visita esporádica en la que nunca pernoctaban, su actitud era rasgo ineludible de su codiciosa naturaleza, capaz de arrebatar el derecho a conservar un sentimiento.
Continuó avanzando por la casa abriendo ventanas y persianas, descubriendo que nada había perdido el encanto que siempre había poseído a pesar de las ausencias. El personal de limpieza había sido cuidadoso dejando todo colocado tal y como lo habían encontrado. Los libros que Luisa y el abuelo leían permanecían en desorden en sus lugares de reposo, por el salón, la salita que daba al jardín, el estudio con su piano destacando entre el mobiliario. Aquel instrumento era donde Luisa se sentaba algunas tardes, en su última estancia con ellos, para dedicarle entre otras melodías Mi fiel Amanda en socarrona remembranza de la película de Katharine Hepburn y Spencer Tracy La costilla de Adán. Todo tenía su lógica matemática, sufría su propio proceso de divorcio, una depresión que la enfermó físicamente y la lucha por conservar sus sueños intactos. La única diferencia era que su historia no terminaría en conyugal final feliz.
El estudio, aparte del piano, conservaba el aire de su abuelo como ser singular que había sido. Nunca había sido especialmente intelectual, pero sí había sido permisivo permitiéndole a Luisa que los invitara, y había fomentado cualquier expresión artística, primero en sus hijos y más tarde en sus nietos, que ninguno quiso aprovechar. La mayoría porque, aunque poseyera un don, suponía un esfuerzo cultivarlo. Sólo lo concebían teniendo en cuenta la parte productiva y no precisamente relativa a obras, sino a ganancia monetaria. La excepción la había conformado Amanda quien, si bien no había explotado su faceta literaria profesionalmente, sí que seguía creando regularmente. Abrió las persianas y contempló el espacio con luz natural, algo atenuada por la vegetación que se acumulaba entre la casa y el muro exterior lateral, tal y como le gustaba a su abuelo. En esos momentos lo entendía perfectamente. La conjunción de aquellos colores neutros de muebles y telas con la luz del sol lo zambullía en un ambiente mágico. El estudio albergaba las pequeñas obras artísticas de sus descendientes, entre ellas un relato suyo que le había permitido publicar tirando de algún que otro contacto en una antología de escritores noveles.
Atravesó el salón que daba a la puerta principal, una estancia más formal en su decoración y distribución que casi nunca se usaba porque apenas si había visitas ceremoniosas. Su utilidad se fue limitando poco a poco a un paso corto para el trasiego de equipajes, tal y como se disponía a hacer con su pequeña bolsa de equipaje desde el coche hasta su antigua habitación. Subió a la planta alta. Comprobó el estado y la limpieza de los baños sin curiosear por el resto de aposentos. Avanzó por el pasillo hasta la escalera que conducía a la buhardilla, que con el tiempo se había convertido en su santuario, y comenzó a ascender por ella envuelta en la emoción producida por los cientos de recuerdos que se abalanzaban desordenados hacia su mente tras aquellos años sin visitar la casa. Sin embargo, nada había cambiado sustancialmente. Todo continuaba colocado armónicamente sin premeditación alguna. Su abuelo era un experto en crear orden dentro del caos, en caso contrario no habría podido soportar a la mujer que terminó compartiendo su vida a tiempo completo, que llenaba los días de un anárquico ir y venir, que era la improvisación hecha carne. Abrió la puerta de la última estancia en altura del inmueble y avanzó hasta alcanzar las contraventanas del ventanal que se abría paso en el tejado. Con la luz, comprobó que todo permanecía intacto, tal y como lo había dejado la última vez que había pasado una temporada con los que ya eran casi dos ancianos. No obstante, Luisa conservaba una fuerza tal como para cuidar a aquel hombre que se iba apagando poco a poco salvo por la inocencia y la serenidad de su mirada. Aquella época en la que una depresión la sumió en la más oscura de las tristezas y cuya apatía sólo se vio superada por la escritura fomentada por aquellos dos seres que se convirtieron en su más preciado tesoro, en su refugio. Las tardes en las que descendía del mundo de las tinieblas al jardín; en las que oía la música surgir del piano remontando el espacio con una fuerza inusitada, reflejando la determinación de los dedos que se deslizaban por sus teclas; en las que compartía café y prensa con su abuelo, al que veía dormitar mientras le leía cuando ya se había cansado de hacerlo él; en las que se fundía con el agua cálida por los rayos del sol de la piscina como si quisiera embriagarse con toda aquella energía; en las que despedía al sol desde aquellos cuadrados acristalados antes de zambullirse en sus cuartillas olvidándose de la realidad hasta el día siguiente, en un rapto febril creador. El producto permanecía amontonado sobre el escritorio. Nadie se había deshecho de sus cuadernos, que lucían inalterados en apariencia, como si nadie los hubiera mancillado jamás.
Dejó su bolsa en la cama y comenzó a releer aquellas notas que en un tiempo supusieron una razón por la que continuar adelante. Cuando terminó, el sol ya casi había desaparecido y la luz que entraba por el ventanal era apenas un recuerdo de su grandeza. Bajó a la cocina, tal y como hacía en aquellos tiempos en los que sus pasos no resonaban en un único eco, sino que formaban parte de una sinfonía acompasada de idas y vueltas. Se preparó un bocadillo y se sentó en el porche con el sonido de los grillos como banda sonora, disfrutando de aquellos momentos de soledad y silencio a sabiendas del trabajo que le esperaba en los próximos días como parte de su plan para resarcir el legado más preciado de su abuelo en una persona. Quedaban apenas un par de semanas para que terminara el verano y su intención era limpiar el jardín y adecentar la casa todo lo que pudiera para que Luisa la pudiera compartir algunos días con los amigos que habían apoyado a aquella atípica pareja durante tantos años. No sería una tarea ligera, más aún teniendo en cuenta que el calor seguía apretando aunque el otoño prácticamente estuviera llamando a la puerta. Ella no era una experta en jardinería ni en otras tareas manuales, pero aquella meta en una ilusión ajena le daba la fuerza suficiente para acometer la labor y, a la vez, la reconfortaba haciéndola olvidar por un tiempo la tristeza del momento.

Los tres días siguientes se sucedieron en una maratón de podar, limpiar, pintar, contactar con amigos, cocinar. Lo único que faltaba por hacer era dejarle las llaves a Luisa, que estaba a punto de llegar, para que viviera en la casa lo que le restaba de vida con quien quisiera, tal y como había sido el deseo de su abuelo, y marchar en pos de su propio hogar, que en aquellos tiempos no sabía dónde se encontraba. Aquella idea recurrente la acompañaba mientras paseaba por el pueblo, como tantas otras veces, a la espera de la llegada de la compañera de Ginés que se sentía con fuerza y vitalidad aún para conducir y se había negado a que la recogiese, contemplando cómo había ido cambiando año tras año, dejándose transformar silenciosamente en una localidad más y más turística sin perder su identidad, con la memoria perdida en su propio proceso de madurez en todas esas excursiones que sus abuelos llamaban exploraciones. Y aquel era el mejor calificativo que podría darse al tiempo que había pasado allí. Tenían razón en creer que, incluso en la época en que se sintió confusa y perdida en la madurez, su estancia en la casa no había dejado de ser un instante más en su inagotable proceso de exploración, aquel del que había formado parte la mujer que ahora le sonreía en los metros que se acortaban como si nunca hubiera existido una distancia.

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