miércoles, 29 de abril de 2015

De idas y vueltas (Versionado)

Isabel despertó en medio del silencio que precedía al alba, a pesar de ser sábado, de tenerlo libre y de no haber hecho plan alguno para el día. Se desperezó y estiró su brazo hasta el otro lado de la cama que permanecía frío, recordándole que Adriana estaba de viaje en busca de mercancía original para su tienda de artesanía. Hacía tiempo que había desistido de acompañarla de feria en feria, de callejear en solitario o convertirse en un estorbo alrededor de su compañera en esos cortos desplazamientos. Tras algunas discusiones, unas más acaloradas que otras, en las que el único argumento que sustentaba aquella rutina era la compañía mutua se impuso la razón de que constituía un gasto prescindible. Aún así, permaneció fiel a la promesa que se había hecho, cuando su relación anterior fracasó, de no ser ella la causante de un alejamiento por posturas y pareceres diferentes, y durante los dos primeros años coincidentes con el inicio de aquel negocio fue fiel acompañante en un peregrinar agotador en el que sacrificaba su propio descanso y metas en aras del bien común.

Agarró la almohada como si de un cuerpo se tratara y se giró perezosa en la cama para admirar el amanecer a través de la ventana. El cielo despertaba coronado por un sinfín de débiles rayos de luz presagiando un día espléndido a pesar de que el invierno aún no había perecido. Le fascinaba aquel momento del día en el que el etéreo elemento iba transformándose del púrpura al dorado. Por nada del mundo cambiaría aquella panorámica que se extendía sobre multitud de viejos tejados, que en días soleados desprendían infinidad de destellos carmesí,  hasta despuntar en el mar. Rememoró, con los ojos entornados protegiéndose de la claridad, aquella primera noche que pasaron en el que iba a constituir su hogar, con la dulce luz de unas velas, el calor compartido de una copa de vino e infinidad de abrazos y promesas, refrendado por el casto e ingenuo reflejo de la luz de la luna en el mar que se extendía delante de ellas cual sendero, imagen onírica del comienzo de su andadura juntas.
Salió a la calle tras una ducha y un café dispuesta a dejarse conducir por la improvisada brújula de sus pies sin más intención que la de callejear y dejar transcurrir las horas haciendo lo que más le apeteciera en cada momento. Deambuló por callejuelas estrechas a las que apenas llegaban los rayos del sol, con el cuerpo encogido, intentando protegerlo de la humedad representada en innumerables gotas de rocío sobre las angosturas pétreas a modo de recipientes. Disfrutaba del despertar de su barrio como tantas otras veces, pero sin el apremio dibujado en el rostro en forma de mirada baja y concentrada por llegar en hora al trabajo. Los sonidos de la apertura de rejas, furgones de reparto deshaciéndose de sus mercancías, camareros descuidados que maltrataban la vajilla a costa de la salud auditiva de los clientes, el murmullo del tráfico que circulaba por las pocas calles que lo admitían, incluso el llanto disconforme del niño que día tras día intentaba sin éxito librarse del colegio, se mezclaban con el aroma mañanero de café y pan recién horneado. Atravesó el mercado, que a esas horas ya había sido testigo del ir y venir ajetreado de su despertar, en una danza sin compás de aquellos mismos sonidos, que allí sí, escapaban libres al cielo, con la idea de no dejar pasar un desayuno en su cafetería favorita. El aroma a plantas y especias, que apenas eran capaces de disimular otros olores más intensos a muerte, se iba difuminando en el aire, mientras avanzaba por un callejón sombrío, decorado con una alfombra irregular verde y blanquecina al final de la cual divisó, no sin cierto regocijo, las cuatro mesas que conformaban una pequeña terraza.
Ignoró el frío y paseó despacio por el escenario familiar, dejando atrás el barullo de las calles que iba sucumbiendo cual estela hasta convertirse en distante letanía. En unos pocos pasos se plantó delante del local, que permanecía tranquilo como cualquier sábado a esas horas, a pesar de que la estrechez alargaba la perspectiva del pasaje. Entró y se acomodó en su mesa favorita al final de la barra, al lado de la ventana, de manera que podía observar parte del trecho de la calle que había recorrido y la totalidad del bar, que desde hacía dos meses estaba atendido en las mañanas por la sustituta de Martín, una   muchacha de rasgos agraciados y ademanes delicados. Disfrutó con parsimonia su manjar, leyendo a intermitencias los anuncios que colgaban del tablón que el dueño del establecimiento, a pesar de ser un hombre campechano, en ocasiones incluso rudo, atesoraba con orgullo como ejemplo de sus inquietudes culturales. Entre todos los folletos que se acumulaban en el corcho, le llamó la atención uno, que le iluminó el rostro, de una feria de cómics. De aquellas exhibiciones habría visitado mil sin dudarlo ni protestar.
Pagó y salió a la calle, caminando rauda en esta ocasión, sin prestar atención a los detalles de las calles que iba dejando atrás, dispuesta a deleitarse con aquella oportunidad el mayor tiempo posible. Diez minutos más tarde vislumbró las casetas que se organizaban en cuatro hileras dobles y que prometían un día lleno de placenteros descubrimientos. Desaceleró el paso para atrapar en la memoria el máximo de detalles de su ya inminente inmersión entre dibujos y textos, perdiendo por completo la noción temporal durante horas, en las que recorrió uno a uno los stands como una niña que pasa indecisa de un juguete a otro sin saber escoger, hasta que los feriantes comenzaron a recoger sus tesoros al unísono, sumiéndola en la triste sensación de pérdida. Se alejó para no entorpecer las maniobras o sufrir un accidente y se acomodó en una mesa de una de las terrazas que comenzaban a vaciarse, con la vista fija en aquel melancólico baile del adiós, completamente absorta y aferrada a los ejemplares que había adquirido como si de una reliquia se tratara, hasta que un hola la devolvió al mundo frío y real de la anatomía humana. Isabel levantó la vista tratando de centrarse tras el frenético peregrinar que la había desprovisto de cordura de forma transitoria:
- Claudia.- El vocablo resonó como la caída de un jarrón en una habitación vacía, quebrando el sello de una vieja historia. Una mujer morena, que era consciente de que la edad le había otorgado carácter a su belleza, la desafiaba de pie, con el trasfondo de los tejados y los reflejos púrpuras del inminente ocaso.
- ¿Puedo acompañarte en tu desafío a la intemperie, o crees que mi presencia es demasiado fantasmagórica para compartir mesa?- La invitó a acomodarse en una silla junto a ella con un gesto, que su vieja amiga obedeció sin réplica tras darle dos besos con unos labios extrañamente cálidos a pesar del frío, y pidieron más vino para relajar la tensión del reencuentro.   
- Por lo que veo no has abandonado tu afición por los cómics. ¿Aún escribes historias a la espera de que alguien las quiera ilustrar?
- Sólo a veces. Ya no tengo tanto tiempo libre.- Contestó con desgana, con la mirada perdida.
- ¿Estás segura de que no te incomoda que me haya sentado contigo?- Isabel respiró profundamente antes de contestar temiendo que la voz delatara la emoción que la invadía.
- No me incomoda. Lo que ocurre es que me he pasado todo el día de stand en stand, completamente absorta y ni siquiera he comido.- Claudia la miró con cierto aire de preocupación. Sabía que aquella afición de su amiga en ocasiones podía rayar la obsesión. Recordó todas las tardes que pasaron tiradas en el césped de un parque o en la terraza de un café, casi sin mediar palabra, mientras una leía un libro tras otro y las historias que iban engordando un viejo cuaderno con la adición de cuartillas que escribía la otra.- No me mires como si estuviera loca, simplemente me enteré de la feria hoy y había muchas cosas que ver.- Su amiga la miró con condescendencia:
- Pues será mejor pedir algo para comer, porque si sigues bebiendo vino sin nada en el estómago tendré que llevarte a cuestas.- Isabel, que había perdido el apetito de forma repentina por el encuentro, accedió con docilidad.
Mientras paladeaban la comida, se observaron sin ningún pudor, intentando reconocer lo que había cambiado en sus rostros, detalles que en el tiempo en el que se extendió su amistad eran capaces de trazar con exactitud aun con los ojos cerrados. La suya había llegado a convertirse en una auténtica camaradería en la que incluso sobraban las palabras por momentos, como aquel en el que sentían la tentación de rememorar cualquiera de las tardes que habían quedado presas en algún lugar de la memoria y ahora danzaban libres instigando un por qué.
Claudia se decidió a romper la magia del momento retomando el hilo de la última frase.- Yo en cambio he venido todas las tardes.- La otra muchacha la miró inquisitiva.- Suelo pasar por aquí al salir de trabajar para evitar las calles atestadas y ruidosas, y la descubrí el primer día.- Su sonrisa se fue tornando melancólica conforme iba desgranando la rutina que la había acompañado aquella semana.- Lo primero que me vino a la mente fue una imagen tuya concentrada sobre tu cuaderno. Así que no pude evitar detenerme y sentarme en una terraza con la esperanza de que no hubieras abandonado tu afición y encontrarte. Repetí tarde tras tarde, hasta hoy. Creo que nunca me he alegrado tanto de haber sido constante y paciente.- Jugaba nerviosa con lo que parecía una alianza y que a juzgar por la rapidez con la que la giraba le quemaba la piel.
-¿Te has casado?- Asintió y ocupó sus manos en darle vueltas a su copa de vino. Isabel intentaba adivinar en qué momento aquella mujer había decidido dejar de ser fiel a sus ideas, no en vano, ninguna consideró el matrimonio como una opción para sus relaciones. Aventuró una pregunta más para averiguar si había traicionado todos sus principios por su pareja.- ¿Tienes hijos?- Claudia sonrió mientras apuraba su copa de vino:
- No tengo hijos y me he casado con una mujer.- Se miraron unos segundos en silencio.- Sé lo que estás pensando. ¿Cómo es que cambié de opinión en algo en lo que me mantenía tan firme? Pues me enamoré, a ella le hacía ilusión y cedí.- Sin embargo, su amiga le daba vueltas a por qué no la escogió a ella, por qué desapareció sin más tras aquella noche. Qué más daba casarse, arrejuntarse, revolcarse.- No es tan descabellado. ¿Tú no habrías hecho lo mismo?
- No. De hecho mi relación anterior terminó por mi tozudez en ese tema entre otros.
- Eso significa que tienes otra.- Isabel asintió mientras su amiga esperaba pacientemente con una mirada inquisitiva por la historia completa.
- Sí, tengo otra, pero ni me he casado, ni tengo intención de hacerlo, ni de tener hijos...- hizo una pequeña pausa y pronunció la última parte de la frase mirándola a los ojos con un reflejo entre la añoranza y el reproche -... y también es una mujer.- El resto de comida, definitivamente olvidada, danzaba fantasmagóricamente entre el reflejo de luces y sombras que producía la estufa de gas de la terraza. Claudia sonrió satisfecha. Siempre lo intuyó. Sin embargo, como toda sospecha no refutada por un hecho o una afirmación rotunda, escondía una posibilidad de no ser real.- ¿Porqué nunca hablamos de esto?
- Supongo que nuestras mentes no estaban especialmente centradas en la realidad. Si hubiéramos podido comunicarnos a través de la escritura habría sido más sencillo. Pero creo que no lo habríamos comentado nunca, el tiempo pasaba y lo natural era permanecer una al lado de la otra, cada cual en su universo.- El camarero apareció súbitamente interrumpiéndolas para recordarles, de forma “sutil” cuenta en mano, que iban a cerrar. La plaza había quedado casi vacía, salvo por las casetas que se erguían como espectros bajo la tenue luz de las farolas y alguna pareja que salía de vez en cuando de algún local que cerraba sus puertas inmediatamente después.
Pagaron y se adentraron en las callejuelas que lucían sin vida ya, excepto por algún gato de mirada furtiva que corría en pos de refugio y la brisa helada mezclada con una fina cortina de lluvia, sin poner rumbo a ningún lugar en particular, con la única idea en la mente de encontrar un sitio acogedor en el que seguir disfrutando de su compañía de aquella forma tan particular y extraña de siempre. Claudia rompió el eco rítmico y resonante de los pasos entre las paredes que parecían querer abrazarse para vencer la humedad y el frío.
- ¿Aún recuerdas aquella noche?- Isabel respiró profundamente. ¿Quién podía olvidarla si tras ella desapareció de su vida sin más, evaporándose como el humo de un coche que se diluye en el aire? Se detuvieron al unísono e Isabel se apoyó en la pared en un guiño irónico a aquella noche de fin de año que no terminó en magia.
- La recuerdo perfectamente.- Cómo ignorar la pregunta que no se atrevió a formular y que le habían supuesto una pérdida.
- ¿Cuántos años hace ya? ¿Doce, quince?- La llovizna se interponía entre ellas de forma molesta. No había nadie alrededor, nadie que las observara como había ocurrido esa otra noche. Se miraron con duda e incredulidad, como si creyeran que la otra era sólo producto de su imaginación.
- Hace diecisiete en realidad.- Tiró de los bolsillos de la chaqueta de su amiga para acercarla.- Te pregunté si te gustaba aquel amigo con el que bailabas. Me contestaste que no, pero la timidez me impidió seguir indagando.- Desde aquella cercanía podía distinguir las minúsculas gotas de agua resbalar por su rostro, sortear sus ligeras arrugas, acariciar sus labios. En aquel momento, entre confidencias, desde la distancia y el tiempo resultaba muy sencillo desvelar los sentimientos y recuperar un instante que podría haberle dado un significado completamente diferente a su relación.
- Tú sabías que me gustabas. Me tenías a esta misma distancia con tus manos en mi cintura. Sólo tenías que haber hecho una pregunta más. Haberme besado. No entiendo esa timidez.
- Yo qué sé. Había un montón de gente alrededor, había bebido más de la cuenta, éramos jóvenes. Tú…, tú tampoco dijiste nada más.
- ¿Crees que si te hubiera confesado que me gustabas habría sido diferente para nosotras?
- Eso ya no tiene importancia. Pasó a la historia.- Claudia no parecía dispuesta a perder una segunda oportunidad y comenzó a besarla como si hubiera querido recuperar todos esos años en aquel instante. Un simple roce al principio de unos labios fríos, húmedos, que se fueron abriendo con el contacto de una lengua cálida. Se arrastraron mutuamente hasta un zaguán,  dejando escapar un gemido con el tacto de unas manos también frías, húmedas, bajo la ropa. Se devoraban la boca con el ansia de cada año perdido, se recorrían la piel con la codicia de un pasado reescrito, hasta que la luz de la escalera les arrebató la magia del momento y las arrojó sin piedad a la inclemencia de la noche.
            La lluvia, que empezaba a caer con fuerza, las obligó a acelerar el paso en una carrera en dirección al utilitario de Claudia, que aguantaba estoicamente el repiqueteo incesante del chaparrón en su ajada pintura. La dueña del auto abrió la puerta del conductor, la única que funcionaba desde fuera, y se abalanzó dentro tras empujar a su amiga sin dejarla casi acomodarse. Resoplaron unos minutos por el esfuerzo y la excitación que habían vivido sin mediar palabra, mientras el agua les chorreaba rostro abajo desde el cabello hasta las ropas, con el traqueteo incesante de la lluvia como testigo ensordecedor de su timidez transitoria. La propietaria de aquella cosa con ruedas respiró profundamente y se apoyó en el reposa-cabezas con la única intención de observar a su amiga, que había subido los pies al asiento y rodeaba sus piernas en un intento por recuperar el calor, a pesar de que sus mejillas sonrojadas delataran el esfuerzo y la agitación. Sus miradas se encontraron amparadas en la tenue luz de las farolas que se difuminaba al entrar en contacto con las gotas en los cristales protegiéndolas de miradas indiscretas. Cuatro puntos oscuros dilatados que evidenciaban la intensidad que había adquirido sus sensaciones en tan solo unos minutos. Claudia apartó los mechones húmedos del rostro de Isabel, que conservaba su aire ingenuo a pesar de las finas arrugas que despuntaban en su piel y que le daban carácter a sus facciones, y deslizó la yema de los dedos hasta alcanzar su boca que, sin ser exuberante sí que estaba bien perfilada, y al fin había sido suya.
- ¿Quieres que te lleve a casa?
- Nadie me espera.- El silencio volvió a extenderse por unos minutos, hasta que Isabel se decidió a desvelar el resto de la historia:
- ¿Por qué te fuiste sin decir palabra, sin despedirte?- Oyó a su amiga respirar profundamente y comenzar a hablar de forma titubeante:
- Aquel fin de año no sé si me confundió más o me aclaró las cosas. Lo cierto es que la sensación de vacío que me dejó me catapultó hacia la decisión de irme, de aprovechar la oportunidad de estudiar fuera. Sé que tenía que haberme despedido, pero me sentía tan decepcionada que me comporté como una cría estúpida intentando vengarme.
- Pues la venganza te duró dos años y medio.
- Lo sé. Conocí a alguien y resolví prolongar mi estancia. En cierto modo me agarré a esa relación como una forma de olvidarte.
- ¿Y conseguiste olvidarme?- Claudia la miró con un reflejo de nostalgia y tristeza en sus ojos y negó con un gesto.
- Yo me cansé de llamar a tu casa para preguntar por ti. Tu madre estaba sorprendida, no entendía por qué te habías ido sin despedirte. Lo único que acertaba a decirme era que te comentaría que había llamado para que me devolvieras la llamada. Dos meses después estaba claro que no sucedería. Así que dejé de insistir por vergüenza de lo que pudiera pensar.- El motor continuaba en marcha, sin que ninguna se decidiera por una despedida:
- Será mejor que me marche.
- ¿Me llamarás?- ¿Quién podía negarle algo a aquella sonrisa? ¿Quién podía resistirse tras tantos años de ausencia a probar aquellos labios que habían dejado de ser deseo? Se besaron. Fuera lícito o no, la lógica no cabía en aquel universo inmediato bañado por una luz tan irreal como su propia huida del presente.
Epílogo.
            Martín, que sólo madrugaba los domingos, leal a la única religión que profesaba, atender a sus intrépidos clientes y algún que otro juerguista despistado, las recibió con una sonrisa que se tornó en preocupación cuando descubrió que la acompañante de Isabel no era la habitual Adriana. Tras saludarlas, las siguió con mirada adusta en su acomodamiento en la mesa de la esquina, repitiéndose que aquel no era su asunto, dispuesto a no entrometerse, al menos hasta que no tuviera la oportunidad de encontrarse a solas con su amiga. Las atendió cordialmente y se retiró a un discreto segundo plano sin dejar de observarlas entre sus quehaceres. Las dos muchachas disfrutaban del desayuno en silencio, cada cual ensimismada en su propias ensoñaciones, sin remordimiento ni sentimiento de culpa por lo sucedido en los últimos meses. Llantos, reproches, indecisiones, discusiones, rupturas. Todo se había sucedido con un ritmo vertiginoso tras una mañana en la que habían quedado para tomar café y habían decidido que si el azar les había brindado otra oportunidad, bien valía aprovecharla. Todos aquellos años en los que se habían empeñado en separar sus vidas y construirlas alejadas, les demostraron que se podía querer a otras personas, incluso a varias personas a la vez, mientras continuaban enamoradas la una de la otra sin admitirlo. Hasta aquella tarde delante de un café, en la que decidieron no volver a despedirse sin un beso y con la promesa de que la siguiente vez que se vieran sería para reemprender el camino juntas.


María Jesús Fernández Rodríguez ©

No hay comentarios:

Publicar un comentario