martes, 17 de febrero de 2015

Augusta 4



Era casi las siete. Augusta había conseguido llegar a coger aquel tren milagrosamente. Lo milagroso era, realmente, haber conseguido un billete, puesto que para el resto ya no quedaba plaza libre alguna. Si hubiera llegado a la estación unos minutos más tarde tendría que haber esperado al día siguiente para viajar. Aquella se había convertido en una constante en los últimos tiempos, apuraba al máximo, como si su interior quisiera certificar que había escogido la senda correcta. Hasta el momento la respuesta era afirmativa. Se repetía una vez tras otra que no se trataba de una superstición absurda ni de un comportamiento pueril, pero lo cierto era que tras tanto fracaso en años precedentes su desconfianza resultaba lógica.

Se sentó en su mesa y se reclinó cerrando los ojos unos instantes hasta que el tren comenzó a marchar con un ligero traqueteo. Le esperaba una hora y cuarto de trayecto y, aunque era un viaje que hacía con cierta asiduidad, le gustaba observar todo lo que ocurría y transcurría a su alrededor y ante sí. El portátil permanecía en reposo. Podía escribir cien frases, doscientas..., pero no le compensaba. Sentía latir el corazón, con más fuerza a medida que se acercaba a su destino, y escribir la habría distraído de tal sensación.
Giró la cabeza, que permanecía aún apoyada en el respaldo del asiento, hacia la ventana para contemplar el lento devenir del final del día, a pesar de que ella avanzaba rauda impulsada por aquel monstruo metálico. Los muros grises de la salida de los andenes habían dejado paso a los más coloridos de los edificios cercanos y estos, a su vez, a edificaciones de menor altura, cuyos jardines desaparecían de la vista en un suspiro monocromático. A aquella velocidad y con la escasa luminosidad del moribundo día, los objetos parecían haber perdido profundidad, y haber sido despojados de la exigua vitalidad que podían irradiar. Setos, arbustos, árboles, rejas, muros, todos aparecían confundidos en un amasijo informe y descolorido en solidaridad con los muros invadidos de hollín de puentes, túneles, aunque probablemente se trataba de una ilusión óptica, construída entre sombras y velocidad.
Un mozo la sacó de su ensimismamiento con un aperitivo. Algo bueno debía tener haber llegado al límite y verse obligada a comprar un billete en primera clase. En aquel vagón se echaba de menos el bullicioso ajetreo del ir y venir mundano de los coches turistas. El suyo lo era. Los continuos viajes de ida y vuelta que realizaba eran parte de esa cotidianeidad del mundo. Se sentía parte de él. Por primera vez en su vida tenía la sensación de pertenencia, no en el sentido estático de la palabra, sino en ese dinámico que la hacía volar de un lugar a otro. ¿Quién deseaba la permanencia? Sí aquellos minutos de ajetreo, de correr hacia el andén con el pulso acelerado por si perdía el último tren, la salida y la entrada en las estaciones, todo aquel movimiento iba tras un propósito, la reafirmación de que pertenecía y permanecía en ese mundo tan real como volatil e inestable.
Lo que la esperaba al final del camino tampoco era estático. Era consciente, al igual que Sofía, de que todo aquel sentido podía perderse en nada. Cuando el tren comenzaba a reducir la velocidad al entrar en los andenes, la buscaba ansiosa. Sabía que estaría en su dársena de llegada, caminando nerviosa de un lado a otro, con la mirada inquieta, incapaz de concentrarse en algo de forma constante. Hablaba con la señora del carrito que esperaba a su madre que pasaría unos días con ella para disfrutar de su nieto; con el anciano que no salía de casa sin su fiel compañero que, con cualquier gesto, demostraba su atención y alegría; con los colegiales que pasarían unos días fueras para saborear una ficticia sensación de madurez. Podía imaginarla entrando en la estación pocos minutos después de recibir su mensaje con un escueto “ya estoy en camino”. Y esperaba unos minutos más para llamarla. Augusta oía la megafonía y la algarabía asaltando la paz del traqueteo a través del móvil. Era impaciente. Corría a buscarla con la inquietud del que espera. A veces tenía la impresión de que aquella mujer no esperaba su aviso y pasaba todo el día en la estación, de que todo lo que ella demoraba su salida, lo había adelantado su compañera. ¿Y alguien puede definir esa actitud como un rasgo del amor? En una escala de valores, ¿quién quería más a quién y, según quién? Fuera como fuese, la concatenación de acciones y frases que se sucedían tras la llegada no dejaba de ser hermosa a pesar de su costumbre. Valía todo su tiempo bajar del tren y encontrar aquella sonrisa que la recibía como si fuera la primera vez. A ella, incluso, le flaqueaban las piernas en ese instante en el que su conciencia se negaba a haber vivido una circunstancia igual. Los recuerdos parecían haberse confabulado  para descubrir un mundo nuevo en cada encuentro.

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