martes, 27 de enero de 2015

Ser de tierra.



Martes:
    Se aprende desde el más recóndito de los lugares a amar u odiar la tierra. En el asfalto una pierde el sentido de lo primitivo, del instinto, se ahoga. Desde el fuego refulgente del ocaso, el dorado del otoño acrecienta su vigor hasta el pálido destello del amanecer mojado por el rocío, cualquiera puede convertirse en un ser extraño a sí mismo, tanto como lo era para la naturaleza antes de llegar.

Viernes:
Llueve; veo llover. El agua sacude la vegetación haciendo caer las hojas marchitas con torpeza. Resulta sobrecogedor pensar que vida y muerte adquieren tan amplio espectro de colorido, la primavera y el otoño son polos opuestos con similares representaciones. En la naturaleza la muerte se escenifica también por medio del esplendor del color, puede ser bella por tanto. ¿Es esa una idea “romántica”? Tal vez. ¿Quién lo recuerda en todo caso? No es más que una simple apreciación.
A pesar del ruido, todo está tranquilo. Aun así, la calma puede tornarse en ansiedad, angustia que siente el que no es capaz de soportar el sosiego. De esta forma me siento, observando desde la ventana el bullicio que aquel paisaje despliega. Una puede reverenciar el mundo del que viene pero sólo si no ha conocido ese otro que se despedaza con tanta hermosura.
Sábado:
Hace algún tiempo que he abandonado la comunicación con otros seres humanos. Hasta aquí únicamente llega ya el cartero. Las cartas no las abro, no me sirven, las palabras no me comunican nada, son naturaleza artificiosa, ni siquiera muerta, no poseen color, están transformadas por la mano del hombre. No me enorgullece formar parte de ese género, una especie destructiva sin regeneración donde las haya. Las miro, amontonadas, pedazos de troncos de árboles, algún día podrían ser de aquel roble que veo desde la ventana después de haberme ido.
Lunes:
En la oscuridad de la noche he empezado a pensar en darle a mi muerte la misma belleza que da a aquel páramo. Todo sería diferente si estuviéramos en invierno y el paisaje se fundiese en un desierto nevado, yermo. Me resisto a tocar la naturaleza áspera, antes exquisita para mí, de mis libros. Únicamente me consuela el olor de las hojas muertas mojadas. No soy capaz de conciliar el sueño desde hace tres noches, puede que sean muchas más. He pactado con el miedo para que me abandone.
Jueves:
     Hay pocos destellos de estrellas en noches como estas. El frío crece. El otoño avanza, pronto terminará, se irán mis rojos, mis naranjas, mis dorados... Después de tomar una decisión puedo abandonarme evocando mi visión particular del pasado. Es bella. Debe serlo. Ahora todo lo es. Ya no busco la admiración; tal vez sólo un poco. En cualquier caso quien admire mi final no será consciente de mi presencia. Por ello, por vanidad he tomado contacto con el estéril papel y escribo. Un último sueño, el que obtengo con mi imaginación, despierta, en los días en que se ha creado; los retomo en el papel y escribo desde el primer día que lo soñé.
Viernes:
     Dejaré pasar algunos días más. Cuando el suelo esté completamente cubierto de dorado lo leeré y lo llevaré a cabo tal y como lo he escrito.
Domingo:


    Atardece. El cielo claro de nubes se funde en diversidad de colores, desde el naranja al malva sangriento. La hojarasca reluce a su manera, tonos cobrizos, dorados, ocres y rojos. Hay más, muchos más de los cuales no conozco el nombre. Una vez se ha hecho de noche, mientras la luna despliega una luz pálida pero suficiente para percibir las formas, ando descalza sobre las hojas crujientes. Es entonces cuando comienzo a correr al ritmo de una música agónica y enervante que resuena en mi cabeza. El sonido de la noche se ha diluido antes de llegar a mis oídos. Hay decenas de riachuelos que limpian mis pies para que yo los vuelva a transformar en pequeños terruños. Paro cuando soy consciente de que he llegado. Bajo un gran árbol del que desconozco el nombre- he ahí lo hermoso, no necesitar un conocimiento nominativo- y observo el gran manto de hojas alrededor del tronco. Allí empieza lo más sencillo. Me tiendo sobre ellas y dejo que me cubran poco a poco en su caída, mientras ayudo con mis propias manos a taparme completamente. Mis extremidades van adquiriendo formas fibrosas y se enraízan en la tierra húmeda que las fortalece. El resto de mi cuerpo se cubre de tonalidades terrosas, se deshace, se funde con el suelo. Sé que algo que no soy capaz de ver ahora nacerá de mí cuando llegue la primavera. Algo de lo que tampoco conoceré el nombre. 

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