viernes, 2 de enero de 2015

Lánguida



La tarde era extremadamente bella en su simpleza. Uno de esos atardeceres de neutral hermosura y armonía. No hacía ni frío ni calor. Desde el horizonte, los rayos del sol embriagaban con su calidez hasta la brisa que soplaba perezosa desde el mar. Los amarillos, naranjas iban languideciendo en rosas, malvas, púrpuras, sin prisa alguna, engullidos por el mimético océano. Hasta donde la vista llegaba, unos palos se dibujaban en el cielo como si de un recortable se tratara, un velero sin velas desplegadas que dormitaba en alta mar ajeno al transcurrir del tiempo. Las gaviotas se contoneaban sinuosas en una danza aérea silenciosa, parecían haberse contagiado de la dulce parsimonia crepuscular eludiendo sus graznidos. En el malecón, dos sombras se destacaban como en relieve sobre el tenue fulgor del ocaso. Se habían detenido para contemplar el espectáculo, mecidas por el suave vaivén de las olas de los postreros días del estío. En su visión sesgada por el amor, la oscuridad creciente no desvirtuaba el embelesado concepto que el panorama irradiaba. Hasta el suelo de hormigón en el que se habían sentado parecía haberse aliado con sus homogéneas temperatura y textura. Habría sido sencillo dejarse embaucar por la voz de un poeta que envidioso ante tanto esplendor hubiera alentado a la parca en su veleidosa acometida. Sin embargo, sólo habría conseguido avivar la firmeza del sentimiento en lid contra el fatuo destino.

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