lunes, 12 de enero de 2015

Compañeras de piso.



En una esquina de la habitación, el perrito de La Voz de su Amo giraba bajo el ritmo creciente del Bolero de Ravel, mientras la muchacha sonreía a ratos al mirar los mensajes que llegaban a su móvil, apoyada en la pared junto a la ventana que soportaba estoicamente el aguacero. Aún era de día, aunque la luz iba decayendo, era lo suficientemente potente como para reflejar en el escritorio desvencijado ríos de sombras acuáticas. Aquella era la habitación de los recuerdos, de ese tipo que no provocaban lágrimas, que traían a la memoria impulsos mágicos en forma de música, de versos, de imágenes, de sonidos, de movimientos. La mesa estaba arañada, por algunas partes la pintura se había descascarillado ligeramente, probablemente con la ayuda de algún mordisco. Sobre ella, el teléfono se iluminaba de forma intermitente llamando la atención. Su sonido era tan suave que no podía competir con el crescendo del bolero. Pero, los destellos eran suficientes para atraer la mirada.

En una de las paredes colgaba el dibujo del nombre de aquella mujer, al menos eso había dicho su autora con aquel acento extranjero tan gracioso, trazado con figuras desnudas de mujeres. MARIANA. Aquellas sombras no podían rivalizar en luminosidad con los colores fulgurantes del teléfono. Sin embargo, sus tonos sobrios, el balanceo de sus contornos y la angulosidad de las posturas imposibles de las mujeres que construían la palabra, sí que lo hacían con los sinuosos reflejos de los senderos de agua en movimiento sobre la madera y parte del parqué. Mariana jugaba con un lápiz. Era muy fácil saber cuándo estaba nerviosa, o bien movía de forma compulsiva alguna de sus extremidades inferiores, o bien jugueteaba con algún objeto manejable por su mano, y sonreía como si el mundo no existiera, como si sólo existiera ese instante que la alejaba del resto de mortales. Dudaba incluso de que escuchara la música, a pesar de que el ritmo hacía latir el corazón con fuerza. A ella le latía por otras razones. Los vinilos amontonados en un estante bajo la mesa donde se apilaban tocadiscos y amplificador, vibraban ligeramente por la contundencia de los sonidos graves que desprendía la melodía, que aquellas maderas endebles, que cumplían su función resignadas, transmitían armoniosamente.
En la pared frente al antiguo equipo de música estaba el viejo sofá, cuya tela exhibía orgullosa trozos deshilachados, arañazos y remiendos bajo una colcha de patchwork. Ya no era tan firme y sus cojines habían perdido forma y consistencia, pero aún soportaba sin quejarse alguna que otra siesta, algún que otro juego. Algunas noches de fiesta, cuando los sentidos habían abandonado temporalmente a sus amos, había peligrado la integridad total de aquel asiento. El suceso más peligroso había tenido como detonante un cigarrillo encendido. Yo observaba impasible las maniobras rápidas y certeras de Mariana que prohibió el consumo de cualquier sustancia humeante en la habitación. Justo en esa pared, un vinilo de pared dibujaba una callejuela de París, con sus pequeñas terrazas mirando a la acera. En el suelo, una alfombra protegía los pies descalzos en invierno, sobre ella, desperdigados, algunos juguetes mordisqueados, arañados, algunos a punto de quebrarse definitivamente.
No me importaba quien entrara en aquella casa. No me importaba quien entrara en su cama. Siempre me había defendido, nunca me había dejado tirada en la calle. Por muy diferentes que fuéramos, era parte de su familia, al menos eso era lo que comentaba con algunas personas. Le daba igual lo que dijera el resto. Allí estaba yo, frente al tocadiscos, compartiendo la música, el calor de la habitación, de la casa, sus sonrisas. Podía pasearme por todo el apartamento. Podía incluso llamarlo hogar. Sí. Cálido, confortable, acogedor. Las chicas entraban y salían. Ninguna se quedaba de forma permanente. Yo sí. No me importaba que algunas mañanas el sonido de La cabalgata de las valquirias desvelara mis sueños. No se lo tenía en cuenta. El nuestro era un amor incondicional. Eso decía aquella muchacha rubia que solía venir a menudo a visitarnos, que solía dormir en casa. Yo la escudriñaba, seguía sus pasos vigilante, alerta. Pero no había sobresaltos. Era casi tan sigilosa como yo. Me gustaba observarlas en la cama. Había momentos que sus movimientos casi impulsaban los míos para cometer alguna trastada. Era divertido ver cómo caía la ropa, un brazo aquí, un pie allá. Luego, de repente, todo se quedaba en silencio. Calculaba mis posibilidades. Podía colarme entre las dos, estirarme en un lado. En lugar de eso daba vueltas hasta casi el amanecer.
A mí me gustaba más aquella chica que visitábamos a veces y me hacía cosquillas mientras tonteaba con Mariana. Solía darme una golosina. Yo solía contemplar sus maniobras mientras la degustaba lentamente. Ella también repetía que mi cariño era mejor que cualquier otro que pudiera sentir. Siempre se despedía con un beso para mí y una sonrisa embelesada para la muchacha que ahora balanceaba su pierna sentada en el sofá, escribiendo en el móvil, absorta. Se había olvidado por completo del perrito que giraba y giraba en crescendo, con un volumen algo molesto ya. Se había olvidado incluso de mí. Pero yo tenía un remedio para eso. Paré en seco el vinilo. Sus ojos se encontraron con los míos, en un desafío condescendiente. Empujé el brazo del tocadiscos. Los acordes habían dejado paso al sosiego melodioso de la lluvia. Aparté los ojos de aquella mirada insistente y disimulé, como tantas otras veces mientras se acercaba a reparar mi desaguisado. Pasé mi lengua rasposa por mi pata negra. Ella rascó mi oreja y me llevó hasta la ventana para que persiguiera las gotas de lluvia en el cristal. Era un juego tonto. Pero a ella le hacía ilusión que fingiera que me había engañado para poner un nuevo vinilo, una nueva melodía, y continuar con sus efímeras sonrisas.
(In memoriam)

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