sábado, 24 de enero de 2015

Augusta 3

     En aquel tiempo tomaba decisiones mirando mi vida desde fuera, intentando contemplarla como si no fuera la mía, como si no me perteneciera, como lo hacían los demás. Construía consejos que creía objetivos porque así era como se suponía que las personas que te rodeaban aplicaban sus recetas en la historia de otros, con el único sentimentalismo del aprecio que llevaba al “esto es lo mejor para ti”. Esa era la gran mentira. No era lo mejor para mí porque ni siquiera era objetivo. Era un ardid largamente usado de los que esconden sus miedos tras una opinión que en modo alguno deja de pertenecer al mundo de sus ideas. En cualquier caso se trataba de una simple cuestión de perspectiva. La mía era doble. Veía mi vida con la falsa ilusión del que mira desde fuera con la implicación del que le duele desde dentro.
    
  
     Aquella tarde prendía letras en la página en blanco de mi portátil mientras esperaba a Roberto en mi café favorito de esa época. Yo tenía cien mil dudas, probablemente como cualquier mortal, probablemente más, y esperaba con el engaño en mi mente de que ese amigo mío podría resolver las más inmediatas con su visión imparcial. Yo ya no era una niña, tampoco tan mayor como para no poder empezar de nuevo. La impronta de la madurez se me había presentado en forma de otra ciudad y en silueta femenina. Sin embargo, la verdadera naturaleza sentimental latente en aquel cuerpo curtido en batallas de las que creía haber salido vencedor iba a revelarse en palabras, gestos, miradas, cargados de impotencia.  
    Llegó casi puntual, enfundado en su mejor sonrisa. Yo tenía mis sospechas sobre la causa real de la impuntualidad de mi amigo, aparte del evidente esmero en el cuidado de su imagen, practicaba sonrisas, ademanes y miradas en el espejo. Me espetó dos besos que se me antojaron demasiado empalagosos, más que de costumbre, y temerariamente cercanos a mi boca. Era cierto que hacía bastante tiempo que no nos veíamos, yo había pasado casi dos meses fuera de la ciudad, pero aquel comportamiento apoyado en un abrazo más sexual que afectuoso lo traicionaba. Me sentí temerosa repentinamente. Sabía con prístina certeza lo que implicaba toda aquella parafernalia perfumada y enfundada que me produjo un escalofrío de asco, ya que delataba algo más que amistad. 
- No sabes cuánto me alegra verte. Te he echado mucho de menos.- Yo sí lo sabía. Sabía cuánto, cómo y dónde. Lo dejé pasar con una sonrisa. Y esperé pacientemente el siguiente comentario que surcó el aire en la misma línea cuando el camarero ya se había retirado: 
- Estás fantástica. Tengo que reconocer que este último viaje te ha sentado muy bien.- Yo ansiaba una pequeña venganza y allí tenía mi oportunidad: 
- Es lo bueno de follar todos los días.- Su rostro se transformó súbitamente perdiendo la sonrisa. 
- Creo que no hace falta ser tan explícita. 
- ¿Debería ser implícitamente sutil como tú?- Por respuesta obtuve una mirada de reproche. Hacía muchos años que Roberto jugaba a un juego absurdo, casi tantos como nos conocíamos. No sabía qué idea primitiva rondaba su mente en las ocasiones que parecía decidido a devolverme al camino recto. O tal vez le aquejaba un acceso de amnesia transitoria y repentina que le nublaba el sentido cada cierto tiempo. Fuera como fuese nunca le había ocultado mis preferencias, si bien es cierto que aun en el supuesto caso de que me gustaran los hombres, él no sería elegido. Miraba su vaso con la cara ensombrecida del que parece haber perdido las esperanzas que albergara durante años. Yo intentaba apiadarme de él. Pero no podía quitarme de la cabeza la imagen en conjunto de su premeditación, a pesar de que sabía quién me gustaba, que había alguien en mi vida, a pesar de que había tenido que rechazarlo en más de una ocasión, a pesar de que mi cara no podía esconder ya la repugnancia que su actitud me provocaba, se comportaba como una damisela ofendida. 
     Hice una seña al camarero para que me sirviera otra copa. Roberto continuaba cabizbajo y comenzó a lanzar palabras sin levantar la vista como en un sollozo: 
- No entiendo por qué me has citado aquí esta tarde. 
- Te cité para despedirme.- Mi voz sonaba templada. Comenzaba a asimilar que aquella no era la pérdida que muchos se habrían empeñado en certificar. Allí estaba. Había levantado los ojos y me miraba como una mascota desvalida. 
- ¿Despedirte? 
- He decidido aceptar la propuesta de Sonia de irme a vivir con ella. 
- ¿Y lo dejas todo atrás sin más? 
- Sabes que mi trabajo va conmigo. Además no me traslado al otro lado del planeta. 
- No es la distancia. Es tu actitud. De repente dejas de ser esa mujer independiente y te embarcas en una relación que no sabes qué te deparará.- Ese era el problema. Aquella era la confirmación de que no cabía esperanza alguna, de que si me marchaba ya no tendría la posibilidad ilusoria de que mis sentimientos y apetencias cambiaran. 
- No es repentino. Nos conocemos desde hace cuatro años. Hemos convivido largas temporadas.- me interrumpió airado: 
- No puedes comparar cuatro años con el día a día.  
- ¿Crees que no soy lo suficientemente madura como para saber discernir mis sentimientos con certeza? 
- ¿Qué te hace pensar que es amor? 
- ¿Qué te hace pensar que no lo es? No soy una adolescente, sé lo que siento, lo que quiero y lo que implica. 
- Yo creo que es un capricho. 
- Me importa más bien nada lo que creas. Si no hubieras venido haciendo gala de pavo esta tarde te habría escuchado. Estaba dispuesta a sopesar tus opiniones, a que me hicieras reflexionar con tu buen juicio. Pero no existe tal juicio. Tu actitud es tan mezquina como la del resto. 
- ¿Crees que soy parcial? ¿Que busco algo contigo? 
- Creo que nunca has sido sincero. Nunca has sido claro en nada. Has aceptado lo que te daba con la infantil esperanza de que cambiaría algún día. Realmente no me ofende. Tendría que haber sido más dura y haber cortado de forma tajante hace años. Pero me lo creí, acepté lo que decías como cierto. Habría preferido que te hubieras mostrado como eras y lo que albergabas antes que ver como te escondías día tras día en consejos que ahora sé que no han sido imparciales nunca. 
- Para ti es fácil. Ahora tienes una nueva conquista en la que refugiarte, pero quien ha estado ahí todos estos años en que ibas y venías, te rompían el corazón, te desanimabas, perdías la inspiración, he sido yo. Yo he sido tu hombro. Y estoy seguro de que no ser por el miedo que tienes, estaríamos juntos. 
- ¿Miedo? ¿Miedo a qué?- Todo aquel discurso había sobrepasado mis límites. Me confirmaba que no estaba equivocada en ninguna de mis conclusiones. Lo interrumpí en el comienzo de su respuesta.- No, no me lo digas.- Pero continuaba empeñado en llegar hasta el final y resarcirse por todo lo que no habría de conseguir. 
- Miedo a una relación de verdad, con un futuro. No esas amantes del tres al cuarto que te has buscado para pasar el rato.- Guardé silencio, no porque no tuviera una respuesta, sino porque la conversación había subido ligeramente de tono y mi adorado camarero miraba desconcertado sin saber si invitarnos a salir con educación o defenderme y apartar a Roberto que había enrojecido momentáneamente. Le hice un gesto para tranquilizarlo y miré al que había creído amigo incondicional hasta aquel instante. Su rostro no podía ocultar el arrepentimiento por todo lo que había soltado en unos segundos, todos aquellos reproches guardados durante años en pos de una esperanza que seguía alojada en sus ojos. Ninguna palabra, gesto o hecho lo habría apartado de aquella idea suya de que él era la persona idónea para mí, que todas mis relaciones habían fracasado porque el amor entre dos mujeres era una falacia, un mero pasatiempo. ¿Cómo podía explicarle que estaba equivocado, que realmente estaba enamorada, que aquella mujer me completaba física y anímicamente, que era todo lo que deseaba y que el resto no había funcionado porque simplemente no nos complementábamos? ¿Con esas palabras tal vez, que entendería pero no aceptaría, ahora sabía porqué? 
     Di un largo sorbo a mi bebida esperando una rectificación que no iba a llegar. Se había tranquilizado pero no daría su brazo a torcer. Empecé a hablar en un tono suave, relajado, aunque con la certeza de que era hablar para desahogarme y no para hacerlo entrar en razón: 
- Todos estos años confié en ti. Te hablaba como lo podría haber hecho con cualquiera que considerara amigo, ni siquiera reparé en tu sexo.- Me interrumpió con la mirada contrariada y el tono delatando su despecho, aunque había bajado el volumen: 
- ¿Vas a soltarme un discurso sobre qué es la amistad?- Le pedí que me dejara terminar y luego podría enviarme al infierno si quería. Relajó la tensión reclinándose en la silla y escuchó el resto dócilmente. 
- De verdad siempre pensé que lo tenías claro. Nunca sospeché que albergaras una ilusión afectiva con respecto a mí salvo la amistosa. Si hubiera sido así me habría apartado, créeme. Ya sé que esas cosas pueden pasar, que en cierto modo son inevitables, que es algo que no se busca, pero siento como si todos estos años de confidencias y consejos hubieran sido una farsa en la que te movía un fin interesado y para nada similar al mío. Siento que pienses que soy una cobarde por no liarme contigo. Y eso sería, sí, un lío, que terminaría más pronto que tarde porque, aunque te tenga afecto y una parte de ti tenga cierto atractivo que pudieran reflejar el espejismo de una relación sentimental, me cansaría de ti, de tu presencia, me aburriría de tu físico, del sexo. 
- ¿Con las mujeres no te pasa? ¿Acaso no te has cansado de su presencia? ¿Cuántas veces me has contado cómo te aburrían las mujeres que conocías tras unos meses de relación? 
- ¿Cuántas veces te ha ocurrido a ti? ¿Quiere eso decir que no te gustan? 
- Lo mismo podría plantearte con respecto a ti y a mí.- Sonreí. Estaba esperando aquel razonamiento que tenía su lógica, más teniendo en cuenta sus sentimientos. 
- Hay una diferencia notable, ni estoy enamorada de ti, ni me atraes sexualmente. Sería un entretenimiento, en el caso de que dejara que ocurriera algo. Y no puede ser así porque estoy enamorada de otra persona. Y, aunque no lo estuviera, no habría nada entre tú y yo, porque no te deseo como puede pasarme con una mujer.- De repente su figura se había empequeñecido, aparentando casi la mínima silueta de un niño al que le quedaba grande la ropa y el asiento. Sorbió lo que restaba de líquido en el vaso y habló con voz trémula y quebrada sin mirarme, la vista fija en el cubito de hielo que aún danzaba intentando resistir ante la evidencia como había hecho él todos estos años: 
- Supongo que esta es la despedida. Sé que tú tenías otra idea y supongo que vendrías feliz a contarme tu mudanza y tus planes. Siento no estar, pero ahora mismo es un poco estúpido, yo me siento estúpido. Espero que seas feliz. Que los dos lo seamos, donde quiera que estemos.- Se levantó y se alejó tras aquellas palabras sin dirigirme una sola mirada. Lo observé mientras abandonaba el local cabizbajo, con la espalda encorvada, completamente diferente en actitud a como había llegado. Todo aquel torrente que lo empujaba en su empeño había conseguido lanzarlo por una cascada que para nuestra amistad no tenía fondo. No sentía compasión por él, ni lástima, ni pena, ni tristeza por perderlo. Me sentía traicionada en lo más íntimo de mi ser. Aquel hombre conocía tanto o más de mí que yo misma. No era eso lo que me dolía. Era la sensación de que todas sus acciones y palabras no buscaban mi bien sino su propio beneficio. 

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