martes, 20 de enero de 2015

Augusta 2


   

II
       
       Sonia observaba a la señora Álvarez a través de la ventanilla que separaba el quirófano, donde se recuperaba su perro, de la consulta. Había perdido mucha de la alegría que la había caracterizado todos aquellos años en los que visitaba su clínica con su mascota. Los dos parecían haber envejecido al unísono y súbitamente, aunque la mujer conservaba parte de la fuerza en la mirada que le había caracterizado siempre. Lo curioso de aquella estampa era cómo alentaba la profusión de recuerdos de su relación con Augusta, no porque la mujer que esperaba sentada pacientemente con la mirada perdida en su falda tuviera algún rasgo que se asemejara a su ex compañera, sino porque había sufrido un declive similar.

En los últimos meses de aquella relación su entusiasmo y vitalidad se habían ido apagando. La poca alegría que restaba de las épocas felices se había diluido. Su amada escritora no era un torrente de risas y vida loca pero sí de sensibilidad, y ese rasgo le había atraído desde el comienzo, desde que se habían visto la primera vez, mucho antes de comenzar a hablar. Sabía que era así por la forma en que se movía, creyéndose invisible sin ser consciente del entusiasmo que provocaba a su alrededor. Era consciente de que para ella aquel atributo era una maldición que la convertía en presa fácil del sufrimiento del que escapaba a través de la escritura. Por esa misma razón nunca llegó a entender que dejara de hacerlo, cuando parecía disfrutar más de aquella pasión suya que había visto recompensada con sus primeras publicaciones. Sufrió un colapso. No se trataba del típico bloqueo de una escritora. Sentía pavor ante una página en blanco, no por no saber qué expresar, sino por lo que expresaba.
La pasión de la anciana que aguardaba sin esperanzas en la consulta se había ido apagando de forma similar. Nunca entendió qué podía llevar a una persona a aislarse del resto cuando todo parecía marchar positivamente en su vida. Aunque eran casos diferentes, ¿qué podía inducir a una mujer como la dueña de aquel Retriever a abandonar la alegría que había sido parte indiscutible de casi la totalidad de su vida? ¿Por qué tras seis matrimonios y otros tantos divorcios de los que había salido indemne, que habían supuesto su esplendor en el éxito con el que se desenvolvía entre el resto de los mortales, de repente había decidido que ya sólo compartiría su vida con su mascota y, ahora que languidecía, parecía irse despidiendo de cada hilo de vida que la sostenía?
¿Y cuál era el motivo de Augusta? Si bien era diferente a la señora Álvarez, y no se movía con soltura ni desparpajo entre la multitud, nadie podía dudar de su éxito. Recordaba las llamadas de aquel amigo suyo, que había resultado no serlo tanto, y al que nunca delató. No había cabida para los celos. Aquel hombre que continuaba aparentemente enamorado de ella tras seis años de separación, aquellos mismos en los que había mantenido una relación con ella, había sido borrado de la esfera vital y mental de su compañera. Ese rasgo tan particular, que Roberto tenía tan asumido como para no comunicarse directamente con la escritora, no era tan disuasorio como para persuadirlo de saber cómo se encontraba a través de ella, a pesar de las posibles consecuencias. Sonia sentía la dualidad emotiva de tal situación. Por un lado, tenía un profundo deseo de cortar la comunicación de una vez por todas, de hacerle entender que Augusta había tomado una decisión con respecto a la relación que habían mantenido y que sus confidencias traicionaban su confianza. Ansiaba borrarlo de sus vidas, porque en el fondo era consciente de que el tal Roberto continuaba albergando la esperanza de una ruptura que la guiara hasta sus brazos como si hubiera tenido una revelación. Por otro lado, sostenía la vanidosa lógica de tener a su lado una persona que era admirada y deseada como si de un valioso objeto se tratara. Finalmente se limitó a ignorar las llamadas y los mensajes de aquel sujeto cuando su compañera salió de su vida.
       Sonia no entendía aún toda su dimensión, la actitud de la que en un tiempo inundara sus días y los arrastrara a un yermo desierto con tan pronta e incomprensible terquedad por abandonar todo lo conquistado. Era consciente, no obstante, de que aquella era una separación transitoria, tanto como pasajera la locura que la había despojado de su yo sensato. Y es que, en el devenir de los días hacia la lujuriosa tempestad que arrebataba la cordura de su pareja, esta demostró que era tan capaz de seducir con su espontánea sensibilidad y timidez como de apartar y despertar inquina con la certera crueldad de sus palabras. El amor había perdido constancia, pero no fuerza ni dimensión. Sabía con diestra claridad por qué la había alejado de su vida. Y con la misma clarividencia podía afirmar que volvería a ella. No había desaparecido el sentimiento, tan solo dormía escondido a la espera de aclarar su significado, el que tuvo un día y que habría de reaparecer vigorizado.

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