domingo, 14 de diciembre de 2014

La apuesta 6

Despropósitos.
Marta se había marchado. Había pagado la factura, la había ayudado a subir su adorado reloj al coche y había desaparecido calle abajo en su todo-terreno con una sonrisa de satisfacción. Ni siquiera se había dado cuenta de que no llevaba las bragas puestas. En aquel momento, la cuestión que daba vueltas en mi cabeza no era el qué ocurrirá mañana, sino, llevo ventaja. Con Ruth era bastante difícil tener una certeza sobre algo, aquel intervalo resultaba demasiado sospechoso por silencioso, podía estar ocurriendo cualquier cosa. Como habría dicho mi madre, esa chica llegará lejos. ¿Por sus incógnitas? Como habría dicho yo, tal para cual.

En cualquier caso, yo andaba en una nube, de la que bajaría mas temprano que tarde, y me importaba bien poco lo que hiciera cada cual. Porque lo esencia no era qué hacían, sino que me lo había pasado increíblemente bien, por no usar unas palabras malsonantes, y me daba igual interrumpir los momentos memorables de otras personas, tal y como hacían conmigo.
Ignoré el portátil sin sopesar si quiera la idea de comprobar si alguien había consultado mi perfil o si había alguna proposición interesante. La única dicha que discernía en el horizonte era poder contarle mi aventura a esa chica que llegaría muy lejos. Respondí a sus mensajes y acepté su invitación para cenar, recordándole que estaba cansada y sería sólo cena. ¿Tendría en cuenta mis deseos y limitaciones? Probablemente no, pero valía la pena arriesgarse por ver la cara que ponía con mi relato. No importaba lo poco que durara la contrariedad de su gesto, ni lo rápido que consiguiera borrarlo con una nueva conquista delante de mis narices, sufriría unos segundos, quizá minutos.
Aceptó sin reservas. Incluso para mí, que por naturaleza no solía sospechar del prójimo en sus intenciones, me resultó un engaño en toda regla. ¿Me daba la razón como a las locas? La única explicación posible es que tramaba algo. ¿Qué? ¿Un rapto? ¿Una humillación? ¿Un discurso en loor de sus indudables cualidades? Tenía que reconocer que, incluso para alguien como Ruth, sentirse menospreciada podía conllevar actitudes beligerantes y poco consideradas. La cuestión se reducía al poco control que ejercía sobre su espíritu competitivo, era incapaz de reconocer que había perdido, aunque su derrota fuera transitoria, o que no tenía razón. Aquella sombra se extendió sobre mi positivismo como negros nubarrones, lo que me condujo a cerrar el taller y esperar a “supergirl” en la cafetería de enfrente que, aunque no era de mis favoritas, al menos conseguiría que me distrajera. Y qué mejor distracción que el alcohol para no pensar en lo que me deparaba aquella cita.
No tuve que esperar mucho hasta que Ruth hizo su entrada triunfal y, contrariamente a su costumbre, puntual. Y eso era muy mala señal. ¿Por qué entre todas las noches, tardes, mañanas, la franja horaria daba igual, tenía que aparecer a la hora fijada en punto aquella? Sonreía como si no ocurriera nada, pero yo sabía que era una sonrisa falsa que escondía inquina:
- ¿Te aburrías? ¿Estás intrigada? ¿Te ha ocurrido algo?- Me dirigió una mirada desconcertada. Disimulaba. Era peor aún de lo que habría esperado.- Has llegado puntual y no sueles hacerlo. Desde que te conozco sólo lo has sido en una ocasión, la primera vez que quedamos para salir y como me llevaste al huerto ya perdiste las buenas maneras.- Sonrió mostrando una hilera de dientes cual hiena ladina que espera su oportunidad.
- Tengo hambre. He tenido que sustituir a una compañera esta tarde, así que he consumido más energía de la habitual. Pero que te voy a contar a ti, ¿verdad?- Sí. Aquella era la confirmación de que iba ganando. No ganaría la apuesta, pero aquella pequeña ventaja me sabía a victoria, y la iba a disfrutar aunque pusiera cara de orca asesina.
- Entonces lo mejor es comer ya, porque yo tampoco es que haya comido mucho, por la resaca, ya sabes.- Asintió como quien oye llover y me ordenó pagar. No sé por qué extraña razón tenía la ilusión de que cenaríamos allí mismo, ya que aquella mujer era capaz de comer cualquier cosa. Sin embargo, haciendo gala de su complejo de “Ama”, que otros llamarían mala educación, salió del local sin esperar a que abonara la consumisión, para qué hablar si quiera de terminarla, más bien empezarla.
Salí del local y tras mirar a mí alrededor la localicé a unos cincuenta metros, caminando como si no hubiéramos quedado ni hablado. Tuve que correr para alcanzarla, experiencia nada agradable si tenemos en cuenta que aquella corta pero intensa escena había conseguido que reapareciera la jaqueca de la resaca. Tenía que haberla dejado ir sola. Pero ya empezaba a creerme lo que me repetía mi madre no tienes carácter. Lo tenía todo ella.
- ¿A dónde vamos?- Nunca imaginé que entre todos los lugares habidos y por haber en los que se podía degustar los platos más extraños, asquerosos, ridículos, sosos, matahambres... iba a escoger uno medianamente decente: El Lagar. El mundo se me vino encima como una revelación inescapable: he ahí la venganza. Hará que te sientas ridícula cuando te demuestre como se liga a la camarera y se lía con ella en el almacén. Claro que cabía la posibilidad de que aquella muchacha trabajara sólo en la mañana. Que en aquel mundo ideal en el que el señor Murphy no existía, los turnos partidos mañana y tarde no fueran la norma.
Doblamos la esquina y allí estaba. Habíamos llegado en un tiempo récord, ella levitaba, yo corría y jadeaba. A ella le salían rayos y relámpagos alrededor cual dibujo animado y a mí sudor y pompas de mi nariz, cual dibujo animado de categoría inferior. Ella cambiaba la sonrisa maligna al ordenarme entrar, no podíamos quedarnos en la terraza discretamente, ella tenía que lucir todo su esplendor a la luz del interior, radiante y coqueta, yo..., para qué decir más. Y, evidentemente, tampoco podía ser una mesa cualquiera, tenía que ser en medio del comedor, nada de un rincón discreto.
Nos sentamos y hundí la cabeza en la carta como un marido sumiso que simula que lo dejan elegir su plato, con la esperanza de que la camarera no estuviera, o en su defecto, no me reconociera. Un seco buenas noches, qué van a tomar, sonando como un chasquido de algún hueso roto, que no guardaba nada de la dulzura de la mañana, aunque seguía siendo familiar, me devolvió a la cruda realidad de mis paradojas, quería verla, pero en aquel momento no. Ruth se hacía la simpática, o lo que ella entendía por tal, mientras la muchacha aguantaba estoicamente cada embate zalamero de quien dos mil visitas sin un no ya dan pie a un serás mía. Yo me había concentrado de tal modo en el menú que parecía haberme camuflado en el cual camaleón de cifras y letras, hasta que el aroma de su perfume se tornó imperceptible. "Supergirl" me miraba de forma extraña. Incluso para ella que ya tenía una larga experiencia contractual conmigo, aquel mutismo no le cuadraba:
- ¿Te encuentras bien?- Asentí y me disculpé con la resaca.
- Pues he pedido vino. Hazle señas si la ves para que traiga agua también.- Tragué saliva resignada. Agua sí, eso necesito, pero que me arrastre fuera de este local como la marea. Le quité importancia a pesar de que en mi lengua se podría haber prendido una cerilla y esperé pacientemente a que preguntara por mi historia. Lo hizo con su habitual: ¿no vas a contar nada? tan sumamente delicado, como ella. Olvidé dónde nos encontrábamos y comencé mi relato, que en todo caso sería breve, más aún teniendo en cuenta que el peso de una botella de vino caída a plomo sobre la mesa provocó un sobresalto en mí que a punto estuvo de hacerme llegar al otro lado del comedor de un salto. Era incapaz de mirar a aquella muchacha mientras preguntaba quién probaría el vino. De todos modos, claro que ella desconocía ese detalle, era una pregunta que sobraba, la única que probaba cosas incluido el vino era Ruth, que debió notar algo extraño en toda aquella escena. Yo solía ser torpe en cuanto a relaciones se refería. Tampoco era una gran experta en señales, indicios e indirectas. Así que agachaba la cabeza y disimulaba no porque creyera que aquella chica pudiera haberse fijado en mí a pesar del diálogo de la mañana, sino porque sabía que a mi amiga le interesaba y no quería caldear más el ambiente rivalizando con ella. Sin embargo, mi ex amante era precisamente ingenua y sabía que allí se cocía algo, y yo sabía que ella lo sabía por su cara contrariada. Empezó el acoso en cuanto se fue la camarera:
- ¿Qué significa todo esto?- Mi respuesta lógica era hacerme la inocente. Yo no sabía nada. Así que puse una de mis mejores sonrisas de no enterarme de nada y me encogí de hombros.- No te hagas la loca. He visto cómo te mira y cómo disimulas. ¿Os conocéis?
- Y yo qué sé.- La fórmula que nunca fallaba era hacerse la ofendida ante la duda que se planteaba, como si realmente no se supiera de qué se estaba acusando ni a quién.- Puede que me haya visto contigo alguna vez. Esto tampoco es tan inmenso como para no coincidir. Para cuatro bares que hay de ambiente como para encima ir con orejeras.
- Esto no es un bar de ambiente. ¿Qué te hace suponer si quiera que esa mujer entiende?
- Yo no he supuesto nada. Eres tú la que se ha salido de madre con no sé qué celos absurdos.
- Yo no estoy celosa.- Respiré profundamente. No iba a ceder. Mucho menos admitir que aquella muchacha le gustaba. Así que cambié mi táctica y la amenacé sutilmente:
- Si no dejas de comportarte como una energúmena por no sé qué motivo te dejaré sola con tu vino, tu comida y tu camarera.- Aquel comentario que hice con el volumen mínimo pero escoltado por una mirada significativamente seria se vio coronado bruscamente por una nueva irrupción aún más violenta dejando caer el plato con saña:
- Lo siento. Se me ha resbalado.- No me quedó otra alternativa que mirarla. Sonreía como si realmente se hubiera tratado de un accidente. A mí me resultaba igualmente adorable, por lo que tuve que hacer un esfuerzo titánico para que no se me escapara una sonrisa alelada. La observé mientras se alejaba, motivo suficiente para que Ruth volviera al ataque:
- Ahora seguirás negando que ocurre algo. O que le gustas.- La miré con desgana.
- ¿Qué más da si le gusto o le dejo de gustar? ¿Cuál es el problema?- Yo sabía perfectamente cuál era el problema. Sin embargo, estaba decidida a usar la extendida creencia de que era un poco corta en aquello de entender los entresijos de las relaciones humanas, y sacar un poco de sus casillas a mi amiga.- ¿Acaso tiene pareja o alguna limitación legal o moral que le impida sentirse atraída por alguien? ¿Desde cuándo te has convertido en la salvaguarda de la ética y la moralidad?- Protestó de forma silenciosa revolviéndose en su asiento. La escruté. Su cara había enrojecido levemente, lo suficiente como para que yo, su amiga y ex amante, supiera que existía cierta incomodidad y tirantez por una circunstancia que no se atrevía a confesar. Después de todo había algo que la avergonzaba. No era el hecho de que le gustara alguien, ni reconocerlo, sino de que alguien rivalizaba sin proponérselo y le ganaría sí o sí. Estaba celosa y herida en su orgullo. Dos veces en el mismo día era demasiado para su ego.- ¿Cuánto tiempo llevas intentando tirártela?- Me dedicó una mirada de desprecio.
- Eres muy delicada.- Sonreí de forma un tanto maliciosa.
- ¿Desde cuándo te has vuelto tan sensible?- Gruñó quedamente.No, no he intentado ni intento tirármela. Y, no, no me he vuelto sensible, pero no te va nada esa forma de expresarte.- Me devolvió la sonrisa maliciosa como si de una imagen, rubia eso sí, en un espejo se tratara. Aunque su orgullo estuviera abrasándose en una hoguera inextinguible no iba a darse por derrotada.- Si hubiera querido acostarme con ella lo habría conseguido hace mucho. Y además habría repetido, no hace falta que te explique porqué. O quieres que te haga recordar.- Negué con un gesto. Aquel juego estaba dejando de ser divertido. Poco a poco se iba convirtiendo en una cadena de despropósitos y ataques que no conducían a nada bueno. Es decir, acabaríamos recreando algunos de los motivos por los que nunca fuimos pareja. Decidí que aquel era el momento para interrumpir la conversación con estilo y que quedara olvidada:
- Voy al baño.

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