jueves, 27 de noviembre de 2014

Ser de fuego

Caminaba entre ríos de lava como si hubiera nacido entre ellos, sorteándolos con increíble destreza, sin dar un paso en falso. Se sentó en una roca cerca del mar a contemplar aquella maraña informe de hilillos que iban perdiendo fuerza en su empuje conforme se desmembraban surcando las formas caprichosas de piedra y se iban enfriando. El agua burbujeaba quejumbrosa ante aquella invasión, defendiéndose con embates que transformaban el líquido viscoso en figuras fantasmagóricas, redondeadas y sinuosas en algunos casos, puntiagudas y fibrosas en otros. A aquel lento caminar le acompañaba el sonido de cientos de diminutos estallidos a modo de queja, del borboteo incesante, del reptar incansable y constante.
En la lejanía sólo se distinguía ya el rastro tóxico de fumarolas que había dejado a su paso la lucha constante de la tierra por salir. Durante días habían observado desde alta mar como aquel paraje inhóspito de roca, nieve y agua sufría el acoso sistemático de las bombas de lava que el cráter expulsaba con furia. En aquel tiempo contemplaron con entusiasmo y asombro, casi siempre en silencio, como el paisaje mayoritariamente blanco iba adquiriendo formas y tonalidades caprichosas bajo el abrazo incandescente. La mezcla de nieve fundida y lava sólo ralentizaba su movimiento al encontrar algún obstáculo o por la acumulación de lodo. No era un volcán tranquilo que lanzara lava de forma comedida y casi imperceptiblemente, era un ser enojado que se rebelaba con la expulsión a modo de geiser de lava, piedra, ceniza y humo.
Desde aquella sutil atalaya donde se encontraba, se preguntaba cuánto tiempo tardaría en morir si se deshacía de su traje. Sabía que si se adentraba en la isla aunque portara aquella indumentaria protectora no duraría mucho tiempo viva. Pero allí, a la orilla del mar gélido que protestaba entre fumarolas, ¿cuánto resistiría su cuerpo? No era que el rigor científico la hubiera enloquecido. Sentía curiosidad, una curiosidad tan poderosa como para desprenderla del temor al dolor o la muerte. Se sacó uno de los guantes y contempló lo que le ocurría a su mano desnuda. Nada de momento. Sentía un calor húmedo alternarse con alguna racha fría del mar y la nieve. Pero la piel de su extremidad continuaba pegada a su cuerpo. Aquella revelación la animó a quitarse el resto del traje salvo la mascarilla que la protegía de las cenizas y los gases. Todo permanecía igual, al menos en apariencia, su cuerpo no sufría ningún tipo de cambio.
Dirigió la vista hacia el interior de la isla, donde el humo iba decreciendo en intensidad. Sin embargo, de allí en adelante, hasta dónde podría avanzar antes de que su cuerpo se consumiera como una cerilla. Arrancó una página de su diario, la arrugó y la lanzó al aire. Consiguió llegar al suelo antes de desaparecer en una rápida combustión. Continuó arrancando hojas y lanzándolas mientras avanzaba comprobando como el descenso era cada vez más corto antes de volatilizarse con el calor que también comenzaba a hacer mella en su cuerpo. Las altas temperaturas iban ralentizando sus movimientos, enrojeciendo su piel, dificultando su respiración que se agitaba bajo la mascarilla. Lejos de amilanarse, arrostró aquel desafío con más ímpetu, no por valentía, aunque la idea de desaparecer no la amedrentaba, tampoco la alentaba, no quedaría testigo alguno de la hazaña. Su motivación estaba relacionada con el hastío, a pesar de que cada erupción se manifestaba de un modo diferente, que cada tierra que había visitado tenía encantos que la convertían en única con respecto al resto, sentía que no podía aprender nada más, que aquella era la última expedición de la que extraer una enseñanza constructiva.

Sólo fue capaz de avanzar diez metros más antes de caer engullida por aquella masa informe cuyo movimiento era casi inapreciable a los ojos, pero cuya fuerza la había atenazado como el abrazo de un amante celoso cansado de compartirla. Desapareció en pocos segundos, entre chasquidos como la hojarasca seca al prender y olor a manteca de cerdo hervida, desprovista de cualquier trascendentalismo lírico, salvo su unión atemporal con aquella materia que nunca había sido capaz de comprender en su totalidad.

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