miércoles, 5 de noviembre de 2014

La apuesta 5

Bragas de categoría

Llegué al taller sin prestar atención al bullicio que se había instalado en las calles con aquellas últimas mañanas cálidas que invitaban a pasear dejando resbalar la vista en indiscreto deleite, pensando en aquella camarera que se había convertido en objeto de mis deseos accidentalmente. Entré y comencé mi jornada dispuesta a olvidar el encuentro, al menos hasta la hora de comer, repitiéndome que los imposibles son deseables por esa misma razón, por inalcanzables. Las horas transcurrieron tranquilas, salvo por algunas llamadas de conocidos de conocidos de algunos clientes y los mensajes insistentes de Ruth que no se resignaba a dejarme sola en casa si estaba enferma. Como tantas otras veces, ni una mentira ni una verdad podían convencerla de que había personas que a veces necesitaban cierto espacio, así que tuve que inventar una nueva excusa, no estaba sola.


A las siete de la tarde sonó el telefonillo con cámara que había instalado para evitar encuentros desagradables y que me hizo temer lo peor. Yo había perdido la noción del tiempo y de la realidad tras terminar el carillón, sumergiéndome en pensamientos fantasiosos mientras degustaba mi ensalada, de los que salí de mala gana creyendo que mi rubia instructora habría ignorado mis mensajes disuasorios como tantas otras veces. Abrí sin hacer uso de aquel magnífico avance espía de la tecnología cogiendo una bocanada de aire que impulsara mis palabras sin dejar oportunidad a una interrupción. Pero, como ya pasara en alguna otra ocasión, la tempestad que me había impulsado descaradamente se tornó en gesto de transición a una sonrisa. Marta había venido en persona en busca de su adorado reloj - ¿cómo se puede estar restaurando un reloj y no darse cuenta de la hora que es? - La invité a entrar y le ofrecí un café consciente de que no lo rechazaría ya que, aunque desconocía los entresijos de su vida, intuía que era del tipo de mujer que se aburría considerablemente a pesar de que no le faltaba nada en su vida. La dejé hablar, sabiéndome observada, como si de una voz en off de alguna película de cine negro de los cincuenta se tratara. Sí, tenía ese estilo de femme fatale de Lauren Bacal, pero con la impronta ingenua de Deborah Kerr. Sólo le faltaba el sombrero y los guantes.

Yo ya estaba acostumbrada a sus halagos, que siempre entendí como profesionales, sin embargo en aquella ocasión lo hacía más de lo habitual, enlazando con mis gestos gráciles, con mi mirada melancólica, denotando algún tipo de interés que desconocía, incluso cuando le tendí la taza humeante que dejó apartada en el escritorio y me miró sonriente, apartándose el cabello de forma coqueta:

- Sabía que lo eras.- Mi rostro se transformó en una gran incógnita.


- ¿Qué soy qué?- La respuesta que obtuve fue un simple "tu perfil" antes de que se abalanzara hasta alcanzar mis labios que comenzó a devorar mientras sus manos jugaban a perderse por mi espalda y repetía entre besos, lametones y mordiscos que siempre le había gustado. Incapaz de reaccionar me dejé acorralar en una de las mesas del taller, sintiendo sus labios deslizarse por mi escote cada vez más amplio conforme desabrochaba los botones de mi blusa. Sus manos, más expertas de lo que yo habría intuido nunca, se adentraron por debajo de la tela hasta zafar el cierre de mi sujetador, dejando mis pezones a merced de su boca. Se me escapó un gemido al notar su cálida lengua, atrapados entre los labios que succionaban de forma intermitente. Rodeó todo el contorno de mis pechos, intercalando pequeños mordiscos que me obligaron a recostarme ligeramente sobre la mesa, dejándome a la merced de su mano que se coló dentro del pantalón para frotar mi sexo, que había comenzado a reaccionar humedeciéndose. Su boca comenzó un lento descenso por mi vientre, su mano continuaba acariciándome por encima de la braga provocando el balanceo instintivo de mis caderas. Se detuvo al alcanzar el borde del pantalón que desabrochó mientras me miraba con una sonrisa lasciva. Se deshizo de las prendas, me recostó en la mesa y se sumergió entre mis piernas obligándome a gemir y jadear cuando su lengua comenzó a recorrer mis labios, adentrándose poco a poco, dibujando la entrada de mi vagina. Estaba a su merced, abriendo mis piernas bajo la presión creciente de su lengua en mi clítoris, atrapado entre sus labios, hasta que un lamento presagió la descarga compulsiva de mi cuerpo.


Se inclinó sobre mí observándome mientras recuperaba el ritmo de mi respiración, con la satisfacción dibujada en el rostro. La besé con ansia. Aquel era mi momento. Sin apartarme de su boca la coloqué sobre la mesa, tirando suavemente de su pelo con una mano, mientras que con la otra remangaba su falda buscando su sexo. Lo recorrí lentamente sobre la braga, notando su humedad. Se dejó deshacer de la prenda dócilmente y abrió sus piernas dejando expuesta la vulva a mis ojos, a mis dedos que resbalaron con facilidad entre sus jadeos, alcanzando el orgasmo en solo unos instantes debido a su creciente excitación. Me dejé caer sobre ella, sintiendo la agitación de su cuerpo disminuir lentamente, embriagada por el olor a sexo, por el calor que desprendían nuestras pieles. Ahora entendía que siempre aceptara mis excusas, por muy descabelladas que fueran. El regocijo que sentía en aquel momento podía más que las consecuencias que podría acarrearme haber tenido sexo con una clienta. Esta vez estaba sobria, no había lugar para la duda. Iba ganando por una.

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