lunes, 3 de noviembre de 2014

La apuesta 4

La antesala.

Lo mejor de tener un negocio propio era que tenía total libertad a la hora de establecer los horarios. No se trataba de una tienda, no tenía que ceñirme a una clientela que entrara a fisgonear y saliera con las manos vacías. Era un taller y como tal podía permanecer cerrado aunque me encontrara en su interior trabajando. Así iba a ser aquella mañana de lunes en la que tenía que concentrarme para terminar la entrega de un carillón para mi más preciada clienta. Ya había incumplido con la fecha en dos ocasiones – las malas costumbres, como salir de noche entre semana, son difíciles de erradicar – y se me habían agotado las excusas verosímiles, mi gato ha estado enfermo; mi mejor amiga se ha casado y necesita una cama como nueva antes de volver de la luna de miel. Sin embargo, la realidad de aquella estrategia de cerrar la puerta tenía un único fin verdadero, evitar que una imprevista visita de Ruth se convirtiera en una excusa para ir a comer, que por rutinaria ya se había tornado en predecible, aunque no avisara, y que servía de antesala para una tarde perdida que empataría con una noche de alcohol y despropósitos.


Mi recorrido hacia el taller, que transcurría por las mismas calles día tras día, al menos en los que acudía a trabajar, se había teñido del mismo carácter rutinario y predecible, así que decidí aventurarme por calles atestadas de transeúntes que no solía transitar y que podían tener como consecuencia llegar notablemente tarde entre distracción y distracción. Y, sí, las había. A pesar de que las tardes languidecían acortándose, anunciando el final del verano; de que las tonalidades se iban tornando en un crisol terroso, dorado y cobrizo; de que la brisa matutina traía consigo los matices húmedos y frescos de los agónicos estertores del estío, la mayoría de las mujeres se empeñaban en alargar aquella decadencia luciendo su bronceado descaradamente con el mínimo de ropa. No podía tocar, pero sí que podía mirar, y lo ponía en práctica sin discreción alguna, aunque sin llegar a importunar. Entre trajes cortos que cubrían lo necesario, minifaldas y pantalones de tamaño imposible, tuve un momento de lucidez y recordé que si iba a pasar todo el día encerrada entre serrín, polvo y lacas, debía comprar algo para comer y no exponerme a la posibilidad de tropezarme con mi querida amiga en un descuido al tener que abandonar el taller en busca de algunas viandas. Como aquel lunes había comenzado con la máxima de la aventura y la exploración, me dispuse a visitar una cafetería, que no distaba mucho de donde me encontraba, y que Ruth siempre nombraba porque poseía una de las mejores cocinas de toda la ciudad. Aquella afirmación era cuando menos dudosa si tenía en cuenta el disparatado gusto culinario de mi amiga, aunque dada la amplitud de sus preferencias confiaba en que algo habría en el menú que me agradara, y que ella nunca acudía con asiduidad a lugar alguno que no tuviera a una mujer guapa como integrante del personal, por muy buenos servicios que ofertara.

Recorrí dos interminables calles más sorteando tentaciones hasta alcanzar una pequeña plaza en la que destacaba una terraza con barriles a modo de mesas. El Lagar. ¡Cómo no! Resultaba inevitable que el querido Murphy apareciera en los momentos en los que se quería olvidar algo, y aquel algo que en aquel momento era el alcohol, con el que tantas noches de olvido había compartido, resultaba detestable. Sin embargo, el sonido de mi estómago rugiendo, recordándome que no había cenado ni desayunado, era razón lo suficientemente poderosa como para disuadirme de buscar otro bar. Entré en el local desistiendo de la terraza porque, aunque era consciente de que aquella era la hora de las marujas en el gimnasio y la reina del fitness difícilmente pasaría por allí, tenía tanta facilidad para atraer alusiones, visiones, mujeres invisibles o poco recomendables, como para los encuentros casuales. El interior no desmerecía lo que ya había descubierto en el exterior, más barriles a modo de mesas con su correspondiente botella de vino de oferta, un sinfín de adornos alusivos al mundo vitivinícola, y una larga barra repleta de pinchitos que precedía lo que se intuía un comedor.


Me pertreché en una mesa, con la espalda pegada a la pared, lo suficientemente discreta como para permitirme una huida en caso de necesidad, y esperé pacientemente a que me atendieran ojeando el menú. Ella llegó. Saludó afablemente mientras sonreía como si se hubiera reencontrado con alguien que hacía mucho tiempo que no veía. Sin embargo, y aunque yo no la recordara, no habría sido la primera vez que alguna persona se dirigiera a mí en términos afectuosos sin que mis neuronas consiguieran establecer las conexiones necesarias para descubrir qué vínculo poseía con mi pasado. Le devolví el saludo y pedí un desayuno y una recomendación para elegir una comida para llevar con una sonrisa que reflejaba la suya a riesgo de parecer una auténtica adolescente lela. Observé su tez morena, sus ojos negros risueños - hay personas que se levantan de la cama como si el mundo fuera un lugar maravilloso - su cabello oscuro perfectamente recogido, los movimientos rítmicos de sus manos, los gestos pícaros mientras intentaba convencerme de que podía reservarme una mesa para que disfrutara de cualquier plato allí, que estaría encantada de atenderme y volver a verme. Yo no estaba segura de si aquel era el discurso habitual para conseguir clientes asiduos y fieles, pero como comenzaba la semana preferí pensar que le gustaba realmente, tanto como ella a mí, porque para qué negarlo, las morenas eran mi perdición, y mi rubia inductora había sido sólo un detonante errático, en lo que a tonalidades se refería. No obstante, por mucho que me entusiasmara la idea de comer colmada de las atenciones de aquella muchacha, aquel no era el día apropiado, ya que para mi desgracia tenía un compromiso que cumplir , del que dependía buena parte de mi sustento. Así que le agradecí su entusiasmo y atención con la promesa de que volvería, aunque al salir tras desayunar y pagar no miré atrás, para darme un poco de importancia, hasta estar lo suficientemente lejos como para empezar a arrepentirme de tal niñería y arrastrarme el resto del camino cual alma desamparada.

2 comentarios:

  1. Hola!

    Esta continuación me ha puesto una sonrisa, me pareció realmente divertido :D

    Un saludo.

    Eli :)

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    1. Gracias por comentar Eli. Me alegra que te haya gustado.

      Un saludo.

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