jueves, 6 de noviembre de 2014

Carcoma

Encontré en un rincón destartalado viejas imágenes carcomidas que alimentaban recuerdos aletargados. Podría haberlas emparejado, darles forma, una cronología, una nueva vida. Pero para qué ordenarlos, a pesar de que algunas tenían una fecha inscrita, borrosa, ajada por el paso del tiempo, para qué construir una crónica de sufrimientos, de lo que se ha perdido, de la imposibilidad implacable del no retorno. Lo hermoso de los recuerdos era que surgieran espontáneamente, algunos como un clic que se desencadena por un olor, una imagen, una mirada, otros teñidos de anécdota jocosa que contar para impresionar a ese alguien tal vez, otros dejarlos dormir olvidados como aquellas fotos para encontrarlos por casualidad un día. Ser inexacta, como la memoria amnésica que un día recobra su lucidez pero no es capaz de controlar las conexiones; ser discontinua, como las elecciones que nos conducen por caminos inesperados que nos reconducen a otros; ser acontecimiento, como la entrada en torbellino imparable en la vida de otros; ser bipolar, hoy me sirve, mañana no, hoy tiene sentido, mañana no. Echar la vista atrás con la misma incertidumbre que hacia adelante. Eran testigo del dolor de haber abandonado sueños, del dolor de haberlos continuado, de la batalla ambivalente entre seguirlos o dejarlos atrás.

Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar. W. Shakespeare.

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