sábado, 22 de noviembre de 2014

Augusta

Augusta despertó con el sonido seco de un batiente golpeado por el viento frío del norte. Se había quedado dormida sobre el portátil mientras traducía. En la pantalla, que aún permanecía encendida, se sucedían caracteres sin sentido ni significado. Una serie concatenada de despropósitos que habían surgido del apoyo fortuito de su cansancio. La miraba temerosa recordando aquel incidente que la había impulsado a dejar de escribir. Siempre le habían pedido que escribiera en primera persona. La realidad y la ficción se habían confundido. No sabía a ciencia cierta si era en su cabeza o fuera de ella. Si sus personajes vivían o ella los hacía vivir. Con aquel caos había decidido dejar de escribir. Sólo traducía obras que escogía cuidadosamente, en tercera persona, nada de primera, a ser posible ensayo, compendios, narrativas objetivas, nada de historia, nada que la hiciera embargarse de sensaciones ni sentirse identificada.


Continuaba petrificada en el sillón de su escritorio con la vista indecisa entre la pantalla y la ventana, desde la que asomaba un tenue reflejo de luz entre las nubes amenazantes de tormenta. No sabía si amanecía o atardecía, cuánto tiempo había dormido, cuándo se había dormido. Tampoco recordaba que su nueva casa tuviera batientes. Tal vez no se había fijado o simplemente no les había prestado atención. Una casa nueva con detalles infinitos por descubrir. Su ensimismamiento en los días que llevaba allí no le había dejado resquicio a la conciencia para captar todo lo que la rodeaba. Ni siquiera era capaz de recordar cuándo había surgido aquel viento frío del norte.

Comenzó a borrar la hilera de letras que desaparecían como engullidas por el blanco inmaculado de la pagina, hasta desaparecer. Allí estaba, su trabajo no se había perdido. Lo guardó y cerró dispuesta a descubrir de dónde provenía aquel sonido constante que mancillaba la tibieza de la penumbra que la rodeaba. La aparición de otro texto detuvo su ímpetu. Otro texto que no recordaba haber escrito.

Hoy mis manos se deslizan por el frío teclado en forma de pensamientos lanzados al aire. Hoy mis manos se desprenden torpes de palabras que en algún momento tuvieron significado y ahora mendigan un sueño inconcluso, perdido en la memoria en cajones cerrados. Hoy mis manos recorren tu cuerpo durante un tiempo extraño y ahora reencontrado con letras dulces de sensaciones anheladas. Hoy mis manos se descubren en tantas frases amparadas por altas murallas de incomprensión e impotencia. Y escribo, escribo tanto para entender que he perdido la dimensión del tiempo y ya no me reconozco. Y ya sólo la puedo recuperar a tu lado.

Aquel texto, que había surgido de la nada como un fantasma ávido por recordarle que en su mente yacía aún latente un impulso irreprimible que se engarzaba en letras, se asemejaba a una confesión, a una culpa en busca de remisión. Allí se alzaba sugerente aquel pequeño texto como un testigo del tiempo en que la escritura representaba cordura, una forma de darle significado a su existencia, de acercarla al mundo a través de su visión. Así fue hasta que aquel extraño apareció una tarde para tambalear su universo con unas palabras que tan solo ella podía reconocer y que inició una sucesión de coincidencias que le hicieron dudar entre realidad y ficción.

Cerró el portátil sin preocuparse de si aquellas letras, que no recordaba haber escrito, se perdían, decidida a averiguar de donde provenía el sonido que retumbaba en sus oídos de forma constante hasta despertarla. Recorrió las estancias de la casa como una gata casera a la que han arrastrado en la mudanza de un hogar a otro y se tiene que acostumbrar a su nuevo entorno lentamente, cual espeleóloga que mide cada paso como si fuera el último. En el dormitorio la cama permanecía deshecha y acogía indiferente algunas prendas de ropa que alguien parecía haber abandonado de cualquier modo en una marcha urgente. O tal vez habían quedado olvidadas por el cansancio en la llegada. El baño destilaba perfecto orden en la penumbra. La cocina conservaba algunos signos del uso en la última comida, que no recordaba cual había sido. El salón se erigía casi inhabitado salvo por la chimenea que mantenía el calor de los rescoldos milagrosamente.

Afuera, el viento parecía haberse aliado con la luz para desorientarla, mientras el uno decrecía, la otra apenas si tenía fuerza para iluminar tímidamente el cielo que las densas nubes dejaban abierto. Cogió su abrigo y decidió seguir con su rutina diaria de dar un paseo en la mañana después de revisar la casa desde el exterior. Los batientes, que estaban abiertos aunque ella no recordara haberlo hecho, permanecían sujetos a las abrazaderas, al menos los que se preocupó por revisar. Probablemente los habría dejado olvidados al volcarse en su trabajo.

Puso rumbo a ninguna parte en aquellos páramos que se le antojaban desolados bajo la indiferente luz, que ahora veía claramente que pertenecía al alba, y el viento gélido que se negaba a desaparecer aunque hubiera bajado en intensidad. No recordaba cuándo había llegado el invierno asolando la verde hierba que tanto le gustaba sentir bajo sus pies al caminar. Se había atrevido incluso a caminar descalza en algunas mañanas del verano en las que el sol parecía revivir aquel manto verde azotado por el rocío y que le producía un cosquilleo revitalizante en la planta de sus pies. O tal vez había sido en primavera y ella ya no podía distinguir una estación de otra en aquella solitaria y monótona existencia en la que se había recluido.

Caminó con la vista perdida en el horizonte para no caer presa de la congoja que rezumaba aquel paisaje. Pero, lo cierto era que los nubarrones oscuros que se arremolinaban devorando la poca luz que el amanecer invernal era capaz de desprender, no alentaban ni al más osado caminante. Se detuvo al borde del acantilado que en esa ocasión le trajo a la memoria todos esos héroes y heroínas románticos que parecían languidecer en una existencia avocada a un trágico fin, un salto al vacío. De la nada en pos de la nada.

La densa cortina de lluvia que avanzaba sobre el mar le concedió un halo de lucidez. Tenía que volver. Si caía enferma sería incapaz de trabajar. Si caía enferma no tenía quién la cuidara. Se vio reflejada en esas otras heroínas que languidecían presas de la tristeza, el desaliento y la desesperanza. Sin embargo, ella, que aún amaba la vida, aunque estuviera enfadada con sus carácter veleidoso y socarrón, corrió de vuelta espoleada por el viento que la impulsaba en un vuelo febril de momentánea añoranza por su hogar. La hierba crujía maltrecha en una queja continua bajo sus pies hasta que alcanzó el porche casi sin aliento. Se quedó paralizada a pesar de que su corazón latía desbocado al contemplar que las contraventanas ahora estaban cerradas. Dudaba entre resoplidos. Pero aquella era su casa, no se había equivocado. Una morada en donde no esperaba a nadie al entrar y, sin embargo, parecía habitada por alguien más.

Entró atenazada por un nudo en la garganta que se confundía con el fluir presuroso de la sangre. Todo estaba en orden, la cama hecha, la chimenea encendida, olía a café. Alcanzó la cocina esperando encontrar a un antiguo inquilino, al casero, a una vecina cotilla, a su madre. Ninguna de aquellas posibilidades era la correcta. Tras dos tazas de café humeante se encontró a Sonia sonriendo pertrechada tras un cigarrillo:


- Hacía mucho que no me escribías. No me extraña. Te has olvidado hasta del gato.

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