lunes, 1 de septiembre de 2014

Reinvenciones



OTROS
Con el descenso de la luz de la tarde iba tomando conciencia del lento devenir que induce la mente al cuerpo hacia el infierno. Algunos lo viven día a día, para otros es dejarse ir hacia la muerte; la locura; la desidia y el abandono de lo físico, porque el pensamiento continúa en su andar sigiloso carcomiendo el alma. Para mí era un poco de todo. En aquel proceso el mundo te da sus recetas, deberías consultar a un profesional, deberías salir, distraerte, hacer ejercicio, deberías hablar.
El amor es la realización de un deseo insatisfecho. Sí que era verdad aquello de cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad. Hubo un tiempo en que creía firmemente que sí, que el amor lo podía todo, que una vida normalera el culmen de la felicidad, de la realización. Pero aquella luz que se iba tornando en colores y tonos transgresores airaba al más osado. La observaba con la rabia de quien esconde en lo más profundo el anhelo de la vuelta a casa sin el sacrificio de fingir una sonrisa, un beso, una caricia, un saludo, una palabra cariñosa. Todos aquellos esfuerzos se iban acumulando en una losa de ácido corrosivo que iba destruyendo el optimismo de despertar en la fragancia de una cama compartida, de un café entre risas despreocupadas, de un intercambio de anécdotas que parecían no importar a nadie ya al volver del trabajo, de unos vinos para cenar que habían perdido su poder mágico salvo el de provocar el sueño.
Me había perdido. No entre las calles y las gentes como hubiera deseado. Me había perdido a mí misma. Sin darme cuenta de que la felicidad no es vivir la vida de otros, es vivirla con otros. Pero ese pequeño detalle sólo lo aprendí con el tiempo. Tras caer en picado, tras aislarme, incomunicarme primero involuntariamente, luego ante el odio creciente, la misantropía del que busca y nunca encuentra quien lo entienda, libremente, por propia elección, tras caer en la apatía, incluso en la más básica necesidad de comer, tras ignorar la rebelión del cuerpo, creyendo que efectivamente era producto de mis manías, no de quien me lo inducía, tras cientos de vueltas a casa no anheladas, de querer perder de vista, de no desear, de no comunicar.
Pero aquel no era el momento, aún no. Di cien pasos, mil, un millón en mi mente, tal era la distancia que ella me representaba con lo que debía llamar hogar. Una vuelta de llave, dos. Esa noche sólo apareció la rebeldía de fingir interés por las anécdotas de otros, de los vinos que inducen al sueño silencioso escudado en cansancio.

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