jueves, 11 de septiembre de 2014

La apuesta 3


La estrategia.

       Ruth se marchó entrada la noche, después de dar cuenta de toda aquella comida mexicana, hecho que agradecí porque aunque me gustara bastante no me veía en disposición de repetir el mismo menú, más teniendo en cuenta que se había empeñado en demostrarme que la mejor forma de terminar con una resaca era tomar algo de alcohol. Así que mientras ella devoraba lo que había restado del almuerzo, yo bebía para soportar su monólogo interminable con la esperanza de me dejara descansar en posición horizontal con el único sonido de mis pensamientos. Y no era que no la quisiera, pero quería más a mi cama, tanto como odiaba aquella capacidad que tenía para comer y comer sin engordar – que en algún momento había dado pie a la especulación sobre algún desarreglo alimenticio -, y comer y hablar, comer y hablar… sin que le faltara el aire. El avance del tiempo en la relación trajo la lógica del conocimiento, el fitness era milagroso. Aún así yo sólo le seguía encontrando un beneficio, la posibilidad de conocer alguna mujer, y como efecto secundario, una probable mejora del estado físico.

       Me metí en la cama sin apartar la mirada de aquellas bragas, como quien mira al enemigo, consciente de que si no recordaba su procedencia y lo que había sucedido era una prueba sin fundamento. Sin embargo, mi preocupación no estaba relacionada con la apuesta, sino el estado en el que me había encontrado y mi desventaja con respecto a la propietaria, porque era evidente que no las había adquirido en un todo a cien, de la prenda. Aparte de preocupaciones de propiedades privadas y recuerdos desaparecidos, que en algún momento quedarían desvelados, porque la Ley de Murphy era así y no tendría piedad en privarse de exponerme a la vergüenza pública de que me sorprendieran con una historia rocambolesca o una protagonista que me afrentara, sino cómo sería capaz de superar a mi admirada y envidiada amiga. Tendría que idear una estrategia en base a mis posibilidades y cualidades o una trama que nadie descubriera como falsa y mezclar algunas bragas compradas y usadas por mí, evidentemente. También podría dedicarme a robarlas en el vestuario del gimnasio de Ruth, pero esta última opción conllevaba el peligro de que las mujeres en cuestión protestaran y eso me señalaría como responsable única ante sus ojos. Podría visitar otros y aprovechar mi anonimato para sustraer las prendas. No obstante, la tentación de conocer mis límites era demasiado poderosa incluso para mí, así que la mejor opción sería introducirme en el apasionante mundo de internet y crearme un perfil cautivador y atractivo para conocer mujeres.

       Me arrastré nuevamente en busca de mi portátil, era en aquellos momentos cuando más feliz me hacían los avances tecnológicos, y me enfrasqué en la búsqueda de páginas de contactos para llevar a cabo mi plan. Si no lo hacía esa noche atolondrada por la resaca y el remedio alcohólico al que me había sometido voluntariamente, no lo haría nunca.

   Encontré muchas webs de contactos, pero evidentemente no me iba a registrar en todas por mucho que eso aumentara las probabilidades de éxito. Así que escogí cuatro, casi al azar porque todas me resultaban similares, número que me parecía razonable para empezar. No me encontraba en disposición de pensar demasiado en un perfil, pero era necesario. Lógicamente, sería sincera aunque sin decir toda la verdad. Eso incluía una foto que no fuera reciente, tenía que reflejar uno de mis mejores momentos, porque probablemente la mayoría sólo se fijaría en eso, y la minoría que pudiera interesarle mi currículo, acabaría decidiendo en base a la imagen. Sólo pondría una frase: Restauradora imaginativa de éxito en busca de desentrañar su orientación sexual. Sí, yo en algún momento de enajenación mental en mi vida me había casado, no con una mujer, y aún lo seguía, lo que no sabía era dónde estaba aquel hombre. Así que desempolvé el célebre comentario de mi jubilosa amiga que tenía como reto la conversión de mujeres descarriadas que vivían en la más absoluta ceguera, yo había sido una, dispuesta a volver aquella circunstancia a mi favor.

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Ay!!! ese hombre que ha aparecido, Manolo, tú sí que eres un espectáculo.

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