viernes, 29 de agosto de 2014

La apuesta 1



Resaca.

Me desperté en medio de una descomunal resaca cuando el reflejo del sol en el horizonte era aún un tímido gálibo cercenando la que se me antojaba cálida oscuridad de la madrugada. Más triste que abrir los ojos, no sin dificultad, en aquellas condiciones, resultaba hacerlo en completa soledad, sin nadie a quien recurrir en busca de un gesto mimoso, un café y un analgésico. En aquella penosa situación y posición horizontal, intentaba abrir los párpados alternativamente, sin ser capaz de que los dos se mantuvieran fijos y que las pupilas encontraran un punto de referencia que no pareciera sacado de la noria de cualquier feria festiva. Me incorporé de la forma más digna de la que eran capaces mis maltrechas extremidades, aferrandome a las ropas de la cama en un intento de mantener el equilibrio, aunque por la fuerza que ejercían mis manos mas bien parecía que intentaba que la cama no saliera volando. Una vez que todo alrededor se detuvo, comencé a reptar en dirección a la cocina, tropezando con multitud de prendas de vestir, no recordaba haber salido con tanta ropa encima, pero al menos había sido capaz de quitármela para meterme en la cama. Descubrí unas bragas colgando de la manivela de la puerta. Eso sí resultaba un misterio ya que yo las llevaba puestas aún y aquellas no me recordaban a ninguna de las mías. Claro que en vista de las condiciones en las que me encontraba no era de extrañar que hasta me hubiera equivocado de apartamento.

Llegué a la cocina envuelta en un sudor frío que al contacto con el ambiente desapasible del comienzo del día me hacía tiritar mientras rebuscaba una de esas capsulitas de café tan socorridas. Lo mejor de aquella cafetera es que se pararía sola y no tendría que preocuparme por la velocidad de caracol que movía mis pies en busca de alguna prenda que aliviara mi destemplanza. Yo ya era despistada por naturaleza, pero aquella tormenta atronadora que se había instalado en mi cabeza tenía la lógica consecuencia de la ilógica, es decir, dar cuatro viajes para obtener un fin tan sencillo como calor y alivio. Así que el recorrido fue, desde la habitación a la cocina en bragas, cafetera; desde la habitación a la cocina, apagar cafetera; desde la cocina al baño, una reconfortante micción; desde el baño a la habitación, mis piernas sentían frío; desde la habitación a la cocina, tomar el café; de la cocina al botiquín en la habitación, el analgésico; desde la habitación a la cocina, cien vueltas para comer un par de tostadas y tragar el analgésico; y antes de que tanta vuelta tuviera consecuencias nefastas para mi estómago, me tiré a mitad de camino en el sofá y cerré los ojos con la esperanza de que al despertar de nuevo la taladradora de mis sienes hubiera desaparecido.
Me sumí en un duermevela en el que se iban desgranando los despropósitos de la noche anterior como si de una película de serie b se tratara. Mi querida amiga Ruth me arrastró por un periplo lésbico-alcohólico en el que fui comprobando que nuestros taxímetros eran diferentes, a cada moscona que se le acercaba le seguían dos cervezas en mi cuenta particular. Al final terminé tan borracha que mi única conquista probablemente había huído ante mi incapacidad de encontrar cualquier cierre o botón. Entonces, ¿de dónde habían salido aquellas bragas? Intentaba recordar sin éxito el final de la velada que estaba cubierta por una espesa niebla. El resultado que obtenía era el incremento de la jaqueca resacosa que se había obstinado en permanecer conmigo todo el domingo. La única persona capaz de desvelar el entramado era la reina de la noche, mi querida amiga quien por mucho que bebiera, y bebía como la que más, por alguna extraña composición de los tejidos, las glándulas o las vísceras, permanecía de pie mientras a su alrededor caían víctimas una detrás de otra. Así que me lancé a una nueva odisea, esta aún más osada que la de desayunar y tomar una pastilla, porque a pesar de las mil vueltas que había dado hasta conseguirlo, sabía perfectamente donde estaba cada cosa, muy al contrario que la ubicación de mi móvil, que probablemente continuaba olvidado dentro del bolso, perdido en algún lugar no visible del apartamento. Lo más lógico habría sido encontrarlo en la entrada, pero pretender que una persona bebida actúe de forma predecible es un imposible. Mientras daba otras cien vueltas, pensaba que para aquellos casos no sería nada despreciable la posesión de un segundo móvil con el que llamar al otro en caso de extravío, siempre y cuando ese no se perdiera igualmente, porque la cadena de compra podría tornarse interminable. Finalmente hallé mi bolso dentro del frigorífico. El cómo y el porqué había llegado allí pasarían a formar parte de la crónica del despropósito de mi aciaga post vida nocturna.
Me tiré en el sofá de nuevo y me dispuse a comprobar si el frío húmedo de la nevera había afectado al aparato en cuestión. La combinación de luces de llamadas perdidas, mensajes y whatsapps presagiaba que continuaba vivo. Y como no, todo, todo, todo provenía de la misma remitente, Ruth. Así que no ha dormido. Diez llamadas perdidas, algunos mensajes de voz que no pensaba escuchar y una perorata de cantamañanas feliz seguida de: Recuerda que hemos quedado para comer, tengo que contarte porque ya te voy ganando por una. Al mensaje le seguía la foto de unas bragas. ¿Comer? ¿Quién podía pensar en comida con aquella resaca? ¿Quién podía pensar en un lugar atestado de gente, con tantos ruidos alrededor que pondrían a prueba mis nervios y mi salud mental, y el monólogo interminable de mi amiga de sus andanzas nocturnas? ¿Y aquellas bragas? La confianza ciertamente daba asco. Respondí a duras penas porque la curiosidad era más fuerte que mi malestar general y la única persona que podía despejar todas aquellas incógnitas era ella: ¿Me vas a hablar de tu colada? No voy a salir de casa, así que tendrás que traer un chino, una pizza, un turco, lo que quieras. Y tendrás que refrescarme la memoria, porque ni recuerdo haber quedado a comer contigo.
Me duché y me armé de paciencia para esperar a Ruth, que seguramente aparecería sonriente y descansada como si hubiera recibido una sesión completa de spa, y con comida tailandesa sólo por llevar la contraria.

2 comentarios:

  1. Este me lo comento yo que va con dedicatoria, para la más wenorra, la futura madre de mis hijos, que no tendremos pero practicaremos que es lo divertido. Ya sé que eres tímida, pero puedes comentar como anónima. Besos. Espero que te guste y lo disfrutes.
    P.D. Ya habrá sexo, no te preocupes.

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  2. Jajaja Tremenda!! qué te voy a decir...a mi me ha encantao, divertida, intrigante,...además del como lo describes, aquí se pone nota?...
    Me ha gustao mucho, a seguir a seguir que ya sabes que me enganchan. Un 10, qué digo un 10...un 20, o 30...o más más,..Ah No!! pera, que esos eran los ensayos para nuestros hijos, que sigas que quiero leerla entera pronto, necesito saber de quién eran las bragas esas, que me puede la curiosida jaja
    Plassss plassss plassss ( son aplausos no otties que te conozco). Pues lo dicho, Un aplauso y muchos besos, como todo lo que escribes GENIAL!! Fan Fan soy ya
    Besitos!! Y GRACIAS MUCHAS ;-)))

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