miércoles, 23 de julio de 2014

Ser de aire



 Ahora lo veía claramente, todo aparecía ante mí sin que nadie pudiera percatarse de mi presencia. La hipocresía en sus rostros, aquellas caras que tantas veces había escudriñado a la luz del día o bajo una tenue iluminación artificial en una calle cualquiera, intentando hacerlas mías. Esa falsedad observada en más de una ocasión era real, era un síntoma claro de su profundo arraigo en prejuicios y temores. Sólo bajo esta no-apariencia pude aclarar lo que antes rondaba en mi mente como simple sospecha, que aquellas arrugas y gestos austeros y mediocres escondían bajo sus pliegues la mezquindad, el egoísmo, la mentira, la impotencia. ¿Todos mentían? Sin duda se engañaban a sí mismos, sobre todo en las ocasiones en las que rehuían afrontar los hechos tal y como eran o arriesgar parte de su bienestar social y personal.


Anduve gran parte de la noche, ese periodo de tiempo en el cual los sonidos adquirían gran magnitud desgarrando la tranquilidad, en el que el viento frío de la soledad surgía con fuerza meciendo los árboles para regalarnos una melodía suave que calmaba los espíritus haciendo desaparecer la angustia, que embriagaba los sentidos más allá de lo que merecíamos. Recorrí calles familiares, llenas de bares ahora cerrados, vacíos, sin vida, en los que el griterío ensordecedor de los que huían de sí mismos se había apagado como sus vidas cuando volvían a la realidad cotidiana, en los que tantos cuerpos desprovistos de ese rasgo sensible llamado amor propio miraban alrededor inconscientes de su torpeza, en los que una maraña informe de deseos se reunían creyendo compartir afinidades tan solo por una noche.
Me deslicé entre borrachos olvidados de ellos mismos, y de un mundo al que no querían o no podían pertenecer, que vagaban por la noche de los insomnes entre anhelos perdidos. La fuerza del viento me trajo el hediondo olor de la muerte absurda que construíamos para nosotros. Me alejé para retomar las calles de mi adorada vida terrenal, en las que perdí tantos días, tantas noches queriendo encontrar ni siquiera sé qué cosa, y esa búsqueda inútil por lo desconocido me empujó siempre adelante desde el instante en que deseché el pasado como algo mío.
Me quedé clavada en un pequeño portal oscuro que escondía una puerta robusta de madera, fácilmente franqueable para mí ahora. Esa oscuridad me era absolutamente familiar, no sólo porque ya no necesitaba la claridad para ver a mi alrededor sino por la infinidad de veces que había rebasado el umbral de la casa con una sonrisa en los labios, sintiéndome fuera de mí, orgullosa de poseer algo más que mi propio yo. Ese vanidoso pensamiento me había acompañado gran parte de los últimos años de mi vida, hasta el final de mis días, incluso me dio fuerzas para emprender la tarea de construir un retazo de felicidad entre mi posesión y yo. Nunca rechacé, sin embargo, la sensación, aunque siempre en el límite de convertirse en temor, de lo pasajero de las cosas, y más aún de las relaciones, como atraviesan un estadio de plenitud y van perdiendo armonía hasta agotar aquel primer encanto de oír una voz como en un susurro, lejana y cálida. Cerré los ojos y recordé, ahora sin sentimentalismo, los años que forjaron una unión que imaginé indestructible, porque todo fue producto de mi desbordada capacidad de fantasear. Incluí los planes de vacaciones, los años de convivencia y las largas conversaciones detrás de una cerveza en cualquier lugar, no importaba cual, en las tardes calurosas de verano, después de pasar todo el día en las nubes sin llegar a concentrarme en nada, tan solo en mi pequeño mundo, en mi frágil atadura con la hermosura, un dios, y sólo podía ser así para mí, todo venerado.
En aquel momento, mientras me decidía a atravesar el umbral de mi casa, pensé que habría sido mejor no haber muerto, porque estando aún viva tendría la posibilidad de que una duda me reconciliara con mi amor adorado, aunque ahora que era capaz de observarlo todo, quería seguir ignorando la realidad como tantas veces lo había hecho antes.
Entré sin miedo y vagué alrededor de los muebles del salón, sin sentir emoción alguna, recorriendo con la vista la colocación, el orden, la limpieza; se diría que nadie vivía allí, y en cierto modo podría ser así, yo había dejado de existir en este mundo y probablemente en su mente; él en este hogar al que juntos dimos forma.
Me senté en el sofá bajo el peso consolador de la oscuridad y contemplé las estanterías llenas de mis libros, de mis sueños, de mis codicias, perfectamente colocados, tal y como los había dejado; los discos, una larga colección, que sonaba en otros tiempos de acuerdo a mi estado de ánimo, cambiante dependiendo de los signos de simpatía o antipatía del mundo exterior.
Recorrí todas las habitaciones del piso bajo, miré el jardín ajeno al tiempo, al cambio, atendiendo a sus suspiros provocados por el azote de la lluvia y el viento tormentosos, un rayo desequilibró el cielo entre luz y sombra, la noche se hizo vívida, tangible, y la fragancia del agua que me hizo estremecer en el pasado confundida con la visión de un abrazo cubrió la superficie de los objetos.
El sonido de gemidos en el piso superior me devolvió al mundo de los “vivos”. Irónico, yo que antes había agarrado cualquier acción de vida, cualquier desafío a vivir más y más intensamente, ahora había dejado de temblar ante las palabras y los hechos, y aquellos sonidos tan familiares no me produjeron escalofrío alguno, ninguna sensación, sólo percibí el ruido. Entré en la que había sido mi habitación y me senté en el pequeño sillón de mimbre que se quejó como en las noches calurosas de verano, mientras que aquel cuerpo que no era el mío se estremecía bajo el peso inapreciable del placer. Observé sus cuerpos, sin lamentaciones, sus movimientos rítmicos, acompasados, llenos de deseo, de placer o, ¿tal vez agonía? ¿Cuántas veces dejé vagar mi mente lejos de la realidad? ¿Cuántas veces salí al jardín en una noche como aquella mientras él dormía? Lo oí  resoplar al darse la vuelta y escudriñé su rostro irreconocible, ya no era mío. Deslice la vista hasta la mujer, ¿quién era? Esa pregunta importaba poco. Fuera quien fuera podría simplemente ahogarla, privarla de su felicidad pasajera, como había sido la mía antes, y darle una visión amplia y diferente de la realidad, de esa forma descubriría la mezquindad del hombre que reposaba satisfecho a su lado, podría incluso mostrarle la suya, la del mundo entero, más aún, la mía.
Toqué su vientre para que despertara en un escalofrío y aprecié que su sudor era frío. Reconocí la angustia reflejada en su rostro sin que ella llegara a comprender por qué y salió corriendo al jardín como yo había hecho en otras noches. En ese momento supe que mi ansiedad era el recuerdo de otros seres que retomaban sin sentimentalismo lo que poseyeron un día. Contemplé durante largo tiempo aquel cuerpo perfecto, ahora relajado, con respiración acompasada, pero consciente de la crispación reflejada en el rostro de quien ha perdido la batalla consigo mismo. Descansé a su lado por última vez, sabiendo que él no sentiría ese agónico impulso de escapar porque yo no había pertenecido a nadie jamás, ni siquiera a él y, aún así, lo hice. La noche murió en un suspiro, la vida perdió tangibilidad, yo salí de su sueño definitivamente.



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