sábado, 24 de febrero de 2018

El callejón felino 15

15
Un encuentro seguro (2).
- Al principio me conformé con la explicación de mi jefe, aquella de que allí las cosas no se hacían al modo del resto de empresas de este mundo y yo no iba a chupar guardias para que los que llevaban años allí descansaran. La lógica de lo ilógico, me convenció. Según pasaban los días, yo iba ganando la confianza del personal y, cómo no, del buen doctor. Esto era proporcional a mi lento despertar. Algunos meses después de comenzar a trabajar en aquella clínica la jefa de enfermeras me comunicó que tendría que comenzar a trabajar algunas noches y los fines de semana. Mis leves sospechas zozobraron nuevamente. Confiaban en mí, luego no había nada de lo que recelar.

viernes, 7 de julio de 2017

El callejón felino 14

14
Un encuentro seguro (1).
Me entretuve mirando por la ventana que daba a un patio interior comunitario. Desde allí podía ver con claridad que de las cuerdas que en algún momento de este siglo había colgado ropa lavada, ahora la brisa mecía, no sin esfuerzo, tiras y tiras de pasta que se secaban lentamente. Las lavanderas habían dejado paso a los tejedores de arroz. Sin embargo, bajo aquel entramado de cereal no parecía haber vida, al menos a aquella hora de la mañana, en la que tan solo se podían distinguir al oído débiles chasquidos semejantes a los que producen los ratones al correr por los falsos techos de una casa. Todo aquel mundo de quietud aparente, que a un gato le habría despertado el instinto de cazador, a mí comenzaba a producirme cierto sopor. Tras jugar unos cuantos solitarios, único extra que parecía soportar mi nuevo mejor amigo, me decidí a abandonar aquel lugar, si es que no me habían dejado encerrada en aquel cuartucho. Estaba a punto de girar el picaporte cuando la puerta se abrió repentinamente golpeándome en medio de la cara. Lo último que vi antes de que todo se fundiera en negro, fue a la enfermera intentando agarrarme.

sábado, 10 de junio de 2017

La magnolia

Yo nunca fui así ni de lejos. Siempre fui un tipo centrado, con nervios templados, rara vez caía enfermo, resolutivo. Y ahora qué. Ahora tengo fiebre día sí, día también. La conocí aquella tarde, paseando por el parque. Haz ejercicio, me decía todo el mundo, te vendrá bien coger aire fresco. Yo era feliz en mi habitación multimedia después de trabajar ocho horas resolviendo desaguisados informáticos. Mi vida era y es un código binario. Yo no quería ser un Carl Lewis de las pistas, sino de los bytes. No quería ser un ligón de bares, sino de los chats. No quería tener una tableta por abdomen, sino una de última generación que me pudiera llevar a todos lados para seguir conectado. Pero el médico me regañó. Tienes que caminar Joaquín, que el colesterol se te va a disparar. Que no se puede estar todo el día sentado, que tu corazón va a estallar. ¡Ay! Y seguí su consejo. Me compré ropa deportiva, unas zapatillas de las que te hacen volar y me fui al parque. Y allí la conocí a ella, toda natural, nada de microchips ni circuitos. Una auténtica magnolia que me provocó una alergia irreversible galopante. Ahora salgo a caminar en una cinta de correr con un fondo en pantalla gigante con playas doradas y sonido marino que me relajan, que dicen que lo mejor para los alérgicos es el aire del mar. Y por la calle, mascarilla como un apestado. Quién me va a querer ahora. Ya sólo puedo con las sirenas del grupo de habitantes marinos. ¡Maldita primavera!

Relato escrito para el reto "Maldita primavera" de la comunidad de Google+ Escribiendo que es gerundio.